terça-feira, dezembro 17, 2013

ESBOZAR UNA POÉTICA: MÁS AFUERA, DE JONATHAN FRANZEN



Jonathan Franzen (Western Springs, 1959) es uno de los más aclamados escritores estadounidenses.  En 2001 obtuvo el National Book Award con su tercera novela, Las correcciones, una “saga familiar inmisericorde”.
Recibió el James Tait Black Memorial Prize y fue finalista de los premios National Books Circle of Fiction, Pen/Faulkner y Pulitzer.
En 2012 fue galardonado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara con la medalla Carlos Fuentes. Pese a ello, señala la crítica literaria Adriana Sandoval: “aquí ha pasado casi inadvertido”.
Franzen, quien escribe “para los que no encajan en el mundo”, recopila en su nueva obra, Más afuera (Salamandra, 2013), 26 ensayos y artículos periodísticos, donde aborda diversos temas, como su preocupación ante la dependencia de la tecnología y por la conservación de las aves, de las cuales es un entusiasta defensor.
El norteamericano esboza una poética: lo que espera de su propia escritura o de la ajena, sus filias, sus fobias, de una manera congruente y desenfadada.

En “Sobre la ficción autobiográfica”, responde una serie de preguntas que “sacan de quicio” a cualquier autor. Entre ellas: “¿Es autobiográfica  su obra literaria?” que le produce “la sensación de que se pone en tela de juicio mi capacidad imaginativa” (p. 139). 
Declara: “Mi idea de una novela autobiográfica es (…) un libro en que el personaje principal se parece mucho al autor y experimenta bastantes escenas que el autor ha vivido (…) Dudo que en treinta años haya publicado más de treinta páginas de escenas extraídas de sucesos de la vida real en los que haya participado” (p. 140).
En “Coma-entonces”, critica tal fórmula, “un hábito irritante fruto de la pereza (…) que aparece casi exclusivamente en textos ‘literarios’ de las últimas décadas” (p. 242); “un mal específico de la narrativa moderna con muchos verbos de acción” (p. 243).
En “Más afuera”, registra su odisea en la isla Masafuera, perteneciente al archipiélago Juan Fernández, en Chile. Su inusual travesía, plagada de epifanías de la Naturaleza, la realiza ansiando aislarse momentáneamente tras una agotadora campaña de promoción. Aprovecha su estancia para releer Robinson Crusoe, cuyo autor, Daniel Defoe, se inspiró en el marinero escocés Alexander Selkirk, por quien se le dio el nombre oficial a la isla.
Sobre Robinson Crusoe, afirma: “Una cosa curiosa (…) es que él, en veintiocho años en su isla de la Desesperación, jamás se aburre” (p. 55). “Nos dio el primer relato realista del individuo radicalmente aislado” (p. 62).
Esparcir cenizas de su entrañable amigo David Foster Wallace constituye otra motivación para él. Evoca a “esa lejanísima isla que era David”, y hace una de las más breves, adoloridas y hermosas semblanzas literarias de las que se tenga memoria: “yo quería a una persona mentalmente enferma (…) se quitó la vida, de un modo calculado para infligir el máximo dolor a quienes más lo querían, y nosotros, quienes lo queríamos, nos quedamos con una sensación de rabia y traición. De traición no sólo por el fracaso de nuestra inversión de tiempo y cariño, sino por la manera en que su suicidio lo apartó de nosotros y lo convirtió en una leyenda muy pública. (…) El establishment literario, que nunca había seleccionado siquiera uno de sus libros entre los candidatos a un premio nacional, ahora lo declaraba unánimemente un tesoro nacional perdido” (p. 48).

