sexta-feira, abril 26, 2013

ELENA BIPOLAR *

Este cuento inició en octubre. La memoria me traiciona, así que voy a mentirles si digo que fue a principios o finales de mes; lo cierto es que la víspera del Día de Muertos, Bipolar se convirtió en promesa: emprendería un viaje desde Sinaloa, allende el Pacífico, para manifestarse en la frontera del Mar Caribe. Hoy somos testigos del arribo a buen puerto de esta obra, y por gracia del destino, también de su autora: Elena Méndez.
Hace apenas unos días, el escritor yucateco Raúl Renán grafiteó un mural, creado para eso –aclaro-. Estampó de puño y letra: “Ir en contra eleva el alma”. Viene a colación debido a que en su brevedad –y gracias a un lenguaje preciso-, Bipolar retrata un espíritu indomeñable, auténtico, espontáneo por consigna, al que poco o nada le importa vivir a contracorriente; ergo: es el retrato de un alma puesta en pie.
En las 21 narraciones de Elena Méndez asistimos a una fiesta de altibajos, de voces que se materializan en múltiples formas. De pronto el homenaje, el guiño al gran cronopio; antes, la carnalidad desatada en los confines de un autobús; luego la transgresión en paradisíaco hotel; y a río revuelto las alusiones literarias al estilo del Sombrerero Loco disertando sobre Madame Bovary; claro, tampoco falta la narración que ocurre en el ambiente actual de México: mostaza, antros, narcoviejas y batos que imaginamos así: con cintos piteados, sus siete leguas y camisas a cuadros. También, se presenta el ímpetu sexual por las dos vías en cibersexo y consideraciones sobre heteroflexibilidades, que dan paso a la melancolía.
Dividido en dos apartados -El cuerpo del delito y Tal vez morir en soledad-, Bipolar escapa a las etiquetas de los géneros literarios; en todo caso, estamos ante un híbrido con cuentos, relatos y esbozos poéticos, que en forma y fondo honran su título. Sin embargo, en mi opinión su contenido dista mucho de ser una representación del trastorno afectivo al que hace referencia. Pienso que los personajes “elenamendecianos” tienen un severo padecimiento, se llama humanidad.
Elena hace de su pluma el famoso escalpelo para la disección de un aspecto medular en las sociedades actuales: la expresión del género y la sexualidad. En sus relatos con perspectiva masculina, es fiel en su representación: sin espejismos y mucho menos imposturas, se aproxima a lo que los hombres hacen y les da significación. En contraste, sus personajes femeninos aparecen empoderados, mas no amachinados; sus mujeres son bien mujeres, me atrevo a decir, con todo y los estigmas sociales que –malamente- reproducimos muy mexicanamente.
A continuación, seré impropio a riesgo personal. Una regla no escrita para las presentaciones de libros reza que los presentadores habrán de ceñirse a la obra. Las reglas se hicieron para romperse, ya qué. Quiero hablarles sobre eso que no está en el libro, pero que tiene que ver con Bipolar, porque representa el esfuerzo de la autora por darle luz a la obra en la que deja 10 años de su vida, y algunos reveses con las editoriales.
Mi reflexión es esta: hay quienes escriben porque necesitan hacerse visibles, la literatura –para ellos- es un medio, rara vez un fin. Letra a letra construyen una leyenda personal, se convierten en ídolos de papel que demandan público reconocimiento. Otros, los menos, están condenados por la palabra, son extraña especie entre la tropa, son tribu aparte, la literatura los ha elegido, y entonces -sin remedio- escriben desde el corazón, desde la entraña, su estigma es la autenticidad: seres bipolares que gozan el privilegio de una cordura que enloquece, pero como valor añadido, poseen el coraje, entereza y arrojo de plasmarlo en blanco y negro, de manera rotunda, y Elena Méndez pertenece a este segundo grupo. A ella, la literatura la eligió.

Alejandro Pulido Cayón

http://www.revistayucatan.com/v1/2013/03/15/elena-bipolar/

 *Texto de presentación del libro Bipolar, leído en la 2da. Feria Internacional de la Lectura de Yucatán (FILEY), viernes 15 de marzo de 2013.
 

LA BIPOLARIDAD DE ELENA *

Suele suceder que, gracias a la internet, la gente es capaz de cultivar amores o amistades duraderos sin siquiera salir de casa. La taza de azúcar, el recibo de luz, el correo postal equivocado y otros artilugios que solíamos utilizar como pretexto para conocer a nuestra (o) vecina (o), han pasado por completo al olvido. Mucho más fácil resulta valerse de las redes sociales para establecer contacto con quién se nos antoje. 

