terça-feira, maio 20, 2008

LA JOCOSIDAD IMPÍA DE TERESA DOVALPAGE

Teresa Dovalpage nació en La Habana, Cuba, en 1966. Radica en Albuquerque, Nuevo México, Estados Unidos. Es Licenciada en Lengua y Literatura Inglesas y Máster en Literatura Española por la Universidad de La Habana. Actualmente cursa el Doctorado en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nuevo México (UNM). Su tesis doctoral aborda la literatura cubana del siglo XX.

Se ha desempeñado como traductora, editora, lingüista, instructora de español, inglés y literatura en la Universidad de La Habana, la Universidad de Nuevo México, Southwestern College, Grossmont College, Multilingual Translations y Systran Software Inc.
Cuentos y artículos suyos han aparecido en La Raza, El Nuevo Herald, Rosebud, Hispanic Magazine, Latina Style, Hispanic Culture Review, Latino Today, Puerto del Sol, La Peregrina Magazine, Replicante y Baquiana.
De noviembre a diciembre de 2006 su obra teatral La hija de La Llorona se representó en el teatro Aguijón, en Chicago, Ilinois.

Ha publicado las novelas: A Girl like Che Guevara, Posesas de La Habana (Soho Press y PurePlay Press, respectivamente; 2004); y Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006). Con este libro resultó finalista del XXXIV Premio Herralde de Novela en 2006. 1
Entre las temáticas privilegiadas por Dovalpage se encuentran: Cuba, el régimen castrista, la misoginia, la violencia, el fracaso, el erotismo y la soledad. Tiende al fraseo breve, el humor negro, el sarcasmo, la mezcla de referentes cultos y populares.
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Leí por primera vez a Dovalpage en la revista Replicante, donde fue incluido su cuento “¿Corruptora de menores yo?”, cuya crítica social a la doble moral norteamericana me impresionó por la jocosidad impía con que se planteaba. Posteriormente pude leer sus tres novelas, y regocijarme y sufrir con la sátira mordaz que se hace de la sociedad cubana y del sistema comunista, plagados de contradicciones. La abordé por internet para que nos hablara de su quehacer literario.

¿Qué representa La Habana dentro de su obra? Es una presencia tanto como un espacio. El plasma vital en que se mueven, empujan, besan y estrujan esos seres cómicos y a veces terribles llamados habaneros. Es una caldera (no necesariamente del diablo, aunque yo no diría que de ángeles, tampoco) en que hierve la vida isleña.

Según usted, ¿qué recepción tiene la literatura escrita por latinos residentes en Estados Unidos dentro de dicho país?

Ha sido muy buena, me parece. Por ejemplo, a Carlos Eire le dieron un premio muy prestigioso, el National Book Award, por sus memorias Waiting for Snow in Havana in 2003. Por otro lado, Julia Álvarez y Cristina García, latinas que escriben en inglés, han tenido una magnífica recepción de la crítica. Y los libros de los autores consagrados como Isabel Allende se traducen al inglés casi tan pronto como salen en español.


¿Qué perspectiva sobre la literatura cubana contemporánea le otorga el radicar en el extranjero?
Para empezar, aquí puedo leer obras a las que no hubiera podido ni echarles un vistazo en Cuba. Por ejemplo, las novelas de Zoe Valdés y Reynaldo Arenas no se publican allá. Ni siquiera las de Pedro Juan Gutiérrez se encuentran en la isla, aunque el autor vive en La Habana. De modo que vivir fuera del país definitivamente abre los horizontes... y las entendederas. Por otro lado, el acceso a Internet me ha permitido conocer y conectarme con autores, tanto cubanos como de otros países, con los que nunca habría llegado a tener relación de haber seguido en Cuba.

¿Qué implicó para usted el escribir su primera novela en inglés, siendo una hispana recién llegada a los Estados Unidos?

En ese momento suponía que no había tenía más opción. Puesto que estaba en un país donde la primera lengua es el inglés, me parecía que no había de otra, como dicen en México. Esto es, que tenía que escribir en inglés si quería ver mis libros publicados. Más tarde descubrí que hay un mercado para libros en español también, y encontré una agente literaria en Barcelona para las novelas en mi lengua materna. Pero sin duda fue un reto el escribir A Girl like Che Guevara en inglés a los siete años de llegar a California. Lo que luché con las preposiciones, sólo lo sabemos mi editora y yo. No fue easy, vaya.

¿Por qué razón divide su novela Muerte de un murciano en La Habana en actos y cuadros, como si de una obra dramatúrgica se tratase?

Porque la novela sigue la estructura de una zarzuela española, Los Gavilanes 2, incluso cito versos completos de la misma. Pero es final es aquí irónico. Es decir, retomo
la fábula del indiano (en este caso, un murciano buena gente y un poco despistado) que viene a hacer dinero a las Américas. Sólo que en lugar de atesorar centenes, el pobre se encuentra con la de la guadaña donde menos lo espera.

¿A qué atribuye que sus personajes femeninos muestren tanto rencor hacia sus madres y viceversa?

