domingo, março 26, 2017

LA PASIÓN INCONCEBIBLE

Liliana Blum (Durango, 1974) es una escritora que sabe asombrar al lector, desasosegarlo, indignarlo, conmoverlo. Ya sea que hable sobre madres arrepentidas de serlo, de las miserias del Holocausto judío, de incontrolables apetitos o de las más oscuras fantasías. Su penúltima novela, Pandora (Tusquets Editores, 2014) causó una gran controversia entre el público y la crítica, al abordar una parafilia escasamente conocida, el feederism, cuya realización lleva a una pareja a la catástrofe.
En su novela más reciente, El monstruo pentápodo -aparecida bajo el mismo sello editorial a principios de 2017-, Blum aborda la pasión más inconcebible: la pedofilia: perversión que padece Raymundo Betancourt, un ingeniero civil que ha contenido a su bestia interna por mucho tiempo, pero que, cuando la deje escapar, trastocará varias vidas sin importarle nada…
Converso con Liliana Blum acerca de El monstruo… vía internet.


-¿Por qué ubicar El monstruo pentápodo en Durango? 
Alguien dijo por allí que Pandora, mi novela anterior, no parecía estar ubicada en ninguna parte en particular. En realidad sí lo estaba, en mi mente yo lo tenía claro, pero no fue evidente para los demás. Para mi próxima novela decidí que no habría ambigüedad en cuanto al lugar. Escogí el Durango de mi niñez, simplemente por la nostalgia que tengo de volver.

-¿Está de acuerdo con que su obra sea denominada ‘novela negra’? 
El protagonista de mi novela es un monstruo, un pedófilo y, por ende, un criminal. La novela negra se define como aquella que muestra la trama desde el punto de vista de un criminal. En ese sentido sí estoy de acuerdo con que se le llame novela negra a mi libro.

-Resulta intrigante la manera en que usted plantea hasta qué punto una víctima colabora con el victimario. 
En El monstruo pentápodo hay, efectivamente, una colaboración de uno de los personajes con el victimario, pero no podría decirse que se llega a convertir en el verdugo. Si bien Aimeé es co-responsable por omisión durante un tiempo, al final es ella quien termina haciendo lo correcto y salvando a la niña.

-En su volumen de cuentos Vidas de catálogo aparece una mujer enana, vendedora de cosméticos, “La señorita de Avon”; mientras que en El monstruo… aparece otra mujer enana, Aimeé. ¿Cómo surgió la idea de incluir personajes con esta característica física? 
Siempre he tenido fascinación por los freaks, además de que en El monstruo pentápodo juego con la dualidad del concepto: por un lado, los monstruos que no pueden ocultarse (como quien sufre de un defecto congénito) y, por otro, los monstruos que circulan entre nosotros con un disfraz de normalidad escalofriante que engaña a todos. Mariquita, la enana del cuento “La señorita de Avon” es el tipo de mujer que ninguna esposa pensaría pudiera convertirse en amante de su marido. Aimeé, por otra parte, jamás imaginó que un hombre ‘normal’ se fijaría en alguien como ella. Creo que los freaks dejan más en evidencia lo engañosa y superficial que es la sociedad en que vivimos. 

-Si Pandora, la mórbida obesa, y Aimeé, la enanita, se conocieran tras haber caído en desgracia, ¿de qué platicarían? 
Seguramente acordarían verse en un lugar privado, para evitar las miradas burlonas de los demás. Platicarían de los hombres de sus vidas, bueno, del hombre de su vida pues cada una sólo ha tenido uno: Gerardo y Raymundo. Quizás a toro pasado se pondrían a pensar cómo pasaron por alto ciertas cosas, por qué terminaron autoengañándose, cómo se animaron a hacer lo que hicieron. 

