quarta-feira, junho 25, 2008

LA NARRATIVA FEMENINA EN SINALOA

Compartido con Liz Moreno
maestra y guía


Trata este libro sobre narrativa sinaloense, y al hacer un rápido repaso pensamos en Ramón Rubín, Élmer Mendoza, César López Cuadras y varios nombres más de nuestros hombres de letras de ayer y hoy; por supuesto, pensamos en Inés Arredondo y... algunas poetas vienen a nuestra mente; entonces nos preguntamos ¿y las narradoras? ¿Hay narradoras en las letras sinaloenses? Es indudable que después de casi veinte años de desaparecida, Inés Arredondo sigue siendo el caso más conspicuo de las letras femeninas en Sinaloa; la única mujer que ha alcanzado reconocimiento nacional e internacional; sin embargo, sí hay otras narradoras en Sinaloa aunque aún no han conseguido el reconocimiento de un Élmer Mendoza, un César López Cuadras o un Juan José Rodríguez.

Con todo, esta situación no es exclusiva de nuestro estado, ya que en nuestro país se repite este hecho en que la historia literaria registra que una sola escritora encarna la representatividad de las letras femeninas en su región y así, lo que Inés representa para Sinaloa, Rosario Castellanos lo sería para Chiapas, Amparo Dávila para Zacatecas, Elena Garro para Puebla, Nellie Campobello para Durango y Josefina Vicens para Tabasco, por mencionar sólo a las más notables y con reconocimiento nacional. Estas grandes artistas, sin embargo, tuvieron que emigrar a la capital para obtener ese reconocimiento nacional, aun cuando su obra siga remitiendo a lo local o trate temas de su infancia y el terruño. Fenómeno explicable, si consideramos el centralismo político y cultural del país.

Aunque no tengan el reconocimiento de Inés Arredondo y cuantitativamente sean menos, las voces femeninas han sido parte de la historia de la literatura sinaloense, tal como lo corroboran los textos publicados en la prensa de finales del siglo XIX y principios del XX. Esta presencia fue haciéndose más evidente a partir de los cuarenta, como señala Leo Mendoza:
Las décadas de los treinta y los cuarenta, que marcan el repunte económico de la capital del estado, permiten escuchar con mayor claridad y fuerza las voces femeninas, mismas que en los últimos años han dado muestras de gran madurez y de una recuperación de temas que parecen comunes a su sensibilidad, aquellos que indagan sobre su condición, que se preguntan sobre el amor, la soledad, el desamparo y el abandono. 1

En los últimos años ha crecido la presencia de la mujer en la narrativa sinaloense, ésta se ve en diversas antologías o publicaciones propias. Ha sido un proceso lento debido a un fenómeno que, si bien es semejante en todo el país, no es por ello menos preocupante: la falta de difusión editorial para las narradoras en Sinaloa. Quizás por ser “tradición” el que ellas se dediquen a la poesía, las mujeres que escriben narrativa no han despuntado en la publicación de su obra o en la difusión de la misma. Agreguemos a este factor el hecho de que gran parte de esta literatura se ha publicado en editoriales regionales, suplementos culturales y revistas de poco tiraje o menor circulación, incluso en publicaciones salidas del propio bolsillo de las escritoras, lo cual las convierte en material difícil de localizar y recopilar.

De las antologías publicadas y revisadas para este trabajo localizamos en Prosistas sinaloenses (1957), de Ernesto Higuera, los cuentos de tres narradoras; en Ocho voces en la sala de juegos, encontramos a tres narradoras junto a tres narradores (es curioso, sin embargo, que en el renglón de poesía de este taller sólo hay mujeres); en La bella época de la literatura sinaloense (2000), sólo dos de los dieciséis escritores de prosa compendiados son mujeres; en Sinaloa, lengua de tierra (1995) se registra una novelista entre un total de ocho y dos cuentistas (Arredondo incluida) en un grupo de dieciséis; de veintiséis autores consignados en la Antología del cuento sinaloense (1993) de Rodelo, cuatro son mujeres (nuevamente, una de ellas es Arredondo).

Encontramos, también, dos libros dedicados exclusivamente a la obra de mujeres: Entre amapas (2000), una edición de la SNTE que reconoce el esfuerzo de siete mujeres sinaloenses en distintas ramas del arte, entre las cuales figuran dos narradoras; así como Ocho escritoras sinaloenses y notas mínimas de literatura (1997) que, al igual que el anterior, también presenta a escritoras que lo mismo crean poemas, cuentos o “retratos”.

