sexta-feira, junho 02, 2017

LA PERVERSIÓN QUE NOS ACECHA: EL MONSTRUO PENTÁPODO, DE LILIANA BLUM



Liliana Blum (Durango, 1974) es una autora que se supera a sí misma en cada libro. Su novela anterior, Pandora, causó gran polémica al presentar el caso de una mujer con obesidad mórbida, que se enamora de un médico exitoso cuyo propósito en la vida es engordarla hasta el infinito.
El monstruo pentápodo causará aún mayor polémica. Si bien en ambas novelas se plantean historias de individuos con apetitos repugnantes, no es comparable el feederism con la pederastia ni con el síndrome de Estocolmo, temas principales de esta obra.
Raymundo Betancourt es un ingeniero civil durangueño que aparenta ser una persona ejemplar. Nadie podría imaginarse que, tras su bondadosa fachada, existe un depredador. Un enfermo. Alguien que, tras reprimir a duras penas su pedofilia, sea capaz de llegar a las peores bajezas y sin embargo, no logre sentirse nunca saciado. Al descubrir en sus cotidianos rondines a Cinthia, la víctima perfecta, decide que la hará suya. Lo cual, por supuesto, no es tan sencillo. Investiga todos sus movimientos. Al volver a encontrarla, lo cual toma como una señal divina, urde un plan. Y en ese plan envuelve a Aimeé, una mujer treintañera con enanismo, quien pasa de enamorada a cómplice de un criminal.
La novela está compuesta por 39 capítulos, de los cuales 8 son cartas que Aimeé escribe a Raymundo y 11 son fragmentos de un diario que la enanita lleva.
Resulta muy acertado que Blum opte por alternar a un narrador en tercera persona con los testimonios escritos de la mujer acondroplásica, ya que gracias a ellos el lector conoce mejor sus motivaciones, las circunstancias y sentimientos ambivalentes que experimenta. 
La autora sabe mantener la tensión narrativa incluso en los momentos de aparente calma; la temporalidad, aunque no es lineal, resulta fácil de hilar.
Pero el acierto principal es que su obra dista de una visión maniquea. Pues nunca se sabe realmente quiénes son los vecinos de uno o incluso, quién es uno mismo. Cómo puede reaccionar si ha estado reprimido toda la vida. Cómo puede sentirse si ha permanecido en la decadencia, el aislamiento, si carece de autoestima y de posibilidades reales, no digamos de sobresalir, sino tan sólo, de ser amado. He allí, por ejemplo la terrible paradoja de Aimeé, pues su nombre en francés significa “Amada”, justo lo que nunca ha sido. Por esa insalvable carencia termina viviendo una pesadilla.

Hay capítulos magistrales, llenos de frases dignas de subrayarse. Como el de los pensamientos suicidas que invaden a Susana, la madre de Cinthia, al pasar meses enteros sin noticias de su hija: “-Merezco morir- dijo como si alguien más estuviera en la habitación. El pensar que su niñita ya había muerto la hacía merecedora de su propia muerte” (p. 152); como el de la carta donde Aimeé reclama: “Soy un monstruo, Raymundo. Tú hiciste esto de mí” (p. 146); como aquel donde el sometimiento que Raymundo pretende de Cinthia llega a lo más aberrante y absurdo: “El miedo es una correa invisible” (p. 221); “El miedo se parece tanto a la excitación” (p. 222).
Habrá quien somatice la lectura, no sólo por los innumerables cuestionamientos éticos y morales a los que se verá sometido, sino por las descripciones tan vívidas, tan sensoriales, que se incluyen.
El monstruo pentápodo: Alegoría de la perversión que nos acecha en cada esquina, en cada ventana, en cada mirada…

Elena Méndez

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Liliana Blum,
El monstruo pentápodo,
Col. Andanzas,
Tusquets Editores,
México, 2017,
240 pp.