-¿El miedo y la culpa son condiciones inherentes a la maternidad? 
Supongo que la experiencia de la maternidad es tan diversa como el número de mujeres que son madres, pero quiero pensar que en la mayoría de los casos sí predomina el miedo: a que el hijo se enferme, se muera, sufra, que se lo roben, que pueda salir adelante por sí mismo cuando la madre ya no esté. De la misma manera, al menos en mi caso particular, la culpa está siempre allí: yo como madre siempre me he cuestionado si realmente he hecho tomado las mejores decisiones en torno a mis hijos, si he puesto todo de mi parte, si no hubiera sido mejor que hubiera hecho las cosas de otra manera… 

-¿Por qué gusta tanto de colocar a sus personajes en situaciones-límite verdaderamente desquiciantes? 
Porque lo que en la vida real es ideal (que las personas actúen de forma coherente, razonable, que convivan en armonía, que se respeten, que no se agredan, etc.), en la ficción se traduce en completo aburrimiento. A mí me gustan las novelas en las que hay conflictos (sobre todo internos) que ponen a los personajes en jaque: deseos imposibles, oscuros, decisiones que siempre son dilemas. 

-¿Considera que pudiese rehabilitarse socialmente a un pedófilo? 
No, así como tampoco creo que se pueda revertir la heterosexualidad u homosexualidad de un individuo. Creo que la sexualidad se fija a una edad temprana, sea producto de los genes o de ciertas experiencias significativas. A lo más que se puede aspirar es a ‘controlar’ los impulsos de un pedófilo, pero jamás podría rehabilitarse o cambiar el motor de su deseo. 

-Tras leerla, se queda uno con la sensación de que no hay refugio posible contra la maldad del mundo… 
La maldad nos rodea como la oscuridad a los hombres de las cavernas. A pesar de años de supuesta civilización, hay depredadores entre los seres humanos: los vemos todos los días como los bullies en las escuelas, solazándose en torturar a compañeros inocentes; los vemos en puestos de poder; en el narco; y en personas como Raymundo, que de vez en cuando hacen noticia.

-¿Qué diría su prima siquiatra si leyera este libro?
Supongo que lo mismo que podría opinar cualquier lector de mi novela. Quiero pensar que los lectores saben distinguir entre un autor y su obra. Novela no es biografía. Yo soy la escritora; yo no soy mis personajes. No soy remotamente interesante como los personajes de mis novelas ni creo que mi vida merezca ser novelada. Eso sí, como dicen las abuelitas, tengo mucha imaginación.
     
Elena Méndez
___
http://www.homines.com/palabras/entrevista_liliana_blum/index.htm