Franzen compara al personaje con su amigo: “Robinson es capaz de sobrevivir a su soledad porque tiene suerte; acepta su situación porque es una persona corriente y su isla es algo concreto. David, que era extraordinario y cuya isla era virtual, al final sólo tenía su propio Yo interesante como medio de supervivencia” (p. 56).
Se homenajea también a la Nobel de Literatura 2013, Alice Munro, quien ha sido definida por la Academia Sueca como “maestra del cuento corto contemporáneo”.
El ensayo “¿Cómo estás tan seguro de que no eres el Maligno?” resulta muy oportuno, dada la reciente concesión del premio a la llamada “Chéjov canadiense”.
Franzen la considera “Una remota proveedora de experiencias privadas intensamente placenteras” y busca “analizar por qué la excelencia de esta escritora es tan superior a su fama”.
Brinda razones como éstas: “Porque su obra se centra en el placer de contar una historia”; “Porque no pone a sus libros títulos grandilocuentes”;  “Porque, peor aún, sólo escribe cuentos”; “Porque sus cuentos son más difíciles de reseñar que los de otros autores”.
Resalta otra razón, sumamente irónica: “Porque la Academia Sueca mantiene una postura firme. Obviamente, la impresión en Estocolmo es que ya han recibido el Nobel de Literatura demasiados autores canadienses y demasiados autores que sólo escriben cuentos. ¡Todo tiene un límite!” (p. 308). Cabe aclarar que la primera edición de Más afuera es del año pasado.
Franzen reflexiona sobre el cuento, género en que Munro se ha especializado: “pese a la condición de Cenicienta al que se ve relegado (…) un alto porcentaje de la narrativa más apasionante escrita en los últimos veinticinco años han sido cuentos” (p. 310). “Me gustan los cuentos porque no dejan al autor espacio donde esconderse (…), porque se requiere la mejor forma de talento para inventar personajes y situaciones nuevos a la vez que se cuenta la misma historia una y otra vez” (p. 311); condición de la cual, según él, tampoco su admiradísima Munro se halla exenta.
“Leer a Munro me lleva a ese estado de reflexión tranquila en que pienso en mi propia vida: en las decisiones que he tomado, las cosas que he hecho y no he hecho, la clase de persona que soy, la perspectiva de la muerte. Ella es uno de los pocos escritores –algunos vivos, la mayoría muertos- que tengo en mente cuando digo que la narrativa es mi religión. Porque mientras me hallo inmerso en un cuento de Munro, estoy concediendo a un personaje imaginario el mismo respeto solemne y callado y el profundo interés que me concedo a mí en mis mejores momentos como ser humano” (pp. 313-314).
Coincido con Kirkus Reviews en que ésta es “una colección de ensayos de sólida elegancia y perspicacia, escritos con pasión y tocados por la pérdida”.
Elena Méndez

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Jonathan Franzen,
Más afuera
(título original: Farther Away),
traducción: Isabel Ferrer,
Col. Narrativa,
Ediciones Salamandra,
Barcelona, 2013,
352 pp.

