quinta-feira, janeiro 19, 2012

LA INTRIGANTE MONOTONÍA


Geney Beltrán Félix (Culiacán, 1976) es un editor, escritor y crítico literario ya destacado en el medio intelectual mexicano pese a su juventud. Recién ha publicado su novela Cartas ajenas (Ediciones B, 2011), una intrigante historia que alberga en su interior otras historias. En ella, Marioralio Espósito, empleado postal, decide, para romper un poco la monotonía de su existencia, secuestrar misivas para inmiscuirse en la vida de los remitentes y destinatarios. Así, atestiguará la pérdida, el dolor, la obsesión amorosa, el odio, la locura y la muerte. Y a descubrir una parte de su pasado que jamás imaginó dilucidar siquiera. Todo ello lo hará enrolarse en una misión revolucionaria de la cual resultará difícil salir indemne.

De este libro, pletórico de encuentros con la mezquindad del destino, hablamos en esta entrevista.

-¿Por qué escribir sobre un personaje que ejerce un oficio ya en desuso, el de empleado postal, y no sobre un hácker, por ejemplo, que sería su equivalente contemporáneo en cuanto al hurto de información confidencial?

Quiero hablar oblicuamente sobre nuestro tiempo. Ser deliberadamente pasatista provoca un extrañamiento en el lector: permite relatar el presente como si estuviera compuesto de hechos pretéritos y, al mismo tiempo, sugiere el desafío de que el pasado sigue vivo en eso que creemos lo más actual. Es decir, mucha gente sigue usando el correo tradicional porque se encuentra en los márgenes del avance tecnológico. Muchos tiempos conviven en nuestro presente.

-El protagonista de esta historia, Marioralio Espósito, ¿sufre algún transtorno mental o únicamente se halla afectado por su soledad?

Desde el principio quise plantearme cómo volver verosímil un “personaje imposible”. La condición de Marioralio es la insensibilidad. Es una forma extrema de psicópata: alguien que no se conmueve ni por sus propias desventuras. Parece un tipo humano cada vez más probable para el futuro de la especie. Él no se interesa en nadie más porque no se interesa en sí mismo. No puede asumir a los demás como personas porque es un extranjero de su propio cuerpo. Sin embargo, el desafío que enfrenta es que las personas que escriben cartas lo transforman, y lo llevan al extremo opuesto: el mesianismo, otra forma de actuar como psicópata. Quien busca redimir a la humanidad no tiene el menor interés en la gente de carne y hueso.

-El que Marioralio se relacione fugazmente con la cartera Beata María –que tiene premoniciones de muerte- ¿estaría vinculado con la irremediable perdición de él?

Beata María es una vidente peculiar. Tiene la capacidad, que algunas personas reales experimentan, de advertir el futuro. Su vinculación con Marioralio, más allá del seudoenamoramiento, tiene que ver en efecto con heredarle esa intuición: Marioralio cree ver lo que vendrá, cuando visita la playa.

-La pérdida de la mano derecha de su protagonista, ¿vendría siendo una metáfora de la inutilidad de éste?

Cuando empecé la novela, no sabía qué significaba que Marioralio perdiera la mano. Tuve esa imagen: Marioralio al entrar en la oficina postal, después de sus vacaciones. De hecho, de ahí empezó todo en mi escritura de esta novela. Aún hoy no sé qué significa. Por otros textos narrativos que he escrito, creo tener cierta obsesión con las amputaciones. Acaso en una vida anterior perdí una mano o una pierna.

-¿Por qué resulta frustrada la revancha de Marioralio, que desea vengar su existencia miserable?

Porque es mayor el desencanto a la furia. Por más que en la población mexicana haya un gran hartazgo ante la injusticia y la desigualdad, y por más que haya quienes sueñen con una nueva revolución, eso no va a pasar. Este país parece haber perdido totalmente su energía, su capacidad de movimiento. El pesimismo es una enfermedad nacional.

-Me parece que los nombres de sus personajes son muy garcíamarquianos: Marioralio, Lauro Gumersindo, Beata María, Daniel Abigeo…

Yo tengo un nombre muy raro. Ponerle así a mis personajes es una venganza. O realmente no: cada personaje llega con su nombre. Al momento de imaginarlo, ya trae el nombre consigo. Yo respeto su condición. ¿De dónde vienen? Eso no lo tengo claro.

-Creo ver cierta influencia de Daniel Sada, específicamente en cuanto al uso del lenguaje…

En efecto. Hay algunos pasajes que son pastiches de textos de Daniel Sada. Y debo decir que no es el único. Sada pertenece a una familia de estilistas a la que yo buscaría afiliarme: Felisberto Hernández, Joao Guimaraes Rosa, António Lobo Antunes, Italo Svevo, Herman Melville, Lino Novás Calvo, etcétera. Estilísticamente la búsqueda consiste en hacer “extraña” la lengua, como si se tratara de un hecho desvinculado de la realidad.

-¿Por qué acudir a recursos estilísticos propios del siglo XIX- apelaciones al lector, intervención del narrador, etc.-?

Quiero lograr una fusión entre el pasado y el presente, entre lo más contemporáneo y lo más (pretendidamente) pasatista, entre lo moderno y lo posmoderno. Esta es una novela muy geminiana en ese sentido. Además, hay otra figura literaria que estuvo muy presente en mis lecturas cuando empecé la novela: Macedonio Fernández, enemigo jurado de la novela realista decimonónica. Digamos que Cartas ajenas busca la reconciliación entre Balzac y Macedonio: conjugar al realista con el vanguardista, al verosímil con el metaliterario. Creo que la mejor manera de ser posmodernos consiste en no renunciar a las riquezas de nuestra condición previa de modernos.

Elena Méndez


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FOTO: Franc Ross

http://letrarteforca.blogspot.com/2011/11/la-intrigante-monotonia-entrevista.html


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