terça-feira, maio 23, 2017

PERIODISMO VUELTO LITERATURA: SALA DE REDACCIÓN, DE PABLO ESPINOSA


Sala de Redacción es periodismo vuelto literatura. Híbrido lúdico, creado por Pablo Espinosa, posee un estilo profundo y ligero, preciso y detallado, documentado sin ser farragoso, objetivo dentro de su subjetividad. Transmite el goce que el autor encuentra en realizar su oficio, aun en medio de las prisas, las fechas límites, los implacables cierres de edición.
El volumen contiene sesenta textos que aparecieron, originalmente, tanto en La Jornada –donde es el editor de la sección Cultura- como en Revista de la Universidad.
El volumen fue editado por la Secretaría de Cultura y está juguetonamente prologado por Elena Poniatowska, quien ha sabido permanecer, como pocos, en este oficio tan sacrificado y a la vez tan noble.
Dice Poniatowska: “Si ignora que Memoria de mis putas tristes es el libro de García Márquez con más alusiones a la música clásica, platíquelo con Pablo Espinosa”; “Si cree que las microóperas de David Bowie son una obra maestra, dígaselo a Pablo Espinosa”; “Si cree que la voz de Lisa Gerrard es un santuario, persígnese con Pablo Espinosa” (p. 16).
Destaca que al autor “nada lo hace más feliz que compartir” (p. 17). Y sí. Este libro es un manifiesto de su generosidad.
Alfonso Reyes, sabio mexicano pero universal, escribió, incluso, sobre gastronomía. Adolfo Castañón, su más ferviente discípulo, ha declarado pretender emularlo hasta en eso. El mismo esfuerzo hay en Pablo Espinosa, que aspira a la genialidad de Pascal Quignard. Quien haya leído algo del erudito francés, detectará enseguida esos atisbos en el veracruzano.
Lo quignardesco se observa en su reiterado interés hacia la música –que el Premio Goncourt ejerció, además-. Los textos de Pablo sobre este arte dialogan con las reflexiones de Pascal en La lección de música y El odio a la música.

Asimismo, en ambos hay una perenne indagación sobre el lenguaje, un incesante cuestionamiento y contemplación del mundo, un perpetuo ironizar sobre sí mismos.
Otra influencia vital para el autor es Ryszard Kapuściński –uno de sus entrevistados-, quien sostenía: “Todo periodista es un historiador”, pues “en el buen periodismo, además de la descripción de un acontecimiento, tenéis también la explicación de por qué ha sucedido”. Eso es justamente lo que hace Espinosa: Proporciona al lector contextos, referentes, recurre a los imponderabilia para ambientarlo.
Pablo logra la nota porque la logra: hace años, cuando sus colegas volvían derrotados al serles imposible abordar a la diva francesa Catherine Deneuve, quien estaba de visita en México y no se comunicaba en español, él obtuvo la exclusiva, pues hablaba francés.
Esa perseverancia resulta contundente en su entrevista al compositor estonio Arvo Pärt, precursor del minimalismo musical. Tras años procurándolo, consiguió charlar con él durante su estancia en nuestro país. Al acompañarlo a la Basílica de Guadalupe, el periodista atestigua sus lágrimas en un par de ocasiones: cuando brinda caridad a una dama enlutada y cuando contempla a la Virgen en el ayate. Epifanía pura.
Alejandro Toledo sostiene que José Emilio Pacheco -uno de los más grandes periodistas culturales de nuestro país- no hablaba nunca “de oídas”. Lo mismo puede afirmarse de Espinosa, a quien es imposible pescar en un ‘maquinazo’, pues acomete sus textos como algo sagrado, si bien siempre accesible al lector.
Aunque haya lugares donde nunca estuvo y tiempos que no le tocaron, dibuja atmósferas, recrea momentos. Incluso lo terrible se torna sublime. Como cuando refiere el suicidio de María Callas, la divina: “(…) esa mujer enamorada que nunca alcanzó el amor de quien ella amaba, Aristóteles Onassis, y cuando éste murió, ella entró en una depresión tan profunda que se encerró en su departamento de París, donde fue hallado su cuerpo físico la mañana del 17 de septiembre de 1977 flotando en la tina de su baño. Sola y su alma. Sola en la Ciudad Luz. Sola y un frasco de barbitúricos al lado de la tina. Sola entre una multitud de ángeles” (pp. 69-70).
Espinosa desvela claves artísticas y vitales: el uso de la aliteración en las canciones de Caetano Veloso; la inconmesurable fe de Arvo Pärt; el aire festivo de Antonio Vivaldi, realzado por Max Richter; la lubricidad de James Brown; El íncipit genial de Ígor Stravinski en La Consagración de la Primavera, obra cuyas ocho notas, extendidas al infinito, pasaron a  ser solfas en el sentido de “zafarranchos”; la ironía en Mozart, freelancer workahólico de gustos sibaritas; la pantomima como raíz del espectáculo que fue David Bowie; el encanto de la imperfección y la paradoja en el disco póstumo de Pink Floyd; la fluida transición de géneros en Nina Simone; la idea del mantra en Terry Riley…