http://www.homines.com/palabras/jonathan_franzen_mas_afuera/index.htm
 



quarta-feira, novembro 20, 2013

OLFATEAR RECUERDOS: AROMAS, DE PHILIPPE CLAUDEL

El olfato es el sentido con mayor capacidad de despertar recuerdos dormidos. A esto los científicos lo han denominado Fenómeno de Proust, en honor al literato francés Marcel Proust, cuyas magdalenas remojadas en té desataron las evocaciones de su protagonista en la novela En busca del tiempo perdido.
Los episodios vitales ligados a un olor producen recuerdos más vívidos que los asociados a otros estímulos. Por ello, el olfato y la memoria se hallan estrechamente relacionados.
Philippe Claudel (Dombasle-sur-Meurthe, 1962)  en su nuevo libro, Aromas (Salamandra, 2013) ha hecho una especie de brevísima enciclopedia de olores íntimamente ligados a su devenir existencial.
Para él, “Alinear nombres, oler sus sílabas, es escribir el gran poema del mundo y sus profundos deseos (…) Cada palabra trae al recuerdo un lugar y sus olores” (p. 158). 
Los 63 textos –mezcla de prosa poética, ensayo y crónica- aparecen dispuestos en orden alfabético. Ahí, comparte su muy particular Fenómeno de Proust, trazando una geografía olfativa, tanto de aromas, sutiles – “Acacia”, “Despertar”, “Sábanas limpias”-, como penetrantes -“Estiércol”, “Munster (un tipo de queso), “Urinarios” -que marcaron diversas experiencias en su vida.
En “Canela”, el autor relaciona esta cara especia con la Navidad,  donde ésta es una “Invitada exótica”, que brinda un gran sabor al Strudel de Manzana, con su “embriagadora música olfativa de invierno y fiesta, estupefaciente legal capaz de convertir en elegante y refinado hasta el dulce más francés, aportándole realmente la belleza de un ‘acento’ (p. 36)”.
En contraste, “Carroña”, si bien evoca descomposición y pestilencia, también tiene su encanto: “Flor insoportablemente extrema, la carroña es discreta, como si no se atreviera a mostrarse. (…) Lo viviente, avergonzado, se ha refugiado en la fetidez” (p. 45).
En “Col”, el autor afirma su gran voracidad por esta hortaliza, que posee “El olor de los condenados” (…) Es tenaz hasta en su ausencia (…) no es nadie (…) éste ese el motivo de que por mucho tiempo haya sido el alimento de quienes no eran nada y de que siga impregnándolos.” Y añade: “Espero seguir apestando a col mucho tiempo” (p. 52)
Uno de los textos más logrados es “Habitaciones de hotel”, de la cual expresa: “La habitación de hotel no tiene sexo. O, en todo caso, es hermafrodita (…) Es una puta que cierra los ojos y no besa. (…) se impregna de nuestros olores para engañarnos con mayor facilidad y luego se libra de ellos, como se libra de nosotros. Su verdadero olor es el de nuestra brevedad y nuestra inconsistencia (pp. 82-83)”.
Otro texto sublime es “Niña dormida”, donde registra las sensaciones que le produce contemplar a su hija mientras descansa: “Nada puede decirnos mejor lo que somos, o lo que fuimos, que el olor de la piel de una criatura que, entregada al sueño, descansa en su cama con la boca entreabierta, sin ningún miedo o temor (…) porque sabe que estamos cerca, muy cerca de ella, dispuestos a alejar las tinieblas, a disolverlas o, en caso contrario, a negarlas” (p. 107).
En “Sexo femenino”, Claudel se confiesa devoto del mismo: “Los dedos y los labios que se acercan a soñar en el sexo de las mujeres conservan largo, largo rato el recuerdo de su aroma, como si éste no quisiera morir, igual que nosotros, que tampoco queremos, salvo quizá entre sus muslos, como en el más hermoso de los sueños” (p. 135).
Los olores son, para el francés, “barcas a la deriva que nos mecen suavemente” (p. 157).
Gratos o infaustos, todos encierran una poesía secreta para él.
Observa con gran agudeza: “Nuestro mundo sueña con ser inodoro, es decir, inhumano (p. 151)”.  A lo cual se opone, recordándole al mundo que aun en lo putrefacto hay belleza, hay vida; como en “Cementerio”, de donde pueden surgir “efluvios de fuente silvestre” (p. 50).
Elena Méndez
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Philippe Claudel,
Aromas
(título original: Parfums),
traducción: José Antonio Soriano,
Col. Narrativa,
Ediciones Salamandra,
Barcelona, 2013,
160 pp.


 http://www.siempre.com.mx/2013/11/olfatear-recuerdos/

terça-feira, outubro 01, 2013

FRANZEN SOBRE WALLACE

"David (Foster Wallace) estaba enfermo, sí,  y en cierto sentido la historia de mi amistad con él es sencillamente que yo quería a una persona enferma. Después, la persona deprimida se quitó la vida, de un modo calculado para infligir el máximo dolor a aquellos que más lo querían, y nosotros, quienes lo queríamos, nos quedamos con una sensación de rabia y traición. De traición no sólo por el fracaso de nuestra inversión de afecto y cariño, sino por la manera en que su suicidio lo apartó de nosotros y lo convirtió en una leyenda muy pública. Gente que jamás había leído su obra ni había oído hablar de él leyó en el Wall Street Journal su discurso para la ceremonia de graduación en el Kenyon College y lloró la pérdida de un ser magnífico y tierno. El establishment literario, que nunca había seleccionado siquiera uno de sus libros entre los candidatos a un premio nacional, ahora lo declaraba unánimemente un tesoro nacional perdido. Claro que era un tesoro nacional, y como escritor no "pertenecía" menos a sus lectores que a mí. Pero si uno sabía que su personalidad real era más compleja e incierta de lo que se creía, y si también sabía que era más "querible" -más divertido, más bobalicón, más necesitado, más conmovedoramente en guerra con sus demonios, más perdido, más infantilmente transparente en sus mentiras e incoherencia-que el artista/santo benévolo y moralmente clarividente en que lo habían convertido, seguía siendo difícil no sentirse dolido por la parte de él que había elegido la adulación de los desconocidos antes que el amor de sus seres más cercanos".
"Más afuera" -fragmento- en  Jonathan Franzen, Más afuera (Título original: Further Away), Traducción: Isabel Ferrer, Col. Narrativa, Ediciones Salamandra, Barcelona, 2013, p. 48.

quinta-feira, agosto 22, 2013

PIZARNIK



Tus versos taciturnos
cortaban el aire.
Arrancaste la camisa de fuerza
con alas tan feroces
como tu canto adolorido.
Dormiste para siempre
tu rabiosa locura,
empuñando el remedio
en tu mano diminuta.

