quinta-feira, agosto 22, 2013

PIZARNIK



Tus versos taciturnos
cortaban el aire.
Arrancaste la camisa de fuerza
con alas tan feroces
como tu canto adolorido.
Dormiste para siempre
tu rabiosa locura,
empuñando el remedio
en tu mano diminuta.

Elena Méndez

 http://letrarte.gob.mx/2013/08/pizarnik/






































quinta-feira, agosto 08, 2013

HAY QUE TENER MALA ORTOGRAFÍA


En Francia están dispuestos a reformar la ortografía, informan. No se trata esta vez del capricho personal y aislado de un escritor, sino de una iniciativa propuesta al Consejo Nacional de Educación por el propio ministro del ramo. Hasta ahora, las reformas ortográficas las habían hecho los autores revolucionarios, para uso de sus seguidores. Se han escrito libros sin mayúsculas, poemas donde la ge ha sido reemplazada por la jota, supresión definitiva de la hache y, en fin, todos los etcéteras que son posibles en los dilatados y confusos territorios de la ortografía. Quienes se tomaban la libertad de esas reformas, creían con ello dejarlo todo resuelto, incluso sus propios complejos. La cuestión no pasaba de allí.
Como ahora la reforma tiene carácter oficial, no sería apropiado decir que se trata de una revolución. Pero de todos modos es una medida que puede originar una grave catástrofe en el sistema nervioso de los franceses. La ortogradía, en cualquier idioma, es una cosa emocionante. Mientras "vendaval" se escriba como lo disponen las reglas vigentes, el hecho de enfrentarse a la palabra tendrá en todos los casos el carácter de una alucinante aventura. Yo creo que los inconvenientes ortográficos estimulan el sistema nervioso, despiertan el proceso digestivo y hacen de la vida algo que realmente merece vivirse, aunque sea por la sencilla emoción de saber y comprobar a cada instante que toda palabra tiene un intrincado misterio. Mientras más indescifrables y confusos sean los preceptos ortográficos, mejores oportunidades tendrá el hombre de ejercitar sus instintos y de poner en práctica constante y fecunda sus maravillosos residuos de irracionalidad.
Las disposiciones ortográficas no se inventaron para que el hombre escribiera correctamente, sino para que pudieran existir los errores de ortografía. Sin ellos, escribir no implicaría ningún sobresalto. Y las cartas de las mujeres no tendrían nada de particular.
Confieso una especial predilección por la hache. Parece que es la letra más combatida, denigrada e injustificada del alfabeto castellano. Sin embargo, y acaso por eso mismo, es preciso convenir en que la hache es la única letra con personalidad. Suprimirla sería una medida absurda, un disparate legal. Lo único que yo admitiría en relación con ella es que se permita a cada quien colocarla donde le venga en gana, con la seguridad de que la hache sobrevivirá a esa experiencia.
El error hasta ahora, ha consistido en que se consulte, para la utilización de la hache, el punto de vista de los académicos. Lo que hay que consultar es el punto de vista de la hache. Cuando se rompan las reglas actuales y se ponga a disposición de los escritores una ortografía a base de puros presagios, estoy seguro de que la hache, con todo y que parece no servir para nada, aparecerá en cualquier parte, como compensación a sus ausencias en los lugares clásicos. Saltaría entonces, como la liebre del refrán, en donde menos se la espera, como en ese prodigioso cartel que constituye un victorioso testimonio de la superioridad de la hache sobre los recursos humanos: "Se asen flores hartificiales".
Pero si a pesar de todo ha de reformarse la ortografía, no parece lo más indicado hacerle modificaciones y supresiones a la actual. Eso sería crear una serie de reglas nuevas que contribuirían a confundir tanto a quienes ignoramos las actuales, como a esos seres extraños, un tanto interplanetarios que dicen conocerlas. Lo que se necesita es la anarquía. Que cada escritor disponga del inusitado privilegio de ser leal a sus corazonadas. Eso sería autorizar al hombre para que regrese legalmente a la infancia.