Aunado al problema de la difusión editorial, nos enfrentamos al hecho de que los textos de la narrativa de mujeres no han merecido un estudio detallado de sus obras, fuera de dos o tres escritoras, ni siquiera han sido reseñadas por la crítica literaria local. Sin embargo, como dice Adalberto García Santana de las narradoras antologadas por Higuera, éstas “reclaman un estudio detenido que valore su aportación a la república literaria de la cual participaban en su lamentable calidad de inmensa minoría”. 2

Consciente de esta necesidad de rescate, pero también de las dificultades a las que nos enfrentamos, en este trabajo nos abocaremos solamente a ofrecer una descripción de la narrativa que se pudo localizar; será ésta una primera visión muy general de los cuentos y novelas observando qué se ha escrito, cuáles son los tópicos más usuales, cómo representan a sus personajes y si el espacio descrito es una prolongación o representación de la región. Examinando los tópicos que predominan en este corpus, quizás podamos encontrar si no una escuela, al menos ciertas tendencias en las historias y sus estrategias discursivas.

Es necesario aclarar que hemos considerado como narrativa sinaloense a aquella producción de escritoras que nacieron y vivieron aquí o que si se alejaron del estado por algún tiempo, de cualquier modo, el “solar de la infancia” se percibe en sus escritos de diversas formas. Aunque también, hemos incluido a aquellas que no siendo nativas del estado, vivieron y publicaron en Sinaloa, en esto hemos seguido a Jaime Labastida, quien en su conformación del canon sinaloense justifica la inclusión de escritores no nativos señalando que: “puesto que escribieron en el estado o sobre él, hemos de ver como sinaloenses...”. 3
Para revisar esta narrativa escrita por mujeres en Sinaloa, hemos hecho una división en tres grandes apartados cronológicos atendiendo al devenir histórico cultural del estado que va permitiendo más la incursión de narradoras en la actividad literaria. El primer periodo abarca desde inicios del siglo XX hasta la aparición de los primeros textos de Inés Arredondo. El segundo, lo localizamos a partir de los setenta cuando distintas instituciones se preocupan por apoyar la labor de escritores locales a través de talleres y concursos literarios. El último periodo tendrá apenas unos cuatro años y está demarcado principalmente por la aparición de publicaciones surgidas de las talleristas de Élmer Mendoza.
No hemos trabajado aquí a Inés Arredondo porque es objeto de otro ensayo de este mismo libro y, como veremos en el análisis de los textos, no ha causado impronta en las narradoras sinaloenses.
Las precursoras
Como dijimos, la primera etapa se da en las postrimerías del siglo XIX e inicios del XX, periodo predominante de poetas, aunque sin total reconocimiento (incluso, en el recuento bibliográfico de escritores de narrativa del siglo xix, compendiado por Francisco Gómez Flores, no se menciona ninguna mujer); 4 sin embargo, entre las precursoras de la narrativa sinaloense podemos mencionar a Teresa Villa y Cecilia Zadí, 5 Verna Carleton de Millán, Emma Zazueta Bátiz y Teresa Millán, 6 Margarita Ramírez de González y Delia Villarreal. 7 Agregaremos a esta relación a Amalia Millán.
Los relatos de Villa parecen sacados de pleno periodo clásico, con sus invocaciones a Febo y Véspero mientras “el cielo ostentaba su diáfano y purísimo color azul y allá en lontananza destacábase un piélago de nubes rojas y plomizas (...) las pardas golondrinas revoloteaban silenciosas en el espacio y (...) la luz crepuscular desfallecía ante nuestra vista”, 8 todo enmarcando una de las riberas encantadoras del Humaya en un cuento que más parece un fragmento de novela del romanticismo. Si tomamos en cuenta que son obras fechadas en 1898, podemos ubicar el estilo en que se narra.
De Zadí, por otra parte, se conserva un relato titulado “La mujer egoísta y avara”. No le llamamos cuento pues más bien es una sentencia moralina con la consiguiente lección que acompaña a textos de ese género.
Carleton, francesa de origen, pero casada con un sinaloense, motivada por su suegro decidió seguir escribiendo en su nuevo idioma al llegar a México. En su libro de Cuentos destaca “La mujer que quiso ser infiel”, un relato donde una culta y bella mujer, aparentemente muy inteligente, demuestra que no lo es tanto al seguir las reglas que la sociedad y su dominante y chantajista madre le imponen. Sus cuentos transcurren en la ciudad de México o en distintos sitios de provincia, y los personajes presentan el contraste entre los estudiados y pudientes frente al pueblo humilde.