Elena Méndez

 http://letrarte.gob.mx/2013/08/pizarnik/






































quinta-feira, agosto 08, 2013

HAY QUE TENER MALA ORTOGRAFÍA


En Francia están dispuestos a reformar la ortografía, informan. No se trata esta vez del capricho personal y aislado de un escritor, sino de una iniciativa propuesta al Consejo Nacional de Educación por el propio ministro del ramo. Hasta ahora, las reformas ortográficas las habían hecho los autores revolucionarios, para uso de sus seguidores. Se han escrito libros sin mayúsculas, poemas donde la ge ha sido reemplazada por la jota, supresión definitiva de la hache y, en fin, todos los etcéteras que son posibles en los dilatados y confusos territorios de la ortografía. Quienes se tomaban la libertad de esas reformas, creían con ello dejarlo todo resuelto, incluso sus propios complejos. La cuestión no pasaba de allí.
Como ahora la reforma tiene carácter oficial, no sería apropiado decir que se trata de una revolución. Pero de todos modos es una medida que puede originar una grave catástrofe en el sistema nervioso de los franceses. La ortogradía, en cualquier idioma, es una cosa emocionante. Mientras "vendaval" se escriba como lo disponen las reglas vigentes, el hecho de enfrentarse a la palabra tendrá en todos los casos el carácter de una alucinante aventura. Yo creo que los inconvenientes ortográficos estimulan el sistema nervioso, despiertan el proceso digestivo y hacen de la vida algo que realmente merece vivirse, aunque sea por la sencilla emoción de saber y comprobar a cada instante que toda palabra tiene un intrincado misterio. Mientras más indescifrables y confusos sean los preceptos ortográficos, mejores oportunidades tendrá el hombre de ejercitar sus instintos y de poner en práctica constante y fecunda sus maravillosos residuos de irracionalidad.
Las disposiciones ortográficas no se inventaron para que el hombre escribiera correctamente, sino para que pudieran existir los errores de ortografía. Sin ellos, escribir no implicaría ningún sobresalto. Y las cartas de las mujeres no tendrían nada de particular.
Confieso una especial predilección por la hache. Parece que es la letra más combatida, denigrada e injustificada del alfabeto castellano. Sin embargo, y acaso por eso mismo, es preciso convenir en que la hache es la única letra con personalidad. Suprimirla sería una medida absurda, un disparate legal. Lo único que yo admitiría en relación con ella es que se permita a cada quien colocarla donde le venga en gana, con la seguridad de que la hache sobrevivirá a esa experiencia.
El error hasta ahora, ha consistido en que se consulte, para la utilización de la hache, el punto de vista de los académicos. Lo que hay que consultar es el punto de vista de la hache. Cuando se rompan las reglas actuales y se ponga a disposición de los escritores una ortografía a base de puros presagios, estoy seguro de que la hache, con todo y que parece no servir para nada, aparecerá en cualquier parte, como compensación a sus ausencias en los lugares clásicos. Saltaría entonces, como la liebre del refrán, en donde menos se la espera, como en ese prodigioso cartel que constituye un victorioso testimonio de la superioridad de la hache sobre los recursos humanos: "Se asen flores hartificiales".
Pero si a pesar de todo ha de reformarse la ortografía, no parece lo más indicado hacerle modificaciones y supresiones a la actual. Eso sería crear una serie de reglas nuevas que contribuirían a confundir tanto a quienes ignoramos las actuales, como a esos seres extraños, un tanto interplanetarios que dicen conocerlas. Lo que se necesita es la anarquía. Que cada escritor disponga del inusitado privilegio de ser leal a sus corazonadas. Eso sería autorizar al hombre para que regrese legalmente a la infancia.

