sábado, novembro 22, 2014

LA NOVELA DESDE SUS ENTRAÑAS: CÓMO DIBUJAR UNA NOVELA, DE MARTÍN SOLARES


¿Qué es una novela? Según la Real Academia Española, en su primera acepción, este término se define como: “Obra literaria en prosa en la que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres.”
Martín Solares (Tampico, 1970) en su breve y ameno ensayo Cómo dibujar una novela (Ediciones Era, 2014), comparte sus ideas personalísimas sobre la novela, apoyándose, a su vez, en creadores y teóricos a quienes suscribe o refuta, según el caso.
Asimismo, el autor incluye una serie de ilustraciones creadas ex profeso por él, para explicar con mayor claridad la estructura que poseen ciertas novelas paradigmáticas.
Solares, si bien sólo ha publicado una novela, Los minutos negros (Mondadori, 2006) –traducida a seis idiomas: inglés, francés, alemán, italiano, polaco y ruso-, cuenta con vasto conocimiento sobre el tema, pues ha dirigido talleres narrativos y fungido como editor en prestigiados sellos como Tusquets, Almadía y Océano.
Antes de entrar en materia, debo confesar algo: Empecé a escribir profesionalmente hace más de diez años, y siempre me sentí incapaz de hacer una novela. Cuando me preguntaban si pensaba escribir una, alegaba que Borges jamás lo había hecho y que eso no era obstáculo para que se le considerara un gran escritor.
Pero el pasado mes de septiembre, en sólo trece días, tuve el impulso necesario para redactar una novela, cuya historia rondó durante meses enteros por mi cabeza. Hasta que la terminé, leí el ensayo de Solares, para confirmar o contrastar mis intuiciones sobre el género.
Suscribo esta comparación entre cuento y novela: “El cuento es prosa vertical, que tiende a redondearse; la novela es prosa horizontal, que se eleva cada vez que nos preguntamos: ¿y ahora qué va a pasar?
El cuento, como los sueños, despega, nos sorprende y termina. En cambio, la novela es un viaje que, como los sueños que tenemos despiertos, no se olvida jamás” (p. 13).
Respecto a la creación de personajes memorables, se afirma: “nos fascinan porque se atreven a ir a donde muchos de nosotros no iremos jamás”; constituyen “egos experimentales que cruzarán la frontera por nosotros” (pp.16-17).
Los novelistas se las ingenian para involucrar al lector en la obra, y no sólo desde la frase inicial, sino también desde el título del libro, el epígrafe, la dedicatoria, la advertencia o el prólogo. Así, logran que “el lector sienta que ha entrado en otro tiempo y en otro lugar, que comenzó un viaje que va a cambiarle la vida” (p. 30).
Solares menciona novelas que parten de una imagen –como en El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas-, de un resumen (incurriendo en prolepsis) –como en Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez-, o utilizan ‘arranques inescrutables’ -como en La última escala del Tramp-Steamer, de Álvaro Mutis-.
En todo caso, “el arranque debe estar íntimamente ligado al último párrafo” (p. 45).
Para Solares, “la novela exige algunas paradojas: que nos olvidemos del tiempo y que trabajemos con él, que traduzcamos varios años de trabajo en un solo instante escrito, y que pensemos en el tiempo como si fuera un elemento tangible” (p. 49).
El autor sostiene que es posible plasmar gráficamente la estructura de una novela, basándonos en los momentos álgidos, digresiones, relatos enmarcados o giros inesperados que ésta posea.
Me quedo con tres ideas del autor, para mis fines personales: “toda novela nos habla de cuánto luchamos con una obsesión o un enigma”; “toda novela incluye un enigma que alguien intentó descifrar: el enigma de su vida, imaginaria o real” (p. 127); “En momentos difíciles, en los que uno busca superar las preocupaciones de la vida, la novela nos ofrece un relato que parece escrito para comentar el momento presente” (p. 11).