En la obra de Zazueta Bátiz, Tinieblas y luz, se relatan las correrías de un par de amigos por el viejo Culiacán, con la descripción de la ciudad y los personajes que la habitan: pintorescos estereotipos de la primera mitad del siglo XX (el pícaro, la rica, la maestra, el quijote, el tonto y la madre abnegada).
Los cuentos de Teresa Millán son de los pocos que Higuera analiza en su antología; éste la equipara con Horacio Quiroga en virtud de la violencia que encuentra en su lectura: “cultiva esa afición a la violencia llevada tal vez por sus aficiones a la criminología infantil y de la adolescencia, en cuyas disciplinas se doctoró a su paso por las aulas de la Universidad Autónoma de México”.9 Sus cuentos “El cuate” y “¡Adiós, doña Perfecta!” revelan las máscaras de cada persona, así como el descubrimiento de la percepción del yo para el individuo y para el otro.
Ramírez de González conquistó el cetro de los primeros Juegos Florales de Guasave con su cuento “Un hallazgo sinaloense en Viena”, emotivo relato en el que unos sinaloenses que pasean por Austria en la década de los treinta conocen a una anciana que les relata una historia de amor, amor a la nación, a la amistad, al recuerdo de una pasión.
“Puntos de vista”, de Villarreal, es un reflejo de las distintas formas de ver una presencia, según la realidad personal de cada quién.
La otra Millán, Amalia, es reconocida por su trayectoria en la crónica y el rescate de las tradiciones indígenas; sin embargo, su cuento “La paloma muerta”, junto con el resto de sus ensayos, muestra de su habilidad y creatividad narrativa que la hacen figurar entre las sinaloenses destacadas. Este cuento relata la búsqueda de Tetabiate por encontrar el remedio para que su madre se alivie. Aun con ser ficción, Millán no deja de recurrir a las costumbres regionales y retrata la historia de un joven yaqui danzante de pascola y las creencias de su pueblo; en especial, en este caso, de sus ritos funerarios.
En la segunda mitad del siglo XX aparece en el escenario literario la figura de Inés Arredondo, una narradora que rompió esquemas y trascendió el obstáculo que entonces representaba la escritura para cualquier mujer. La obra de Inés es, actualmente, una de las más estudiadas en la literatura mexicana (no sólo de Sinaloa) y una autora que, contrario a muchas otras, el valor de su figura y obra se agiganta con el paso de los años. Inés, escribe Roberto Vallarino, “crea una obra única en la tradición cuentística de nuestro siglo y, acéptese o no, es una de las autoras más significativas y auténticas de los últimos años”. 10
Los talleres literarios
Después del parteaguas que la obra de Inés significó para las letras femeninas, en el estado se dio un fenómeno que contribuyó al auge de las narradoras y, más importante para su difusión, a la publicación y circulación de su obra: los concursos y talleres literarios.
Es a partir de los setenta cuando en el estado se inicia la formación de talleres de creación literaria; Difocur, Cobaes y la Universidad Autónoma de Sinaloa, principalmente, son las instituciones que organizan concursos de cuento, convocan a prestigiados escritores como guías en talleres de narrativa e impulsan cursos y diplomados e, incluso, nace la licenciatura de Letras Hispánicas.
Los talleres literarios promueven el quehacer literario y se convierten así en semillero de escritoras, pues las mujeres que antes sólo escribían poemas en la intimidad de su hogar, se vuelcan a las aulas para aprender estrategias narrativas de maestros venidos del centro del país y, posteriormente, de los escritores locales con reconocimiento nacional.
Así, un gran número de amas de casa, profesionistas o estudiantes de distintas carreras se unen a estos talleres y escriben cuentos que posteriormente serán publicados en la recopilación respectiva. Incluso, algunas poetas ensayan otros géneros y abordan la narrativa como una nueva forma de expresar su sentir.
Es interesante resaltar que muchas de estas nuevas cuentistas no son escritoras o mujeres de letras en sentido estricto, ellas mismas aceptan no tener una educación formal y no se dedican a la literatura como forma de vida. Así, entre las narradoras de esta generación tenemos a mujeres dedicadas a la medicina, al comercio, la contabilidad, el magisterio, el periodismo y a otras artes (plásticas y escénicas).