Incluso cuando Pablo habla de otras bellas artes acaba hablando de música, como en su crónica sobre la compañía dancística Marie Chouinard, basada en obras de Claude Debussy e Ígor Stravinski –que, ¡oh, paradoja!, considera “creaciones nacidas del silencio” (p. 287). Asimismo, en su reportaje sobre el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México -prodigio arquitectónico donde los haya- entre cuyas esculturas alegóricas se hallan la Armonía, la Inspiración y la Música: “un gran ángel se sostiene del aire con sus alas a la manera de un colibrí, para inclinar su cuerpo hacia el violín que hace nacer músicas dormidas que despiertan en cuanto el hombre bajo el ángel, concentrado en su escritura, pone en papel de mármol esas notas, para la posteridad” (p. 325).
Se recomienda acudir a estas páginas acompañándose del spotify o del youtube, para disfrutar de su banda sonora, un viaje de lo culto a lo popular y viceversa.
Sala de Redacción bien podría implementarse como libro de texto en las carreras universitarias de Comunicación, Periodismo y Letras Hispánicas. Es una cátedra gozosa y portátil impartida por alguien que en realidad ama su oficio.

Elena Méndez
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Pablo Espinosa,
Sala de Redacción,
Prólogo: Elena Poniatowska,
Col. Periodismo Cultural,
Secretaría de Cultura,
México, 2016,
332 pp.
 