Siguiendo este patrón del nuevo siglo, puedo decir que tengo el honor de haber conocido a Elena Méndez primero, a través del Hotmail, y luego, por medio del Facebook. Hemos cultivado, con ayuda de la cibernética, una amistad basada en intereses mutuos: el cine, la política, la economía y, sobre todo, la literatura. Gracias a esto supe, de manera anticipada, que Elena estaba preparando un libro de relatos. Y conociendo la rigurosa formación literaria de mi amiga, imaginé que este cuentario, al publicarse, resultaría un hito en el panorama de la narrativa joven mexicana. No me equivoqué, y ahora  voy a tratar de explicar porqué.
Desde el  relato inicial, Sinaloa y sus ojos cafés, uno se percata que está frente a una fabuladora poderosa, hechizante, de esas que, como los boxeadores experimentados, apabullan al contrincante en el primer round. Tratándose de su libro-debut quise pensar que Méndez, hábilmente, había decidido enganchar a sus lectores con una historia de soledad y sexo, para luego dar paso a relatos menos fuertes, historias donde apareciera eso que en la literatura escrita por mujeres la crítica suele calificar como “sutileza femenina”. Para mi sorpresa y regocijo estaba  equivocado pues Elena, no sólo se sale de cualquier parámetro, sino que se atreve – pese a quien le pese – a narrar las cosas por su propio nombre. Así, en Día de muertos, por ejemplo, la autora nos cuenta con una naturalidad asombrosa - que las buenas conciencias calificarían de desfachatez -, la odisea nocturna de una estudiante clasemediera que decide, en lugar de quedarse en casa preparándose para un examen que habrá de reprobar, “irse de cabrona” con las amigas de su hermana mayor. 
Sexo, drogas y alcohol circulan a lo largo de sus párrafos sin ninguna clase de censura.
Pese a su brevedad, los  relatos cumplen con algo que, a mi juicio, revela la capacidad literaria de su autora: se quedan botando en tu mente durante un tiempo, sus imágenes perduran. El cuerpo del delito y Heteroflexible, otros de mis preferidos, son difícilmente olvidables. Las escenas sexuales, sin ser descarnadas, son tan eficaces que estremecen.
“Me acarició con la lengua el clítoris, le di un putazo por morderme la vulva, comencé a retorcerme, prendió el foco pa ponerse el condón, me penetró, Ay, hijo de la chingada, me duele, más despacio, y todavía preguntó el muy imbécil si era cierto lo de mi virginidad”.
Hay  una constante en todas historias de Bipolar: el empoderamiento de las mujeres. Son ellas las que deciden, las que eligen. Desde la hembra romántica de Crónica de una pasión en vano, pasando por la vengadora y asesina de Más vale que esté muerto hasta terminar con la joven lésbica de Heteroflexible, todas han elegido vivir guiadas por el timón de su libre albedrío. Cogen, matan, beben, gozan y mientan madres sin ningún tipo de remordimiento. No es casual que Méndez describa este tipo de fémina. Ella misma es una escritora valiente que ha dejado su natal Sinaloa para conquistar la ingrata capital de la República.
Bipolar, además de todo, es un libro realizado con ritmo. Hay música de banda en las letras, en sus páginas se percibe la cadencia trepidante del norte. Por momentos la prosa de este libro remite a El amante de Janis Joplin, de Élmer Mendoza o a Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada.  Y al igual que a estos consagrados, a la autora no le tiembla la mano al evocar el lenguaje de su tierra: los plebes, morrillo, culichi, pistear, tacuache, agüitados, el bato, bien chilos…, el mosaico de vocablos seduce y ayuda al lector a situarse en esa tierra árida y caliente donde transcurren las historias.    
Dice Elena en una entrevista, a propósito de Bipolar, que los escritores “somos la peor raza sobre la tierra”. Y así lo trata de ejemplificar en su cuento  Una clase de literatura, uno más de mis preferidos, donde una disertación sobre Madame Bovary sirve de leitmotiv para ejemplificar  la forma tan vil en que compiten los aspirantes a literatos hoy en día.

Pero volviendo al inicio, celebro que la internet me haya puesto en el camino a Elena Méndez. Ahora sé que, más allá de la amistad, he descubierto a una escritora sarcástica y tenaz preocupada por narrar su realidad con una voz original y distinta, ocupada, parafraseando a Virginia Woolf, por hallar una habitación propia que le permita continuar desarrollando una obra que, a buen seguro, la hará trascender en las letras mexicanas del nuevo siglo.   

Carlos Martín Briceño

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*Texto de presentación del libro Bipolar, leído en la 2da. Feria Internacional de la Lectura de Yucatán (FILEY), viernes 15 de marzo de 2013.