Por último, podemos distinguir una cuarta etapa que se configura a partir de la nueva generación de escritoras que ya pasaron por la escuela de Letras; unas, las que se sirven cada vez más de los medios electrónicos para difundir su obra y otras –en una nueva tradición impuesta por los talleres de narrativa de Élmer Mendoza–, más que cuentistas ha visto nacer entre sus alumnas un grupo de novelistas como nunca antes se había dado en el estado.
Obras publicadas
Siguiendo el orden temporal de las obras, tenemos en primer término, en la década de los ochenta, a Irene Montijo, quien vio publicado su primer cuento “Mi tía Cuca” en el suplemento cultural Ancla y Estrella del periódico El Debate de Sinaloa en 1984. Siguió con otros cuentos que conservaron la línea de los personajes y el tema abordado: un matriarcado sinaloense y la experiencia de una niña al crecer inmersa en el núcleo de las mujeres de su casa. En 1988 gana el premio literario Inés Arredondo por su cuento “El mandero”, en el que explora el enfrentamiento de un mexicano que vive en la frontera con las arraigadas creencias religiosas de su país.
De estos cuentos, Elizabeth Moreno destaca: “el rescate que hace del mundo privado y cotidiano de las mujeres pra elevarlo a la categoría de asunto literario (...) y la ruptura (consciente o no) de los estereotipos y arquetipos femeninos”. 11
Los cuentos de Montijo están recopilados en Entre dos mundos, su único libro publicado, además de la columna que por meses mantuvo en un periódico local. En la contraportada señala: “no sé si lo que escribo sirve o no, pero seguiré escribiendo para darle gusto a mi espíritu aunque le deje a mis hijos cartones llenos de papeles”.
Esta motivación es común en las narradoras de esta primera etapa, quienes no se preocupan mucho por la forma de escribir, por la trascendencia sino por contar una historia sencilla que se quede en la lectura de los ámbitos locales y familiares. Por supuesto, todo escritor “vive para escribir”, pero en el caso de ellas, quizás las satisfaga el solo hecho de expresarse y la publicación no sea prioridad en su quehacer. Esto podría explicar la falta de obra impresa.
El cuento “Piel de color luna”, de Inga Pawells, editado por la UAS en 1987 en un libro del mismo título, está incluido en casi todas las antologías sinaloenses. Este relato representa la esperanza de una mujer por alcanzar su sueño más preciado tras veinte años de doliente anhelo. Podemos suponer que transcurre en Sinaloa, aunque igual puede pertenecer a otro lugar y época. Nos remite a nostalgia por tiempos y esplendores idos. Actriz de teatro y promotora cultural, Pawells siempre ha estado ligada al arte; se confiesa lectora insaciable y le gusta escribir sobre la mujer.
Socorro (Choco) Haas cursó la licenciatura en Lengua y Letras Hispánicas de la UAS y estudió en el taller de narrativa de Difocur coordinado sucesivamente por Gonzalo Celorio, Vicente Quirarte e Ignacio Trejo Fuentes. Como resultado de este taller se publicó la antología Ocho voces en la sala de juegos, en 1991, donde se incluyen sus cuentos “El letrero” y “El recado”; dos distintas formas de observar el amor y la preocupación de un padre. El primero nos remite literalmente al conflicto del 68, es uno de los pocos textos que aborda este suceso histórico desde la perspectiva de una provincia inquieta e inocente. Haas sigue dedicada a sus clases de inglés y, aunque no cuenta con un libro propio, sus textos han sido publicados en suplementos del país y de Estados Unidos.
En esta misma antología se recogen tres cuentos de Martha Sánchez Rivas, escritora argentina que radica en México desde 1976, ella pertenece al grupo de las poetas que han incursionado en el género narrativo. “Un aliento muy largo” es el diálogo de Hilario Bautista con la silenciosa Librada, muy al estilo de la Luvina rulfiana, donde empieza hablando de la suerte de Porfirio Cué para poco a poco trasladarse al real motivo del paciente relato del narrador. “Francotirador” nos muestra el trastorno de un agente mientras vigila a la víctima que debe ultimar. “Día de muertos”, por su parte, nuevamente nos lleva al universo rulfiano de la mano de Esmeralda y su nana mientras pasean y observan a los deudos que visitan a sus muertos.