Elena Méndez
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http://www.siempre.com.mx/2014/11/la-novela-desde-sus-entranas/

domingo, agosto 31, 2014

NOMBRAR LA AUSENCIA: HOY, DE JUAN GELMAN


Confieso no haber leído al extinto poeta argentino Juan Gelman sino hasta ahora que se publica su libro póstumo, Hoy (Ediciones Era/UNAM, 2014), donde se reúnen 297 poemas, cuyo leitmotiv es un rabioso duelo. Donde se nombra la ausencia y se canta la pérdida. Esa terrible pérdida que siempre le carcomió: la muerte de su hijo y su nuera a manos de la dictadura argentina, que además le separó de su nietecita, a quien llegó a conocer ya grande.
Debo confesar algo más: leí este volumen a pocos días de haber fallecido mi hermano mayor. Al llegar al poema XX, supe que hallaría la catarsis añorada: “¿Quién dijo que el tiempo petrifica las lágrimas? (…) la desolación finge ser una que no llora, se ladea el paisaje mental sin reinvención posible” (p.30).
Desolación, aquí, es una palabra clave. Desazón, desarraigo, es lo que se respira, sobre todo en aquellos textos claramente autobiográficos, como el XXVIII: “La compasión tiene lotes estériles, necesitan que secuestro/tortura/asesinato sean palabras sin materia, distraídas/retrocedentes/no pegadas a dictadura militar/a cuerpos vivos tirados al océano” (p.38).
La imposibilidad de expresarse lo vuelve un paria: “La palabra va de aquí para allá, busca un sitio de no marcharse nunca” (p. 76).
En ese contexto, es lógico que reinen el pesimismo, el escepticismo: “En el consuelo hay soles falsos” (p. 53). Y es que se está condenado irremediablemente a la soledad: “el destierro sin tierra es un bello destino/sin súplicas/haberes/un solo precipicio que habitas sabiendo que es más profundo todavía” (p.63).
Conoce la muerte y su implacable proceder: “La muerte no interpreta sus textos, no lee lo que se va a llevar. Si alguna prisionera en Campo Mayo recién nacida a madre con los ojos tapados que ni a su hijo vio” (p.66).
La muerte no impide el “amor que no se va, dolor que sigue”; arrastra una “dicha arrojada al río San Fernando de aguas impasibles” (p.71). Dicha que llevaba el nombre de Marcelo, su hijo.
Ausencia presente que le hace descreer, incluso, de Dios: “Dios se fue al vacío que dejó su muerte” (p.13); “Cuántos rostros en el vacío que Dios dejó” (p.100).
Y si muere Dios, también mueren el Amor y el futuro: “"El único que piensa es Amor/muere joven" (p.67); “El futuro se murió joven en aventuras de la sangre” (p.108).
Y es que “el tamaño del dolor no cubre nada”(p.40). El perpetuo escepticismo es “la estación más seca de la resignación” (p.177).
No hay un refugio, pues; acaso un frágil cobertizo de palabras. Aun así, acaso ni ello quede: “La poesía no sabe holgar sobre el abismo y nadie puede separarla de lo que es pero no es” (p.114). En ese abismo, “explicar la ausencia es otra ausencia” (p.200). ¿Cómo curarse, entonces, si “no hay morfina para laceraciones del espíritu”? (p.234).
Como se asevera en el poema LI: “El poema quiere engañar al tiempo y el sufrimiento lo derrota” (p.61). Es por ello que se inscribe dentro de lo innombrable, lo impronunciable: “El poema que te quiero inscribir, amoramor, no tiene palabra todavía” (p.190).
“Si se acabaran las preguntas/perder un hijo es nada” (p.244). Mas, como estas nunca acabarán, aquella pérdida constituye el todo alrededor del cual gira esta poesía interrogante, mordiente. Esta poesía que obsesivamente se interroga acerca de su propia naturaleza, como en el texto que cierra este volumen, redondo en su perfección: “¿Y si la poesía fuera un olvido del perro que te mordió la sangre/una delicia falsa/una fuga en mí mayor/un invento de lo que nunca se podrá decir?” (…) (p.307).
La obra, escrita en la Ciudad de México entre 2011 y 2014, está dedicada a su esposa, Mara Lamadrid, por cuyo amor declaró Gelman haberse quedado en nuestro país.
En Hoy, el yo lírico monologa en un lenguaje críptico, con un ritmo y sintaxis muy particular que invitan a leer cada poema en voz alta, a guardarlo en nuestro más íntimo inventario.