sábado, março 25, 2017

DOLOR QUE ES VIDA: EL INTÉRPRETE DEL DOLOR, DE JHUMPA LAHIRI





El intérprete del dolor, de Jhumpa Lahiri (Ediciones Salamandra, 2017) resulta una lectura demoledora. Conviene dosificarla: Incluye nueve cuentos relativamente largos donde ningún detalle resulta ocioso y en los que es imposible dejar de sentirse aludido.
Esta obra, con la que obtuvo el Premio Pulitzer de Ficción en el año 2000, ha sido alabada, entre otros, por el cineasta Pedro Almodóvar: “Historias simples y sutiles, sembradas con sentimientos inesperados, como un campo de minas”; mientras que para su colega, Amy Tan, “posee una voz inconfundible, buen ojo para los matices y oído para la ironía. Es uno de los mejores escritores de relatos que he leído”.
Nacida en Londres en 1967, de padres bengalíes, Lahiri vivió en Estados Unidos desde los dos años y nunca se sintió lo suficientemente hindú ni tampoco lo suficientemente americana.
El volumen está lleno de frases memorables: “Mi vida está formada por tal sucesión de penas que ustedes ni siquiera podrían soñarlas” (p.87), espeta Boori Ma, protagonista de “Un durwan de verdad”, cuando la cuestionan sobre sus aparentes embustes.
Desarraigados, solos, buscando una identidad que les ha sido arrebatada, padeciendo una frustración explícita o soterrada, una culpa que los rebasa, rebelándose ante lo que no pueden comprender, lastimados por sus fracasos íntimos, los personajes de Lahiri duelen en su verosimilitud.
Como Bibi Haldar, una joven ya dada por solterona, afectada por misteriosos achaques, ninguneada por sus parientes, que lamenta su suerte: “No nos engañemos: nunca me curaré, nunca me casaré” (p. 182).
Acaso los relatos más emblemáticos sobre la culpa sean “Sexy”, “El intérprete del dolor” y “Una anomalía temporal”. En los dos primeros, las protagonistas han mantenido relaciones ilícitas: Miranda no puede resistirse a un casado muy atractivo y refinado; la señora Das necesita desahogarse con el señor Kapasi, quien tal vez pueda interpretar su dolor…
En “Una anomalía temporal” Shoba y Shukumar se han dejado llevar por el tedio, el oscuro enemigo que nos roe el corazón (Baudelaire dixit), tras perder a su bebé. En penumbras, revelan sus verdades últimas, que durante meses los han atormentado…
Los personajes más desarraigados son la citada Boori Ma, que vive en condiciones precarias tras haber tenido, según ella, una vida llena de lujos; el señor Kapasi, guía turístico cuyo otro empleo, el de traducir los síntomas de los pacientes guyaratíes a un médico comunitario, le recuerda sus aspiraciones abandonadas; la señora Sen, una niñera hindú que le cuenta al pequeño Eliot sus inconformidades con la sociedad americana; el señor Pirzada, universitario cuya familia padece los estragos de la Partición; y el bibliotecario que no atraviesa uno, sino tres continentes…
El estilo de Lahiri remite al Salman Rushdie de Oriente, Occidente, cuyos personajes también se mueven en la dualidad cultural.
Lahiri recibió en 2014 por su novela La Hondonada, una de las National Medals of Arts and Humanities concedidas por Barack Obama. Uno de sus méritos, declaró, fue “iluminar la experiencia hindú-americana”.  Pero no sólo eso: ilumina a sus lectores por revelarles aspectos de sí mismos que han querido mantener en la sombra. Interpreta su dolor y lo vuelve un recordatorio de que hay que vivir con eso, a pesar de eso.

Elena Méndez
_____


Jhumpa Lahiri,
El intérprete del dolor
(Título original: Interpreter of Maladies),
Traducción: Gemma Rovira Ortega,
Ediciones Salamandra,
Barcelona, 2017,
224 pp.

http://semanal.jornada.com.mx/2017/03/24/dolor-que-es-vida-3866.html

quinta-feira, março 02, 2017

INFANCIA ROTA: LOS NIÑOS PERDIDOS, DE VALERIA LUISELLI



No fue la inspiración, sino la rabia y la claridad las que movieron a Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) a escribir Los niños perdidos (Un ensayo en cuarenta preguntas), que es una denuncia, una protesta, acerca de las infamias sufridas por los niños centroamericanos que se ven forzados a migrar a Estados Unidos.
Este breve ensayo cuenta, asimismo, como crónica y reportaje. Editado por Sexto Piso a fines del 2016, justo cuando iniciaría la tan temida era de Trump, es un texto oportuno y bien documentado, pero sobre todo valiente, acerca del tema.
Luiselli, a la espera de la Green Card que le permitiría seguir viviendo y trabajando en Nueva York al lado de su familia, optó por presentarse como intérprete voluntaria en una corte migratoria de dicho estado: “quedó pasmada ante las noticias del incremento en el flujo de niños refugiados durante el verano del 2014” (p. 9), como bien apunta el prestigiado periodista estadounidense Jon Lee Anderson en el prólogo.
La acompañó una sobrina de 19 años. Juntas atestiguaron la frialdad burocrática y el panorama aterrador del que intentaban huir esas criaturas, víctimas de la codicia de los ‘coyotes’, de la Border Patrol, de la miseria, de una sociedad podrida.
Luiselli se nota enfurecida. Corrijo: encabronada. Y con justa razón. Registra puntualmente cada una de las cuarenta preguntas que debió efectuar a menores recelosos, angustiados, aterrorizados, que muchas veces no sabían que decir o no querían responder algo que obviamente podría perjudicarlos a ellos y a sus allegados.
La autora aporta datos duros acerca del implacable sistema migratorio estadounidense y las tragedias que tan terrible situación ha acarreado. Por citar algunos: “Más de medio millón de migrantes mexicanos y centroamericanos se montan cada año a los distintos trenes que, conjuntamente, son conocidos como La Bestia” (p. 24); “algunas fuentes estiman que desde 2006 han desaparecido más de 120 mil migrantes en su tránsito por México” (p. 27); “Los estados con mayores cifras de niños entregados a guardianes que asisten a su cita en la corte son Texas (más de 10 mil niños), California (casi 9 mil) y Nueva York (más de 8 mil)” (p. 49); “entre abril de 2014 y agosto de 2015 llegaron más de 102 mil menores” (p. 39).