En estos cuentos es notoria la unidad en la introspección de sus personajes y en el ambiente en que éstos se desenvuelven, que igual podría ser un pueblo de Sinaloa como de algún otro estado de la república.
Otra de las escritoras “de fuera” que han hecho su literatura en Sinaloa y también participante del taller literario de Difocur, Juana Angélica Cifuentes, presenta en el Ocho voces... el cuento “Luciana”, donde un personaje cuenta las desventuras que les ocasiona vivir en la sierra y soportar las constantes invasiones de bandidos y militares por igual, todos a lo mismo: cometer atrocidades amparados por el temor de los lugareños.
Por el mismo tenor es el cuento de Cifuentes que Rodelo recoge en su Antología del cuento sinaloense 1960-1990: “Baturito”, donde un anciano cuenta a sus nietos una historia familiar en la que intervienen militares abusivos asolando pueblos serranos para buscar sembradíos de droga; más con un afán de destrucción y abuso que de protección. En ambos cuentos encontramos un narrador personaje que fue testigo y víctima de las invasiones a sus poblados y familia.
Maura Pérez Meza es una mazatleca radicada en Los Mochis que ha incursionado en distintas ramas del arte: pintura, poesía y cuento, así como en la coordinación de talleres para niños. En 1992 publicó el libro Reflexiones de un inquieto cangrejo (cuentos y poemas), cuya temática se sale de lo regional en algunos relatos, abordando, incluso, temas futuristas y metafísicos, muy enfocados en la otredad como una de las preocupaciones centrales.
Sin embargo, el tono, tiempo y espacio pueden parecer distintos, pero la búsqueda de los personajes es la misma, la exploración del quién soy y hacia dónde voy se plantea tanto en la pueblerina que describe su vida en familia en el Sinaloa de los cincuenta como en la mujer que a través del espejo encuentra a su doble en otra dimensión.
Incluimos en este recuento a Marta Castro Cohn (quien, al igual que Amalia Millán, es más conocida por sus ensayos), pues a pesar de ser cronista, sus relatos son un híbrido muy cercano a lo literario; en sus crónicas ofrece un panorama del acontecer regional y nacional en un estilo totalmente literario a través de cartas situadas en la actualidad o desde hipotéticas épocas coloniales.
Maricruz Espinoza es una sinaloense que desde joven emigró a la capital del país y dejó la odontología para dedicarse por completo a la escritura, y en el taller de narrativa de Difusión Cultural UNAM tomó cursos con Silvia Molina, Magali Martínez Gamba y Alicia Reyes. Es autora de varios libros de poemas y el libro de cuentos Una noche en blanco (1999). Su primera novela, De otra manera, es el diario de una niña del ámbito rural sinaloense que atestigua como su familia avanza a la par de una sociedad que pretende acercarse a la modernidad nacional e internacional.
De otra manera y el trío de cuentos familiares de Entre mundos conservan la similitud en el rescate que hacen de una forma de vida en los pueblos de Sinaloa; recuperan poblados y caminos, estilos arquitectónicos, expresiones lingüísticas muy regionales. En suma, abren el baúl de los recuerdos para cualquier sinaloense que se ve reflejado en su lectura. Tal parece que ellas también hubieran elegido una de sus infancias entre sus recuerdos, o busquen esa significación de la que habla Corral en la citada antología sobre Arredondo: “en un caso, la elección de una determinada infancia entre el conglomerado informe de sucesos y vivencias que constituyen cualquier vida, equivale a la búsqueda de un orden o de una verdad personal”. 12
La literatura joven en Sinaloa es un libro que recoge la obra poética, narrativa y fotográfica de menores de 30 años en el estado. En narrativa presenta “Un cuento para dormir” de Martha Judith Osuna Blancas y “Mochirijoa” de Jesús Eréndira Gil Leyva, de Culiacán y Los Mochis, respectivamente. En el cuento de Osuna Blancas, la autora revela la agonía de un niño que vela a su madre enferma mientras le relata un cuento para que duerma tranquila, mientras que Gil Leyva narra el paso de una muchacha por un misterioso poblado.
El concurso de cuento del Cobaes ha sido, junto con los talleres literarios, buen escaparate para las plumas femeninas en Sinaloa. Ernestina Yépiz recibió mención honorífica en el III concurso estatal de cuento Cobaes 1998. Ella es un caso especial pues, aunque poeta de corazón, ha incursionado por igual en el periodismo cultural y la narrativa. “El canto de los sabinos” narra, a dos voces, la estrecha relación entre un anciano y su nieta, una adolescente en pleno descubrimiento del amor y de lo azarosa que resulta la vida en el campo, entre la poesía de la naturaleza y las constantes amenazas de los gavilleros.
