domingo, setembro 16, 2012

RITUALIZAR EL DESEO




Ana Clavel (Ciudad de México, 1961) es la más notable narradora mexicana actual. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen –en la categoría de Cuento- en 1991, por su libro Amorosos de atar; y el Premio de Novela Corta Juan Rulfo, otorgado por Radio Francia Internacional, en el 2005, con Las violetas son flores del deseo.
Sus relatos han sido traducidos al inglés, portugués, italiano, árabe, húngaro y alemán.
Este año, Clavel ofrece a sus lectores Amor y otros suicidios, un inquietante volumen de cuentos publicado por Ediciones B.
En él, se recopila el trabajo de tres décadas en dicho género. La mayoría de los textos han aparecido en antologías, aunque también se incluyen inéditos.
La autora transita de la minificción al cuento de largo aliento, con tramas donde predomina la temática amorosa y sus insospechados vericuetos, que en ocasiones tornan fantástica la historia.
De este apasionante volumen, que aspira a contribuir a una renovada “ritualización del deseo” en la sociedad, se habla en la siguiente entrevista.

-Creo detectar en su libro varias constantes. Una de ellas sería la homosexualidad encubierta, como en los relatos “Tu bella boca rojo carmesí”, “Su verdadero amor” y “Cuando María mire el mar”. ¿Por qué el interés en dicha temática?
Siempre me ha preocupado una suerte de mirada oblicua que permita mostrar otros entretelones de las relaciones más entrañadas, aunque no forzosamente sean entre parejas. Creo que el amor es un ingrediente constante en las relaciones humanas y no forzosamente tiene que estar relacionado con la sexualidad.
En el caso del primer cuento, más que un homosexual agazapado, es en realidad un travesti. La historia está basada en un amigo heterosexual al que le gustaba vestirse de mujer y que no obstante, no era homosexual. Había una fascinación y un placer en la imitación de la madre e imaginarse deseado por los otros… Y lo veías y era guapísimo. Es una cuestión gozosa de disfrutarte en otras posibilidades, sin tener que llevar al límite las cosas. En el caso del personaje, no sabemos más que ese acto de travestimiento.
En el segundo, no hay nada que pruebe que en realidad “se consumó el delito…”. Ese cuento es un homenaje a García Márquez, un mundo rural, donde los valores y cargas morales son muy marcadas, el sentido del honor puede llevar al asesinato, como en Crónica de una muerte anunciada.
Va dedicado a la señora Reyna Velázquez, porque en realidad ella fue quien me contó esa historia. Ella es la madre de un amigo. Esa historia sucedió en Veracruz, el núcleo, de que habían desposado a la más bonita y a la hora de la hora lo suplanta el otro amor…
Y respecto al tercero, en que se suscita una experiencia lésbica entre María, la mujer embarazada, y su amiga… Yo tengo un hijo de 22 años, Pablo, y cuando estaba embarazada, sentía un estallido hormonal; te tocan la piel y casi tienes un orgasmo. Me pareció interesante que en un momento, recordando esta idea de Freud, pertenecemos a un universo de bisexualidad hasta que se nos imponen reguladores sociales.  
En Cuerpo náufrago, mi novela sobre metamorfosis del género, yo planteaba, cuando Antonia –la protagonista- se vuelve hombre y se relaciona primero con un hombre y después con una mujer: “Bueno, ¿y quién es solamente hombre en el cuerpo de un hombre y quién es solamente mujer en el cuerpo de una mujer?” aludiendo, precisamente, a que más allá de la armadura corpórea que te puede constreñir, hay más apetencias; marejadas que te llevan más allá de ti mismo. Y en ese sentido sí hubo una indagación para percatarse de que de pronto la identidad no es un traje hecho sobre medida, sino que tiene que ver más bien con lo que en un momento determinado te habita a nivel del deseo. El deseo es el que te da la identidad.
-Otro leitmotiv presente en su obra es el re-descubrimiento del placer, como en “Después del paraíso”…

No me resulta tan importante la cuestión de re-descubrir el placer, cuanto la posibilidad de abrirte a tu deseo, no obstante todas las cárceles de la razón, de lo social, que pueden impedirte acercarte a él.
En ese cuento, a través de un motivo sencillísimo, como es el de encontrarse un globo azul en la calle, se da con la metáfora de lo que ha ido perdiendo el personaje. Y de pronto eso coincide con la llamada del primo, para que ella se abra a un deseo largamente añorado y postergado. Por eso ella no sabe qué va a pasar después… 

-¿Debido a qué se relaciona en estos cuentos el anhelo de salir de la rutina mediante la transgresión –por citar alguno, “En un vagón del metro Utopía”-?