Elena Méndez
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Juan Gelman,
Hoy,
Col. Biblioteca Era,
Ediciones Era/UNAM, 2014,
México, 312 pp.
  

http://www.siempre.com.mx/2014/08/nombrar-la-ausencia/

terça-feira, agosto 05, 2014

TATUAR LA INFAMIA: RESIDUOS DE ESPANTO, DE LILIANA V. BLUM

El Holocausto es un episodio histórico cuyas heridas laceraron no sólo al pueblo judío, sino también a la humanidad entera.  Las víctimas eran tatuadas, casi como se marca a una res. Ese era sólo un símbolo de la despersonalización y el cruel destino que les esperaba. Seis millones de personas padecieron tal ignominia. Pero ellos son más que una cifra: Son el recordatorio de la abyección a la que puede conducir una ideología perversa.
Liliana V. Blum (Durango, 1974) aborda magistralmente el tema en su novela Residuos de espanto (Ficticia/Universidad Autónoma de Nayarit, 2013).
Dicha obra marca un parteaguas para la autora: No sólo es su debut novelístico, sino que además obtuvo con ella la Mención Honorífica del Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo 2013, convocado por la Universidad Autónoma de Nayarit.
Si bien Blum tiene raíces judías, sus ancestros no padecieron la Solución Final, pues llegaron a México a inicios del siglo XX. El tema le interesa por una cuestión de identidad, de pertenencia, e investigó ampliamente sobre él.
En esta obra, Abigaíl, joven maestra universitaria, funge como narradora- testigo. Ella refiere la historia de un par sobrevivientes de Auschwitz: Déborah y Józef, ya ancianos. Abigaíl cuida a Déborah, ingresada tras quedar inconsciente, y Józef es un enfermo terminal de cáncer, desamparado, a quien se acerca tras ver su nombre evidentemente extranjero en la puerta de una habitación.
Al hombre le agrada la visita de la chica, quien descubre en su frágil brazo un tatuaje similar al de la abuela, detalle definitivo para solidarizarse con quien es “un sobreviviente del mismo horror” (…) (p. 14).
Estos seres condenados al desarraigo tienen en común más que la raza o sus lugares de confinamiento, llámense campo de concentración u hospital: sus forzadas alianzas con el enemigo. Total: tanto Abigaíl como Józef no son sino parias que nada tienen que perder. Porque ya todo lo han perdido: ella a su esposo, él a sus padres y a sus pequeñas hermanas. Cito: “Hay cosas peores que morir. Ser quien sobrevive, por ejemplo” (p. 37).
Déborah “prefirió adjudicar su sobrevivencia a la bondad inusitada de Dios” (p.23). Su belleza física atrae al nazi Wolfgang Käppler, resultando preñada.
Józef, por su parte, se ve obligado a ser el mozo doméstico de Leopold, un oficial alemán, que espera algo más que un criado gratis o practicar la caridad.
Los clandestinos privilegios que uno y otro gozan, sin embargo, los llenan de una culpa perpetua que el tiempo acentúa: Déborah se enfada cuando ve que algo se desperdicia, sobre todo la comida. “Porque yo estuve a punto de morirme de hambre” (p.27); mientras que Józef está convencido de que el cáncer es un castigo menor por no haberla pasado tan mal durante su cautiverio.
Porque a ellos no les tocó comer de la sopa Buna, que tornaba cadavéricos a los comensales; ni usar zapatos de talla inadecuada, que desollaban los pies de quienes los usaban; ni recibir un balazo por la espalda al salirse de una fila, o morir asfixiados y en el hacinamiento de una cámara de gas.
Tras atestiguar todo eso, es difícil que tengan fe. En palabras de Józef: “Jesús, Alá, Jehová, si existe, no sirve para nada (…)” (p.85).
“Yo nunca estuve en un vagón de ganado ni pasé hambre” (p.89), reflexiona Abigaíl. Sin embargo, la abuela le transmitió esa culpa ancestral al hacerle esas terribles confesiones cuando apenas era una niña, quien siempre se preguntó que si Dios “¿no podía evitar tanto dolor de inocentes?”. Ese a quien acusa de haber provocado tanta muerte: “El Diluvio, Sodoma y Gomorra, el Holocausto” (p.93).
Aun así, queda en estas tres almas un resquicio de esperanza, a pesar de la obstinada soledad, la infamia tatuada en la memoria, de la muerte que siempre acecha, de su condición de desterrados, de la ley del Talión repetida al infinito…
Elena Méndez

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Liliana V. Blum,
Residuos de espanto,
Col. Novela,
Ficticia Editorial/Universidad Autónoma de Nayarit,
México, 2013,
96 pp.
 