Este cuento conserva el mismo estilo que los relatos de Cifuentes, pero, a diferencia de aquéllos, en éste la visión de los militares es benévola, ellos aquí pertenecen al bando de los “buenos”, los que luchan contra los forajidos en la serranía.
En 1999, Armida González Piña resulta ganadora del IV concurso Cobaes con una serie de cuentos titulada Había (no sólo) una vez..., en su cuento “Transfiguraciones” el Caballero de la Triste Figura se va encontrando en sus andanzas con otros personajes de la literatura; “Visita nocturna” es la atormentada vigilia de una mujer con un molesto convidado; “Flor a flor” y “De sueño en sueño” comparten unos de personajes femeninos con perspectiva privilegiada frente a los demás, e “Imagen cotidiana” es una mujer que pretende avanzar a contratiempo; también ella es vista por los otros con extrañeza y burla.
Martha Lizette Garza es un caso entre las narradoras sinaloenses que se dedica a la escritura de cuentos para niños. Alumna de Élmer Mendoza, cursó también el taller de literatura infantil que el escritor Francisco Hinojosa impartió en Culiacán en 1999, con la consiguiente publicación de su libro Los duendes blancos, un cuento infantil editado por Difocur.
Rosa Amelia Castro, participante de los talleres literarios de Renato Prada Oropeza, David Martín de Campo y Daniel Sada, en Difocur, forma parte de la antología Entre amapas, una breve muestra de narrativa, poesía, ensayo y obra plástica de mujeres en Sinaloa. Este volumen nos ofrece “El chivo expiatorio”, el relato de un niño de diez años que durante una celebración familiar descubre una dolorosa verdad; “Noche de carnaval” es igualmente una fiesta que culmina en tremenda revelación y “La maja” es un reencuentro de amigos con una sorpresiva coincidencia.
Los cuentos de Castro tienen en común el que sus personajes sufren una especie de epifanía, el espacio en el que se desarrollan es alguna ciudad de Sinaloa o los protagonistas recuerdan a esta tierra aunque se encuentren lejos, como en el caso de los tres amigos en “La maja”.
En la VI edición del concurso de cuentos Cobaes figuran entre las finalistas los cuentos de Rosalía Izaguirre y Ruth Franco. Rosalía Izaguirre, tallerista en el Museo de Arte de Mazatlán del curso de Mario González Suárez y de Élmer Mendoza, relata en “Tic-Tac” los instantes de un hombre atrapado en la soledad de su habitación, donde la melodía de los relojes es su única compañía. Un relato donde la mente y su ofuscación son el único tiempo y espacio descifrable.
“La duquesa de los perros”, de Ruth Franco, es el recuerdo infantil de la narradora sobre su excéntrica vecina, una mujer que vivía en un mundo de ensueño y recuerdos. Franco tiene otros historias publicadas en el volumen Un retazo de cielo y otros cuentos y forma parte del recopilado Entre amapas, allí encontramos que “El profesor Lemur” repite el retrato de un ser extravagante a quien se observa como una especie en estudio por ser tan distinto a los otros, al igual que la protagonista de “El tesoro de Damiana”, una indígena que canta a las plantas y se pierde contemplando las nubes. Estos dos relatos se relacionan con la preocupación de la autora por los migrantes, a quienes, se menciona en este volumen, ha dedicado gran parte de su vida profesional en la medicina.
“La duquesa de los perros”, al igual que “Piel color de luna” comparten una visión del mundo privado de las protagonistas, que viven en una esfera de ensueño, añorando románticas épocas que quedaron en el pasado.
La casa del arrayán es el libro de cuentos de la poeta Rosy Palau, un volumen muy conceptual donde la melancolía, los recuerdos y la tranquilidad son espíritus que recorren las historias entretejiendo fantasías y ensoñaciones. Sus personajes femeninos son mujeres etéreas y soñadoras que habitan un universo muy particular, aunque no se trata de la rancia nobleza que evocan los personajes de Pawells o Franco, sino una grandeza más espiritual.