Luiselli, que tiene una niña pequeña, no pudo evitar involucrarse emocionalmente: le contaba a su hija las historias que más le conmovían, e intentaba darles un final feliz, aunque la realidad fuese ominosa.
Entre esas historias se encuentran la de las hermanitas guatemaltecas que no podían quitarse su único vestido, donde la abuela les había bordado, al interior del cuello, un número telefónico por si algo les pasaba; y la del adolescente hondureño acosado por pandilleros y cuya denuncia del caso, sucia, arrugada y doblada mil veces, que llevaba en el pantalón, le sirvieron para constatar que, efectivamente, corría peligro en su país natal y era recomendable nunca volver.
Destaca la capacidad de Luiselli para empatizar con los menores, así como su fuerte encono contra los sistemas de nuestro país y el vecino: “al sur del río Bravo somos críticos feroces de Estados Unidos y su maltrato a los migrantes y, aunque casi siempre somos bastante laxos e incluso autoindulgentes, a la hora de juzgar las políticas migratorias mexicanas y el trato general que México le da a los inmigrantes, sobre todo si son centroamericanos” (p. 41); “Los niños que cruzan México y llegan a la frontera de Estados Unidos no son ‘migrantes’ no son ‘ilegales’ y no son meramente ‘menores indocumentados’; son refugiados de una guerra y, en tanto tales, tienen derecho al asilo político” (p. 77).
Luiselli, radicada en Harlem, fue catedrática de la Hofstra University, ubicada en Hempstead -ambos rumbos con fama de temibles.  
Confiesa que empezó a escribir este libro justo un año antes de que se publicara, y que se vio obligada a hacerlo mientras se hallaba en el limbo existencial: “Sabía que, si no escribía (…) enloquecería. Y sabía que si no escribía esta historia (…) no tendría ningún sentido volver a escribir nada más” (p. 84).
La experiencia en la corte migratoria neoyorkina transformó también a su joven sobrina, quien decidió estudiar Derecho, en solidaridad con las injusticias atestiguadas.
Luiselli aprovechó su cátedra de Advanced Conversation, cuya única línea era la de hablar en español con sus alumnos, para transmitirles lo visto en la corte. Y transformar esa rabia, esa claridad, en esperanza, en acción: sin quererlo, los impulsó a organizarse para formar la Teenage Immigration Integration Association (TIIA) y hacer algo por esos pequeños extremadamente vulnerables.
Como afirma Jon Lee Anderson respecto a este libro, “todo aquel que lo lea no se arrepentirá, ni lo olvidará tan fácilmente”.

Elena Méndez
_____
Valeria Luiselli,
Los niños perdidos
(Un ensayo en cuarenta preguntas),
Prólogo: Jon Lee Anderson,
Traducción del prólogo: Eduardo Rabasa,
Col. Ensayo,
Editorial Sexto Piso,
México, 112 pp.