domingo, julho 13, 2014

ESTILO FIGUEROA: BAJO EL CIELO DE MÉXICO: GABRIEL FIGUEROA, ARTE Y CINE, DE CLAUDIA MONTERDE



Gabriel Figueroa (Ciudad de México, 1907-1997) fue toda una institución en el cine mexicano, donde destacó su gran labor como cinefotógrafo. Participó en más de doscientas películas e hizo mancuerna con excelentes actores y directores, entre ellos: María Félix, Pedro Armendáriz, Dolores del Río, Andrea Palma, Arturo de Córdova, John Huston, John Ford, Luis Buñuel y Emilio El Indio Fernández.
El año pasado se le rindió homenaje en Los Ángeles, California, con la exposición Bajo el cielo de México: Gabriel Figueroa, arte y cine, cuya sede fue el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (LACMA), organización que se coordinó con Conaculta, Fundación Televisa y la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMPAS) para tan magno evento.
Como complemento de dicha exposición se lanzó el libro homónimo, coeditado por Turner y las citadas instituciones.
Esta obra consta de textos breves –casi todos de la autoría de Claudia Monterde- y abundantes imágenes (la mayoría, en blanco y negro), que muestran el inigualable estilo que Figueroa logró forjar. Como bien apunta Rafael Tovar y de Teresa, presidente de Conaculta: “El poder de evocar imágenes y otorgarles una fuerte carga simbólica a través de la composición en profundidad, la iluminación en claroscuro, las sombras expresionistas y los medios tonos, definen el incomparable estilo visual de Gabriel Figueroa” (p. VIII).
Así, lo onírico, el crudo realismo, lo rural, lo urbano, lo sensual y lo abyecto se entrelazan en unas imágenes que alcanzaron su máximo esplendor en la Época de Oro del Cine Mexicano, en que se glorificaba el nacionalismo. Prueba ferviente de ello fue la excelente dupla que formó con el Indio Fernández, con quien realizó 24 filmes, donde captó imponentes paisajes inspirados en el muralismo, entonces en boga.
Figueroa debutó como cinefotógrafo en Allá en el Rancho Grande en 1936, cinta que gozó de un éxito inusitado, pero hasta 1943, con Flor silvestre –dirigida por el Indio- que realmente consigue un sello propio: “(…) encontró la piedra angular de un estilo que, cimentado en la perspectiva de la cámara, en la generación visual de la escena y en el ritmo y la temporalidad de las imágenes, siempre se pretendió subversivo. Más allá de ser una mera estetización de las imágenes es una postura política que se hace patente con el transcurso del pensamiento que desencadenan” (p. 38).
Tal parteaguas marcó el célebre cinefotógrafo que hasta se habla de un estilo Figueroa, consistente en un “diálogo múltiple con el expresionismo alemán, el cine de Eisenstein o la fotografía de su maestro Gregg Toland; con los medios tonos de Vermeer, los claroscuros de Rembrandt, la perspectiva de Velázquez, la fuerza y la textura del grabado mexicano o el tratado de Leonardo da Vinci, en el que se inspiró para analizar la atmósfera y utilizar los filtros que le confirieron profundidad visual a los denominados cielos Figueroa” (p. 54).
Figueroa mostraba una gran predilección por captar close-up o panorámicas que persisten en el imaginario colectivo nacional y extranjero. Cito dos títulos, ambos protagonizados por La Doña, donde se hace uso de una y otra: Enamorada (1946) y Río Escondido (1947), bajo la dirección del Indio.
Es un enorme regocijo toparse con estas imágenes, verdaderamente icónicas, y descifrar las claves detrás de esta genial obra. Así, asoman personajes revolucionarios, rituales fúnebres, edificios emblemáticos, paisajes majestuosos, seres en situaciones-límite, tradiciones arraigadas…
Figueroa fue nominado al Oscar en 1964 por La Noche de la Iguana, película dirigida por John Huston y protagonizada por Richard Burton, Ava Gardner y Deborah Kerr. La Academia Mexicana de Ciencias y Artes Cinematográficas lo honró con 16 premios Ariel, así como un Ariel de Oro en 1987.

Elena Méndez

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Claudia Monterde,
Bajo el cielo de México:
Gabriel Figueroa, arte y cine,
Col. Artes Visuales
Editorial Turner/CONACULTA/AMPAS/LACMA/Fundación Televisa,
Pasadena, 2013,
224 pp.

http://www.siempre.com.mx/2014/07/gabriel-figueroa-arte-y-cine/