Palau tiene cuatro libros de poemas y durante seis años dirigió la hoja literaria Equus, ha recibido varios premios nacionales de poesía y es una de las pocas escritoras que sí mantiene constancia en sus publicaciones, al grado que el escritor y cronista Herberto Sinagawa plasmó en el prólogo a su libro de cuentos: “Soñamos con Inés y anhelamos que el inmenso vacío que dejó lo llene otra mujer como Rosy”.13
Élmer Mendoza, ya mencionamos, con su taller de narrativa ha puesto a sus alumnos no sólo a escribir, sino a escribir novelas; es así como de Los Once Discípulos surgen las novelistas Ruth Sánchez Morales, Zenaida Moreno y Lucero González.
Ruth Sánchez Morales es otra de las narradoras que acude a la historia de una sinaloense que hace un repaso de su infancia y la influencia que dos mujeres tuvieron en su vida; en este relato, la figura familiar son su padre y su hijo, pero continúan siendo aquéllas quienes determinan la guía que seguirá Chawa, la protagonista, para alcanzar su felicidad. Abordando conflictos como la adicción y los trastornos alimenticios, la soledad de una mujer madura y su reencuentro con el amor es el hilo principal de esta historia.
Zenaida Moreno, en Círculo de sangre, cuenta el descubrimiento de Rubén sobre su origen y el viaje que debe emprender para encontrar sus raíces. Aunque el personaje vive en Estados Unidos, la búsqueda familiar lo lleva hasta el valle de San Lorenzo, Sinaloa, donde también encontramos la anécdota de una familia sinaloense tradicional, pero distinta a las de Maricruz Espinoza e Irene Montijo, ya que si aquéllos eran pobres, pero felices y unidos, la familia de esta novela serán ricos, pero soberbios e infelices.
Rosa de Moraila es una profesora normalista con maestría en Historia cuya columna “Tradiciones de Escuinapa”, la descripción de costumbres y artesanías del sur del estado, se publicó como libro en 1998, así como el volumen El desengaño y otros cuentos. Es autora también de la novela Las trampas de la juventud, un relato que intenta describir la vida de los jóvenes sinaloenses que se van a la frontera atrapados por los sueños de gloria y riqueza.
Quizás una observación pertinente sería la “modestia” de que pecan estas mujeres al momento de enfrentarse al lector, pues al igual que otras de las narradoras reseñadas, De Moraila pide comprensión y se defiende de la crítica argumentando que ella no es una filósofa ni pretende exponer ideas extranjeras, por lo que no se le puede juzgar con los mismos parámetros que a un clásico. Posiblemente esta humildad sea la que no las deja plantarse en el papel de escritora y asumirse como tal, en vez de lo cual prefieren adelantarse a la crítica profesional alegando un estilo natural o sencillo.
Alcira Elena Méndez estudió Letras Hispánicas y es escritora de tiempo completo; pero, aunque ha publicado en revistas literarias, su trabajo ha circulado principalmente en la red, a través de su blog Letanía de la joven suicida y diversas revistas en línea. El relato “Una clase de literatura”, la narración ficcionalizada de una lección con el maestro Élmer Mendoza, se publicó en el 2004 en Textos.
Aunque prevenida de que “los cuentos no venden”, Méndez se siente más cómoda en este género: “Yo escribo cuento, no me siento capaz de escribir otro género; algún día quisiera escribir novela. Sé que para escribir cualquier género me falta vivir más, leer más (...) Mientras tanto, sigo de cuentista cuentera, publicando por amor al arte, corrigiendo incansablemente, soñando en que algún día mis cuentos me darán de comer”. 14
Aunque inició escribiendo guiones para cine y obras de teatro, Glafira Rocha, también egresada de Letras Hispánicas, ha abarcado en su escritura diversos géneros narrativos y en el 2005 vio publicado su libro Tales cuentos, juego de palabras que implica la lectura de cuentos y relatos, en los que Rocha sale del esquema tradicional con un estilo ágil, incluso vertiginoso, que explora las relaciones interpersonales y, en mayor medida, la interioridad del personaje.
La novela Defensa de lo prohibido, de Aleyda Rojo, obtuvo el premio Nacional Valladolid a las Letras 2005, y es la ingeniosa y divertida historia de hombres y mujeres que hacen la guerra soñando con el amor.
Alumna de los talleres literarios de Élmer Mendoza en Mazatlán, Rojo ha publicado además la novela Más frescas las tardes y el estudio La fotografía en la plástica de Antonio López Sáenz y Carlos Bueno. Con maestría en arte y comunicación, ha sido becaria del Foeca y reportera cultural, labor por la que recibió el premio Inés Arredondo de periodismo cultural 2001.
