domingo, dezembro 02, 2012

BRINDIS POR SOBREVIVIR: LA CIUDAD QUE EL DIABLO SE LLEVÓ, DE DAVID TOSCANA


David Toscana (Monterrey, 1961) es un escritor obsesionado con el tedio, el fracaso, la muerte, la soledad, la desmitificación de la Historia, el absurdo de la existencia. Temas, sin embargo, sobre los que escribe con gran sentido del humor y cierta dosis de ternura, porque sus personajes siempre tienen un aire quijotesco: héroes condenados a la derrota por un mundo hostil que no comprende su aparente locura.
Desde hace algunos años, el autor radica en Polonia, donde ubica su más reciente novela, La ciudad que el diablo se llevó (Alfaguara, 2012).
Polonia fue devastada durante la Segunda Guerra Mundial, al ser ocupada por los alemanes. En Varsovia, su capital, cuatro nativos festejan la dicha de estar vivos. El grupo no podría ser más singular: “tres hombres arriba de sesenta años y uno con pocos recursos físicos” (p. 11).
Ellos son Ludwik, el sepulturero que cuenta leyendas truculentas sobre los cuerpos que pueblan el cementerio; Kazimierz, un desempleado a quien le falta un dedo de la mano; Eugeniusz, sacerdote que disfruta de embriagarse y asegura tener el poder de resucitar.
Feliks, el cuarto, posee un engañoso aspecto infantil. Es dueño de la llamada “tienda de rapiña”, donde ofrece artículos de lujo que pertenecieron a gente ya fallecida. Él salva a sus futuros amigos al “secuestrar” un tranvía para escapar de un destino cruel.
Tras su acción heroica, los amigos se reúnen en edificios abandonados, cafés decadentes o el propio camposanto donde trabaja Ludwik, a beber vodka, hablar de milagros, de las rarezas que esconden los cadáveres –como la señora Majkowska, quien antes de morir pide al enterrador que la reúna con un capitán militar, fallecido muy joven-.
En aquella Varsovia “extinta y endemoniada”, infamada por los guetos, asolada por la carestía, la incertidumbre y el dolor, Feliks exclama: "En esta ciudad hay que celebrar cada día que se está vivo. Aquí no se llora a los muertos; se aclama a los vivos"(p. 16).
Feliks es apresado y sus bienes son decomisados; pisoteado en su dignidad al verse forzado a delatar al capitán Bojarski, único amigo que hizo durante su encierro, que disfrutaba de contar cuentos tanto como él, para poder quedar libre.
La ruina convoca a un interminable despojar y ser despojado: un novelista hurta la máquina de escribir de la tienda de Feliks; Kazimierz vive en un departamento vacío del que se apropia; Marianka, la enfermera que es su pareja, tiene fama de mutilar miembros innecesariamente, como al parecer hizo con el barbero pata de palo que entabla una fugaz amistad con la camarilla.
En estas páginas rondan presencias ausentes: La nostalgia por el manuscrito extraviado del novelista; las leyendas que Kazimierz se inventa sobre un par de niñas –probablemente judías-, a quienes llama Kasia y Gosia, que aparecen en la fotografía familiar del departamento que él invadió; Piotr, el soldado a quien amaba la enfermera; y hasta el corazón de Chopin, rudimentariamente preservado.
La imaginación es la manera en que estos hombres tan singulares intentan paliar el miedo: Eugeniusz sueña convertirse en San Eugenio de Varsovia; Feliks intenta conjurar, mediante cuentos fantásticos, la apariencia decrépita de su mujer; Kazimierz le obsequia una mano de cadáver a su novia; Ludwik se refugia entre sus muertos.
“Habían sobrevivido a una ejecución, a bombardeos. Guerras, epidemias y prisión. A la viruela. Al correr de los tranvías. A las espinas de pescado. A las balas perdidas. Al paso de los años. A la mano de dios y los caprichos del diablo. A los maridos celosos. A las amantes burladas. A las aguas del Vístula. A las tentaciones del suicidio. A que los confundieran con judíos. Al tétanos y la meningitis. A la próstata y los asesinos. Habían sobrevivido a la ciudad capital de la muerte” (p. 259); razón de sobra para considerarse inmortales; para hacer un brindis por sobrevivir.