Septiembre de 1952

Gabriel García Márquez

quinta-feira, agosto 01, 2013

LA MALICIA DEL MUEBLE

¡Oh, gustosa continuidad! Cuando se vive en trato constante con la pluma, la sola armonía de la vida comunica al trabajo del escritor una coherencia más legítima que la de los sistemas artificialmente buscados  y -sin remedio-siempre algo "traídos de los cabellos". Hace muchos años yo hablaba de la insistencia con que ciertos humildes objetos -los cuellos viejos, las navajitas de afeitar- parecen pegarse a nuestra vida. Les llamé los objetos moscas.
He aquí: ahora se me ofrece delatar otro mal de las materialidades que nos rodean. He aquí que los muebles, testigos mudos de nuestro existir, adquieren poco a poco, a fuerza de vernos y de palparnos o de sentirse palpados por nosotros, una manera de muda y sigilosa conciencia. Animales estáticos y, al parecer, enteramente pasivos, nos acechan, y nos van envolviendo en una baba invisible de intenciones. Como al fin son nuestros esclavos, las intenciones son vengativas: hay en los muebles una rebeldía expectante, una paz armada, una actitud de guerra fría, para decirlo en la lengua de nuestro tiempo. Y en ocasiones, allá cada vez que se atreven y confían en no ser descubiertos, nos lanzan un zarpazo oscuro.
Si se cae el lápiz, ya se sabe, es inevitable: la comodita se las arregla para hacerlo rodar, atraerlo, metérselo atrás o debajo (guardárselo en el seno al modo de las cortesanas), de forma que no podamos encontrarlo. Los plúteos dejan caer los papeles hasta el fondo del escritorio. Al "Fulgencio Tapiro", de Anatole France se le derraman las papeletas por toda la estancia como una cascada de primavera. El libro que nos está haciendo falta se esconde, subrepticio, entre sus semejantes, que "juegan de codos", para disimularlo. Cuando la señora busca una aguja, pide al destino un alfiler, y al contrario, porque el destino nunca da exactamente lo que de él se espera. No hay pata de la mesa que pueda atreverse a decir (o es una descarada embustera): "Nunca te he pegado en las espinillas". ¡Qué pocos sillones podrán jactarse de no habernos estorbado el paso! ¡Qué pocos cajones, que pocos agarraderos, de no habérsenos enganchado en el bolsillo cada vez que les es posible, con el manifiesto propósito de desgarrarnos la prenda! Y ya he contado (Los siete sobre Deva) de las butacas que se tragan las tijeritas y los dedales y los aprisionan en los forros. La tinta de la estilográfica se agota precisamente a la hora de la inspiración. O sobreviene el corto circuito al tiempo de hundir el bisturí. La portezuela del auto nos agarra los dedos. El velo prendido al vehículo y que estranguló a Isadora Duncan lo hizo de propósito, según las últimas investigaciones. Al Conde de Esteban Collantes se le saltó la botonadura de los pantalones -y fue de intento- cuando pronunciaba un ardoroso discurso en la Cámara de los Diputados de Madrid, de donde la gente dio en llamarlo "estaban colgantes" (así como a sus hijas, que vestían, a la moda vieja, "estaban como antes"). La tetera se desfonda de pronto, y siempre a la hora crítica de servir el té a los amigos. El estoque salta en el descabello, y clava de arriba abajo al más inocente de los espectadores. "Don Quijote" -sabio entre todos- prefirió la fe a la comprobación y, advertido por el ensayo anterior, no quiso pulsar por segunda vez la resistencia de la celada que tan trabajosamente se fabricó, así como el que cierra los ojos a los posibles desmanes de su amada y sigue entregándole su confianza. Y no hace otra el que compra una vajilla irrompible y, conocedor de la ironía de estos enseres, prefiere recomendar que nadie los toque. El cilindrero se queda con el manubrio en la mano a la hora más sentimental de Agustín Lara; y al galanteador le suena el teléfono a deshora. El ratero tal vez se dejó la protectora alpargata -el pie de gato del ladrón que decía el inmortal don Benito- y sucede que los zapatos le rechinan, porque tampoco se acordó de pagarlos. 
El ascensor (vulgo "elevador") se desploma cuando lo acaban de aceitar. La máquina de escribir se atranca como mula en lo más florido del cuento. 
Aquella mecedora nos tiene locos: ha dado en balancearse sola...
Y así, en inacabable desfile, la imperceptible rechifla, la quieta burla, la malicia de los muebles que fingen -sin embargo- ser nuestros más fieles amigos.