La más reciente de las narradoras que actualmente están publicando en Sinaloa es Mariel Iribe, cuyo cuento “El último intento” es un sabinesco relato de cómo el amor se va degradando con el tiempo y la rutina.
Egresada del área de comunicación, Mariel ha colaborado en la revista Textos con crónicas y entrevistas, además de su labor periodística en televisión y prensa. Este cuento aparece en la antología A fin de cuentos. Al igual que gran parte de sus colegas, también ella se formó en los talleres de narrativa del maestro Élmer Mendoza.
Por supuesto, incluir a todas las narradoras sinaloenses es tan improbable como inabarcable en este breve ensayo. Las aquí mencionadas cuentan con obra publicada en un libro (o plaquette) que circula en librerías o bibliotecas; faltan todas aquellas que aparecieron en revistas y suplementos culturales locales (y nacionales). Algunos textos son difícil de localizar pues fueron publicados en editoriales pequeñas, otros ni siquiera cuentan con un respaldo editorial, sino que fueron financiados por las propias autoras.
Acela Bernal, Rosa Hilda Valenzuela Rodelo, Karen Lizárraga, Manuela Rodríguez, Irma Garmendia, Ana María Garduño, Alicia Millán, Avelina Rojas, Dora Luz Orduño, Alicia Montaño, Georgina Martínez, Mely Peraza y Carmina Narro, entre otras, también han escrito narrativa. La lista es amplia y los textos dan para un análisis más profundo, quizás un estudioso tome algún día la obra de estas narradoras para un trabajo más extenso, aunque hasta el momento la mayoría han sido relegadas tanto por la crítica como por los lectores. El tiempo demostrará qué tan justa o arbitraria ha sido esa indiferencia.
Conclusión
Así, observamos que podemos catalogar esta narrativa (con todo lo reduccionista y limitante que son las categorías) en las siguientes esferas: las historias que se desarrollan en la sierra y relatan las pugnas de narcos y militares, con los consiguientes abusos para la población; los relatos biográficos enmarcados en la familia, predominantemente en un matriarcado; los relatos donde el personaje vive anclado en un pasado rememorando antiguos esplendores; y el relato que intenta salir de lo tradicional y se sumerge en la introspección, en un ritmo ágil, o en el caos posmodernista.
Es posible localizar similitud entre la mayoría de los cuentos y novelas publicados por estas autoras; por lo que, en vez de dispersión de contenido quizás sea más preciso hablar de falta de continuidad en su publicación como la razón de que no logren consolidarse y ser identificadas por el lector como parte de la narrativa representativa de SinaloaLa ausencia de estudios críticos es también un factor fundamental en el desconocimiento de esta producción literaria que merece ser estudiada porque aporta otra visión de la realidad cultural mexicana.
Notas al pie:
1 Leo Eduardo Mendoza, Sinaloa, lengua de tierra, p. 39
2 Memoria del Servicio Social de García Santana, , pág. 11
3 Jaime Labastida Ochoa, En busca del canon perdido, p. 24.
4 Francisco Gómez Flores, “Bibliografía sinaloense” en Narraciones y caprichos: apuntamientos de un viandante, Culiacán, 1891, pp. 104-120.
5 Incluidas entre las prosistas de La bella época de la literatura sinaloense, editada por Marta Bonilla, con relatos que datan del año 1898.
6 Descritas por Jesús Manuel Rodelo como escritoras “inusuales y con calidad” en su libro Antología del cuento sinaloense, 1960-1990.
7 Ernesto Higuera, en su Antología sinaloense, recopila cuentos de estas narradoras.
8 Bonilla, La bella época de la literatura sinaloense, p. 84.
9 Ernesto Higuera, op cit., tomo II, pág. 46.
10 Citado por Rose Corral en “Inés Arredondo, la dialéctica de lo sagrado”, en Inés Arredondo, pág. ix.
11 Irene Montijo, Entre dos mundos, pp. 5-6.
12 Corral, op. cit., p. x
13 Rosy Palau, La casa del arrayán, p. 7.
Bibliografía
Ayala Castro, Dora Josefina (1997): Ocho escritoras sinaloenses y notas mínimas de literatura, México, UAS.
AV (1991): Ocho voces en la sala de juegos, México, Difocur.
AV (2000): Entre amapas, Culiacán, SNTE.
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Adriana Velderráin Carreón


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