sexta-feira, maio 19, 2017

JAVIER VALDEZ: DOCE BALAZOS A LAS 12 DEL DÍA


Javier Valdez Cárdenas (1967-2017) acababa de cumplir 50 años el pasado abril. Un mes y un día después lo mataron, a plena luz del sol, saliendo de la oficina del semanario Ríodoce, del cual era cofundador.  Su epitafio fue un tuit escrito meses antes. Rezumaba rabia, indignación: "A Miroslava la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio". Aludía al asesinato a mansalva de la periodista Miroslava Breach, quien, como él, era corresponsal del diario mexicano La Jornada. Ella en Chihuahua, la frontera de nuestro país. Él, en Culiacán, la tierra que lo vio nacer y morir. Morir asesinado. Morir acribillado. Doce balas a las doce del día, contra el reportero de Ríodoce. Doce.
Presagio de dolor, de sangre. Él, que nació en el estado de los 11 ríos, hizo fluir con sus compañeros un semanario de nombre muy sonoro. Un medio independiente que, sin proponérselo, se volvió un referente nacional e internacional. El que se atrevía a decir lo que todos sabían, lo que todos callaban. Que a Sinaloa se lo está llevando la chingada.
Su colega y amigo Juan Veledíaz, hace años, le llamaba a esta ciudad “Culiacán de las Sirenas”. Es triste que no sólo permanezca, sino que se reafirme el mote. El día en que Javier fue ultimado, zumbaban y zumbaban las sirenas. Fue pesadillesco.
No sólo mataron a un ciudadano ejemplar. Mataron a alguien visible. Alguien que tenía miedo, pero que se aguantaba. Alguien que no se quiso esconder, que no quería callar. Alguien que sabía que era suicida andar en esto, vivir en Culiacán, del que nunca quiso irse por más que su esposa, la señora Griselda Triana, se lo suplicara. Tuvo el valor, rayano en la temeridad, de quedarse. De escribir hasta  su último aliento. Su última entrega de Malayerba –su columna semanal- fue acerca de las corruptelas dentro de los llamados centros de rehabilitación para adictos a las drogas.
Malayerba se caracterizaba por sus textos breves, por abordar pasajes de la violencia cotidiana, por su lenguaje coloquial, lírico, marcadamente culichi. Sus textos eran protesta. Eran denuncia. Eran su manera de decir que le avergonzaba esta sociedad podrida, donde por 500 pesos y un poco de mota pueden matar a cualquiera, según se menciona en su libro Levantones (2012).
En esta ciudad, cuna del narcotráfico mexicano, no se puede dar un claxonazo por miedo a que te rafagueen. En esta ciudad, llena de jóvenes viudas buchonas, de plebes punteros (halcones, que también les llaman), de troconas que rebasan el semáforo a ritmo de narcocorridos, Javier experimentó el vértigo, la adrenalina, sintió la mano que temblaba, pero no podía dejar de escribir. Y vaya que escribió. Dejó varios títulos imprescindibles para comprender esta realidad grotesca, inverosímil.
Su última obra,  Narcoperiodismo (2016), vale como un grito de guerra, pero también, como testamento. Él estaba consciente de que esto le podía ocurrir. Pero no se paralizó. Siguió manifestándose, así su corazón se desangrara ante la impotencia de ver cómo esta tierra tan próspera, de gente alegre y buena, se llenaba de maleantes carentes de escrúpulos. Todo por la cochina droga. Por la ambición de los dólares. Porque aquí en Sinaloa, señores, está la mera mata.
Entrevisté a Javier en 2011 con motivo del lanzamiento de su libro Los morros del narco, en su cafetería habitual, Bistró Miró, cuya mesa nueve  pensaron en retirar pero ahora es un altar espontáneo. Flores, un café que no beberá, el ejemplar de La Jornada cuyo titular es uno de los más tristes de que se tenga memoria: “Asesinan a Javier Valdez”.
La entrevista apareció hasta un año después -por azares editoriales- en un par de medios, la revista Letrarte (ya desaparecida) y el semanario político mexicano Siempre!. Al comentarle que consideraba muy acertado su afán de humanizar los casos relatados, respondió: “Yo rompo ese esquema de contar casquillos, muertos, detenidos, drogas, balas… Prefiero contar personas. Pienso que el llamado ejecutómetro ha contribuido a insensibilizar, porque es un tratamiento frívolo, irresponsable e irrespetuoso, sobre todo respecto a las víctimas. Hay que entender el contexto social y económico en que se dan sus casos; eso puede ofrecerle otra mirada al lector; que lo vea como un fenómeno cotidiano en que estamos todos inmersos como sociedad en este país.”
También afirmó, sin arredrarse:Nosotros nos indignamos como opinión pública, pero muy rápido estiramos la mano para recibir dinero del narco”. Se refería a la actitud oscilante entre la glorificación y el repudio de esta industria ilegal que ha ensombrecido a esta ciudad, a este estado, a este país.
A Javier, a decir de su esposa -quien tuvo la entereza de dirigir unas palabras a la prensa y gente que la acompañó en su dolor-, “le hubiese gustado un reconocimiento de su Sinaloa, pero no en un ataúd. Aquí no reconocieron su trabajo, en el extranjero sí, y se fue con esa espinita. Él estaba comprometido con quien no tenía voz.”
Este gran periodista, que no tuvo el privilegio de ser profeta en su tierra, fue finalista del Premio Rodolfo Walsh dentro de la Semana Negra de Gijón, con Miss Narco, publicada en 2009. Recibió, a nombre de Ríodoce, el Premio María Moors Cabot en 2011, otorgado por el Comité para la Protección de Periodistas. Fue considerado uno de los “50 personajes que mueven a México”, por la revista Quién en 2012.
Pero Culiacán, su Culiacán, cuyas aceras fatigó de noche y día, ha sido ingrato con él. Ha sido el monstruo que lo devoró. Ha sido quien lo ha tornado sangre, polvo, ha sido quien lanzó su sombrero al viento de la ignominia. Justo es que quienes lo conocimos y llegamos a quererlo, a sentirnos sus amigos, sus compañeros, a recibir sus abrazos, sus miradas y sonrisas traviesas, sus sabios consejos, su apoyo sin esperar nada a cambio, lo recordemos e intentemos seguir su ejemplo, aunque sepamos bien que Javier es un ser irrepetible.

Elena Méndez

http://www.jornada.unam.mx/2017/05/19/opinion/008a1pol

FE DE ERRATAS: Donde dice:"Premio María Moors Cabot" debe decir "Premio Internacional de la Libertad de Prensa".