Septiembre de 1952

Gabriel García Márquez

quinta-feira, agosto 01, 2013

LA MALICIA DEL MUEBLE

¡Oh, gustosa continuidad! Cuando se vive en trato constante con la pluma, la sola armonía de la vida comunica al trabajo del escritor una coherencia más legítima que la de los sistemas artificialmente buscados  y -sin remedio-siempre algo "traídos de los cabellos". Hace muchos años yo hablaba de la insistencia con que ciertos humildes objetos -los cuellos viejos, las navajitas de afeitar- parecen pegarse a nuestra vida. Les llamé los objetos moscas.
He aquí: ahora se me ofrece delatar otro mal de las materialidades que nos rodean. He aquí que los muebles, testigos mudos de nuestro existir, adquieren poco a poco, a fuerza de vernos y de palparnos o de sentirse palpados por nosotros, una manera de muda y sigilosa conciencia. Animales estáticos y, al parecer, enteramente pasivos, nos acechan, y nos van envolviendo en una baba invisible de intenciones. Como al fin son nuestros esclavos, las intenciones son vengativas: hay en los muebles una rebeldía expectante, una paz armada, una actitud de guerra fría, para decirlo en la lengua de nuestro tiempo. Y en ocasiones, allá cada vez que se atreven y confían en no ser descubiertos, nos lanzan un zarpazo oscuro.
Si se cae el lápiz, ya se sabe, es inevitable: la comodita se las arregla para hacerlo rodar, atraerlo, metérselo atrás o debajo (guardárselo en el seno al modo de las cortesanas), de forma que no podamos encontrarlo. Los plúteos dejan caer los papeles hasta el fondo del escritorio. Al "Fulgencio Tapiro", de Anatole France se le derraman las papeletas por toda la estancia como una cascada de primavera. El libro que nos está haciendo falta se esconde, subrepticio, entre sus semejantes, que "juegan de codos", para disimularlo. Cuando la señora busca una aguja, pide al destino un alfiler, y al contrario, porque el destino nunca da exactamente lo que de él se espera. No hay pata de la mesa que pueda atreverse a decir (o es una descarada embustera): "Nunca te he pegado en las espinillas". ¡Qué pocos sillones podrán jactarse de no habernos estorbado el paso! ¡Qué pocos cajones, que pocos agarraderos, de no habérsenos enganchado en el bolsillo cada vez que les es posible, con el manifiesto propósito de desgarrarnos la prenda! Y ya he contado (Los siete sobre Deva) de las butacas que se tragan las tijeritas y los dedales y los aprisionan en los forros. La tinta de la estilográfica se agota precisamente a la hora de la inspiración. O sobreviene el corto circuito al tiempo de hundir el bisturí. La portezuela del auto nos agarra los dedos. El velo prendido al vehículo y que estranguló a Isadora Duncan lo hizo de propósito, según las últimas investigaciones. Al Conde de Esteban Collantes se le saltó la botonadura de los pantalones -y fue de intento- cuando pronunciaba un ardoroso discurso en la Cámara de los Diputados de Madrid, de donde la gente dio en llamarlo "estaban colgantes" (así como a sus hijas, que vestían, a la moda vieja, "estaban como antes"). La tetera se desfonda de pronto, y siempre a la hora crítica de servir el té a los amigos. El estoque salta en el descabello, y clava de arriba abajo al más inocente de los espectadores. "Don Quijote" -sabio entre todos- prefirió la fe a la comprobación y, advertido por el ensayo anterior, no quiso pulsar por segunda vez la resistencia de la celada que tan trabajosamente se fabricó, así como el que cierra los ojos a los posibles desmanes de su amada y sigue entregándole su confianza. Y no hace otra el que compra una vajilla irrompible y, conocedor de la ironía de estos enseres, prefiere recomendar que nadie los toque. El cilindrero se queda con el manubrio en la mano a la hora más sentimental de Agustín Lara; y al galanteador le suena el teléfono a deshora. El ratero tal vez se dejó la protectora alpargata -el pie de gato del ladrón que decía el inmortal don Benito- y sucede que los zapatos le rechinan, porque tampoco se acordó de pagarlos. 
El ascensor (vulgo "elevador") se desploma cuando lo acaban de aceitar. La máquina de escribir se atranca como mula en lo más florido del cuento. 
Aquella mecedora nos tiene locos: ha dado en balancearse sola...
Y así, en inacabable desfile, la imperceptible rechifla, la quieta burla, la malicia de los muebles que fingen -sin embargo- ser nuestros más fieles amigos.

13 de diciembre de 1959
Alfonso Reyes