Elena Méndez
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David Toscana,
La ciudad que el diablo se llevó,
Alfaguara,
México, 2012, 
264 pp.

http://www.siempre.com.mx/2012/12/brindis-por-sobrevivir/

DESCIFRAR EL PORVENIR: BREVE HISTORIA DEL FUTURO, DE PEDRO PANIAGUA


Predecir el futuro ha intrigado a la humanidad a lo largo de su historia. Entre los gremios más interesados por descifrar el porvenir se encuentran los literatos y los científicos.
Pedro Paniagua (Madrid, 1958), catedrático de la Universidad Complutense y reconocido periodista, ha publicado el ensayo Breve historia del futuro (Taurus, 2012), donde repasa –sin afán exhaustivo-, los vaticinios de diversas mitologías, novelas de anticipación y el logro de avances tecnológicos inimaginables para el profano.
Entre los textos literarios antiguos con más presagios se halla la Biblia, en particular por la oniromancia (interpretación de sueños), sobre todo en el Antiguo Testamento.
Basándose en Dunne –estudioso de la precognición-, el autor aclara que en el texto sagrado: “No debe sorprendernos la abundancia de visiones de futuro debidas a los sueños, pues (…)  la falta de rutina en cuanto al lugar donde dormir facilita ese tipo de presagios. Y no hay que olvidar que el judío ha sido siempre, y más en aquella época, un pueblo errante” (p. 22).
Para Sócrates la demencia profética era un regalo divino. “El futuro en Grecia (…) vendría de la mano de un estado enajenado del alma” (p. 42).
Pero, ¿por qué las deidades no realizan predicciones en forma literal? Se explica: “(…) la razón quizá radique en que el futuro no esté en lo dicho (…) sino en el proceso de descubrir su sentido (…)” (p. 43).
Cicerón, en su tratado Sobre la adivinación, distinguía dos tipos de ésta: los auspicios y los augurios. Los primeros eran “consultas que se hacían a los dioses para pedir su conformidad sobre una acción que se realiza en una fecha determinada”. Mientras que los segundos “no estaban sometidos a fecha. Entre las señales tuvieron singular importancia las que procedían de animales y dentro de éstas (…) las que procedían de la bestia mántica por excelencia, la serpiente” (pp. 82-83).
Para el filósofo romano, la adivinación equiparaba a los mortales con las divinidades. Asimismo, consideraba que todos los pueblos  creían en manifestaciones del futuro y que los más eminentes pensadores confiaban en algún método adivinatorio.
Quevedo entendía la muerte como el único destino cierto que nos espera y que por ende no debemos temer. Con gran lucidez, hace hablar a la propia muerte, definiéndose: “(…) lo que llamáis morir es empezar a morir y lo que llamáis vivir es morir viviendo (…)” (p. 137).     
Dentro de la ciencia ficción, Frankestein de Mary Shelley es considerado un parteaguas, por  “inaugurar una serie de libros en los que la preocupación por el futuro, desde un punto de vista exclusivamente literario y sin olvidar su tono fantástico, presenta cierto afán de verosimilitud” (p. 150).
Otra novela fundamental para el género es Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, donde “los seres humanos son meros números, o números acompañados por una letra, que es normalmente por la que son llamados en la novela por el protagonista” (p. 259). Esta obra fue vetada hasta 1988 en la Unión Soviética. En esta antiutopía “los sueños son una enfermedad psicológica muy grave” (p. 261).  El pretender aniquilar la capacidad imaginativa resulta básico en un Estado represor.
La interrelación de literatura y ciencia es sorprendente, no sólo por la creación de adelantos tecnológicos, como naves espaciales y robots, que la primera previó: “la ciencia (…) ha llegado a plantear incluso la posibilidad de que todo el universo no sea sino un holograma, como La invención de Morel, pero a escala gigantesca” (p. 350).

¿Y qué dice la ciencia de nuestro afán de predecir? Según Paniagua, “(…) con la mecánica cuántica (…) quien predice algo está acertando sólo por apuntar una probabilidad. Que el estudio final coincida con el pronóstico es irrelevante porque para empezar no hay un pronóstico concreto” (p. 392). Aun así, ¡qué interesante es indagar en el futuro!
Elena Méndez

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Pedro Paniagua,

Breve historia del futuro,

Col. Pensamiento,
Editorial Taurus,
México, 2012,
408 pp.
 