13 de diciembre de 1959
Alfonso Reyes

quinta-feira, julho 18, 2013

ENIGMA DESCIFRADO: LA BANDIDA, DE MAGDALENA GONZÁLEZ GÁMEZ



Graciela Olmos, La Bandida, fue revolucionaria y contrabandista, compositora y proxeneta. Supo muy pronto lo que era la orfandad y la viudez, vivir a salto de mata, convertirse en el poder tras el trono.
Magdalena González Gámez, periodista y editora, debuta como novelista con La Bandida (Grijalbo, 2012), realiza una magnífica recreación de este personaje complejo y fascinante, que sorteaba las situaciones-límite que tanto abundarían en su vida con gran aplomo.
Marina Aedo –nombre real de La Bandida- nació en Ciudad Juárez, en 1895. Hija del caporal Tarsicio Aedo, quien se alió junto con otros colonos militares para protestar contra los terratenientes de la región,  desde pequeña “(…) parecía estar por encima de la preocupación y el achicopalamiento perpetuo de muchas mujeres (…), muy segura de que tomar las armas era la única solución.” (p. 13), lo cual no ocurriría sino después de su trágica orfandad.
Se salva del hambre gracias a una dama española, quien luego se deshace de ella enviándola a un hospicio. En esa vorágine de pérdidas e incertidumbre, soledad e infamia, pierde el contacto con su hermano menor, Benjamín –a quien reencontrará andando el tiempo-.
Absorta en rudas faenas domésticas, conoce a José Hernández, un villista que la hace “una hembra de verdad”; atípico por caballeroso y devoto, que la toma por esposa.
Evocará, ya vieja, su primera vez: “Sentí que su contacto borraba el sello de la muerte”, “una sensación en mi piel como de estar toda rociada de miel con leche tibia” (p. 61).
Su trajinar en la bola le haría despojarse de toda inocencia, al percatarse de las feroces divisiones internas de la Revolución.
La pérdida de su amado José la deja nuevamente sola en un mundo hostil, donde recurre a la prostitución para sobrevivir, aguzando el oído y refinando sus tácticas seductoras, utilizando indistintamente sus contactos villistas y carrancistas. Es ahí donde la vida de la todavía Marina da otro giro inesperado: ingresa al contrabando al entablar nexos nada menos que con Al Capone, en plenos años veinte, desafiando la Ley Seca norteamericana, época en que adoptaría como seudónimo perenne el nombre de la suegra del general villista Francisco Rodríguez: Graciela Olmos.
Pero sería otro general –llamado aquí ‘Mesías’- quien le propondría el negocio de su vida: establecer un burdel de lujo, “un lugar de confianza, limpio, muy elegante, donde podamos ir a hablar de asuntos delicados, con un casino a la mano; beber un poco de vino y disfrutar de una compañía suave y discreta que alegre la vida” (p. 140).
Ahí, en su casona de la Roma, Graciela le compondría corridos a los tapados, y la selecta clientela se embriagaría entre sexo y delirantes intrigas.
Adicta y asexual para capotear la imparable bohemia y las exigencias del negocio, mientras olvidaba su esencia femenina, La Bandida se revela en todos sus matices.
Piadosa y férrea, discreta y malhablada, ella misma prepara a sus chicas mediante curiosas ‘conferencias matronales’, donde les revela su odisea vital: “empeñé tanto esfuerzo en defenderme, que decidí hacerme justicia antes de que me mataran” (p. 97)
Entre complots de pesados y líos sentimentales de sus discípulas, momentos jocosos y otros de franco terror, la Bandida intenta permanecer imperturbable y granjearse al enemigo, cosa que no siempre logra. Al caer en desgracia con Tata Lázaro, debe mudarse al mítico hotel Regis, desde donde seguiría su labor, para luego volver por sus fueros durante la administración avilacamachista.
Graciela-Marina-Bandida se convirtió en leyenda viva, reverenciada y denostada.
Era capaz de expresiones tan sublimes como en los versos de su nostálgico bolero “La enramada”: “Como ave errante viviré/ buscando alivio a mi dolor/ con la añoranza de tu amor/ yo moriré”.
Como efectivamente, murió añorando a su José, consciente de necesitar “el perdón por toda la eternidad” (p. 235).

Elena Méndez

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Magdalena González Gámez,

La Bandida,
Grijalbo, 2012,
México, 240 pp.

http://www.siempre.com.mx/2013/07/enigma-descifrado/