Es como una necesidad de encontrar esos momentos para romper el infierno de la repetición y encontrar un camino auténtico para los personajes. Creo que eso, como seres humanos, nos hace falta, porque estamos inmersos en un oleaje de apariencias, del deber ser, que nos perdemos del ser auténtico.

-Me parece que la influencia cortazariana en usted resulta evidente cuando aborda el tópico de la otredad, como en “Una advertencia y tres mensajes en el mismo correo…”

Cortázar es un autor al que yo reverencio. Me parece un portento en sus historias, su sutileza, su capacidad de juego, en esas alteridades. Es tan inteligente y a la vez tan poético… lo empecé a leer a los 18 años y no lo he soltado. ¡Ojalá tenga influencia de Cortázar!

-¿Cómo surge esa especie de ‘travestismo literario’ al asumir una voz narrativa varonil -pienso, por ejemplo, en “Ramillete de violetas”, germen de su aclamada novela Las violetas son flores del deseo-?

El asunto de la voz travestida en primera persona es un reto al que como escritor debes aventarte, porque trabajas en terrenos de imaginación, y si tienes un personaje en una situación dada, te interesa encarnarlo hasta las últimas consecuencias. Y una de las maneras de encarnarlo es la primera persona narrativa. 

-¿Cómo se manifestaría en su literatura la influencia de la extinta narradora sinaloense Inés Arredondo?

Una de las lecturas que más me impresionaron cuando yo estaba en la carrera, fue el libro de cuentos de La señal. “Estío” fue el que más me marcó.
Lo de Inés Arredondo no me lo pasó ningún maestro, sino mi amigo que se travestía.  Había un puesto afuera de la Facultad de Letras y me dijo: “Mira, esa escritora es muy buena…”
En “Estío” hay una capacidad de hurgar en la sensibilidad y en el alma del personaje que a mí me dejó trastornada. De hecho, si me pongo a pensarlo, mucho de lo que yo hago fue por esa lectura inicial.
Me interesa de Arredondo cómo se abre a los deseos de los personajes, porque en realidad no sé qué tan transgresora llega a ser ella, pero ella revela esos mundos.  
Me parece importante que ahí se plantee la posibilidad y asumas las consecuencias de llevarla a cabo o no. En el caso de la protagonista, sí se lo plantea, se abre a su deseo. Y de pronto decide que no lo quiere llevar a cabo  por las razones que tiene. Eso también pasa con Julián, mi personaje de Las violetas -el padre de la niña-. Él se abre a su deseo en los terrenos de la imaginación, de la fantasía y de la sublimación, que son las muñecas. Pero no consuma su deseo. Entonces no es tanto la transgresión en sí, sino lo que en un momento dado estás dispuesto a enfrentar. En el momento en que tú te enfrentas, aceptas y decides sobre tus deseos, entonces te liberas, aunque no los consumas. El personaje decide desde sus limitaciones y prejuicios, pero eso lo convierte en un ser más libre y más pleno.
Eso se relaciona con la llamada “ritualización del deseo”… los rituales de Dionisio. En vez de pasártela en la transgresión todo el tiempo, lo haces sólo en los momentos simbólicos. Ese sentido de “ritualización del deseo” lo hemos perdido… La aspiración de ponernos muy puritanos no tiene que ver con las pulsiones que están detrás. Y hay muchas complejidades que no se pueden quitar. Por eso hay crímenes tan violentos, porque a nivel social no hay manera de escape.
Si en un momento dado, uno pudiera pensar a propósito de las intenciones de armar estos cuentos, lo que me atraería sería mostrar a través de ellos la posibilidad de la imaginación, de una búsqueda más personal, de una “ritualización del deseo” más auténtica. No generalizada, no estandarizada por los medios ni por los grandes monopolios…
He descubierto que en la indagación del deseo que realiza Arredondo, se origina la manera en que trabajo el erotismo, en cuanto al conocimiento de los personajes y su relación con el mundo.

Elena Méndez