http://www.siempre.com.mx/2012/11/descifrar-el-porvenir/

segunda-feira, novembro 12, 2012

INSTANTES ETERNOS: RETRATOS EN EL TIEMPO, DE CARLOS FUENTES Y CARLOS FUENTES LEMUS



Carlos Fuentes no sólo fue un gran escritor y un acertado diplomático, sino también alguien que sabía valorar la amistad. El respeto, la mutua admiración y la complicidad creativa con sus afectos resultan un deleite para el lector que acude a las páginas de Retratos en el tiempo (Alfaguara, 2012), libro de semblanzas, hecho en colaboración con su hijo Carlos Fuentes Lemus, malogrado joven cuyo talento artístico abarcaba la poesía, la pintura y la fotografía.
El volumen, que se publicó originalmente en 1998, posee un formato similar al de los catálogos de arte. Contiene 25 semblanzas de personajes célebres, retratados espléndidamente en blanco y negro entre 1988 y 1992.
Tomás Eloy Martínez asevera en su elogioso prólogo: “(…) el padre y el hijo repiten la realidad cada cual a su manera, recuperan ese pasado-en-sí con el que tanto soñaba Proust, y convierten la experiencia fugaz de tener este libro entre las manos en una ceremonia inolvidable, hecha de amor, de felicidad y belleza” (p. 15).
La semblanza inaugural es la dedicada a Gabriel García Márquez, a quien el mexicano se le adelantó en el camino a la eternidad. Con él, compartió experiencias en el guionismo cinematográfico, la prohibición gubernamental para viajar a Estados Unidos, el rescate de un personaje extraviado e innumerables corridos interpretados al alimón.
Sobre Harold Pinter, apunta: “Vivimos en un mundo que teme al Otro. Pinter radicaliza esta situación. No hay Otro más temible, intruso, que el extranjero que llevamos dentro, el Otro de nuestra propia sociedad, de nuestra propia familia, de nuestra propia intimidad (…)” (p. 51).
También hay presencias fugaces, como al toparse en Frankfurt con el insuperable boxeador Muhammad Ali: “El tamaño, la fuerza, el poder de este hombre, en un encuentro tan accidental y breve, me resultan hasta el día de hoy impresionantes”. Mientras que al pugilista lo que le deslumbró del autor y sus acompañantes fue su porte elegante, que Fuentes justificó alegando: “Es que somos mexicanos” (p. 57).
A Lola Beltrán, a quien conoció en un festejo del pintor José Luis Cuevas, la contempló: “Con los ojos cerrados, perdida en su canción, perdida por su canción como si en vez de cantar, soñara”. Sin que ella supiera en esa ensoñación musical que “en las lúgubres fábricas de la industria pesada en Nowa Huta, Polonia, o en Bratislava, Eslovaquia, los sistemas de altoparlantes tocaban todo el día Cucurrucucú Paloma (…), para aliviar el tedio de los obreros. Nadie sabe para quién canta” (p. 61).
De la Primera Dama norteamericana Jacqueline Kennedy, asegura que en ella: “(…) el silencio era un atributo del interés y del afecto: yo no he conocido a una mujer que preste una atención mayor a lo que dice un hombre”.
Afirma acerca de Susan Sontag: “Su inteligencia no sólo me deslumbró. Me intimidó. (…) Rara vez me sucede que no me atreva a decir palabra por temor a externar una estupidez. Susan me paraliza en este sentido” (p. 95).
Del Nobel alemán Günter Grass refiere que su ópera prima, El tambor de hojalata, era una lectura vedada al público infantil. “Qué ironía; un libro visto por un niño, Oscar Matzerath, es prohibido para todos los demás niños (…) ¿Qué vio ese niño que se niega a crecer? Vio a un país, Alemania, pero lo vio como ese país no quería ser visto (…) El niño vio que el nazismo no fue un misterio, no ocurrió de noche. Ocurrió de día y todo el mundo lo sabía” (p. 124).
El libro cierra con unas líneas dedicadas a la encantadora actriz Audrey Hepburn, de quien tanto el Fuentes mayor como el joven estuvieron eternamente enamorados: “(…) permanece siempre en el plano ideal, enamorada sin tiempo, perfección encarnada, deseo inalcanzable y puro.” Más aún, considera que poseía “la gracia de un hada”. (p. 137).
Retratos en el tiempo: Una nostalgia gozosa, compuesta por instantes eternos.

Elena Méndez

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Carlos Fuentes (texto) y Carlos Fuentes Lemus (fotografías),
Retratos en el tiempo,
Alfaguara,
México, 2012,
144 pp.