Eso precisamente es lo que me pregunta mi madre. “Ven acá, Teresita,” me ha dicho mi progenitora, ofendidísima. “¿Tú tienes un trauma conmigo o qué te pasa? Oye, yo no soy tan grosera como esas madres que aparecen en tus novelas, eh.” Y la verdad es que nosotras no nos llevamos mal. Aparte de algunos desencuentros generacionales que hemos tenido, que supongo son naturales, no cargamos con los problemas de Maricari y la Mandonísima en Muerte de un murciano… ni de las madres conflictivas e hijas despelotadas que aparecen en Posesas de La Habana. Así que mi respuesta es que no sé a qué atribuirlo, a lo mejor a una mala pasada del subconsciente.

¿Por qué otorga tanta importancia a la oralidad en sus textos? Pienso que los cubanos somos un pueblo oral. Hablamos no sólo con la boca, sino también con las manos, los ojos... Bueno, mejor me callo antes de mencionar otra parte del cuerpo que no viene al caso en este momento. En fin, que el español cubano es una lengua viva en toda la extensión de la palabra. Vivita y coleando. Por eso he tratado de reflejar la manera en que se habla en las calles de La Habana, en la cola de los camellos, en el puesto de viandas... Me gusta llevar “la isla en peso,” citando a Virgilio Piñeira, hasta los oídos del lector.

¿Cómo influye Reynaldo Arenas en lo que usted escribe?
Creo que Arenas ha influido, de una manera u otra, en la mayoría de los autores cubanos que hemos tenido la oportunidad de leerlo. Su irreverencia fue una vacuna necesaria contra las altas dosis de realismo socialista (¡perdóname, Manuel Cofiño!) a que mi generación fue sometida por varias décadas. Con El color del verano, la narrativa cubana recibió una bocanada de aire fresco, de la que algo nos tocó a los que llegamos después.

Usted se ha desempeñado como docente. ¿Tal hecho estaría relacionado con que suela incluir personajes víctimas del bullying 3 (como Papirito y Lourdes en A girl like Che Guevara; Beiya en Posesas de la Habana y Teófilo y Maricari en Muerte de un murciano en La Habana)?

Más que mi desempeño como docente, uso este tema en mi escritura porque yo misma he sufrido del bullying. Cuando iba a la escuela en Cuba siempre tenía problemas por “no defenderme bien,” “no saber fajarme,” o en buen cubano, “ser demasiado comemierda” como me decían dulcemente mis compañeros de clase y los propios maestros… que realmente hicieron bien poco para ayudarme. Odette Alonso ha escrito no hace mucho un artículo muy fuerte sobre la situación en las escuelas cubanas de los 70 y 80 en su blog Parque del Ajedrez 4. Allí cuenta como los estudiantes que no soltaban tres o cuatro malas palabras a todo pecho cada día eran considerados bitongos 5 y burguesitos, y abusados por alumnos y maestros que veían en su pasividad presa fácil. Las cosas, por desgracia, no han cambiado mucho desde esa época.

Desearía saber si esta especie de trilogía novelística que usted ha conformado es una manera de exorcizar un sistema al cual se muestra como nefasto dentro de la ficción.

Toda literatura es exorcismo, de una manera u otra, no importa si el autor está consciente o no de lo exorcizado. Y el exorcismo literario tiene sus ventajas, naturalmente. Al darles nombres a las cosas, por escrito o a boca llena, se les pierde el miedo y se les pone en su justo lugar. No importa si lo nombrado es el bullying en las escuelas o la rigidez política o el miedo a los chivatos.

Elena Méndez
(Entrevista realizada el 10-mayo-08)

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NOTAS
1 Mismo que obtuvo Alberto Barrera Tyszka por La enfermedad.
2 Compuesta por Jacinto Guerrero (Ajofrín, 1895-Madrid. 1951
), en 1924.
3 Acoso escolar.
4 Dicha nota puede consultarse en:
http://parquedelajedrez.blogspot.com/2008/04/quin-le-cree-eusebio-leal.html
5 “Nombre dado a niños o jóvenes educados y de buena crianza, salidos de familias de bien que rechazan o son renuentes a participar en Escuelas al Campo, labores agrícolas, ‘internacionalistas’ o trabajos duros impuestos por el sistema”.
http://www.cartadecuba.org/diccionario_de_la_revolución.htm
6 “Individuo que está en contra del ‘proceso histórico’”. Ídem.
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MÁS DE TERESA DOVALPAGE:
www.dovalpage.com

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DATOS DE LA AUTORA:
Elena Méndez (Culiacán, Sinaloa, México, 1981).- Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Narradora. Redactora de Homines.com. Subdirectora de Revistaespiral.org. Ha participado en los talleres literarios de los escritores mexicanos María Baranda, David Toscana, Cristina Rivera Garza, Andrés de Luna, Federico Campbell, Anamari Gomís y Antonio Deltoro. Textos suyos han sido publicados en España, Chile, México, Estados Unidos, Brasil y Colombia.
FOTO: Lia Wright

sábado, maio 17, 2008

CONTEMPORÁNEA/OWENIANA


Vine a la Cátedra Gilberto Owen porque me dijeron que la impartiría una vaca sagrada, un tal Vicente Quirarte. Adriana Velderráin me lo dijo. Ella trabaja en El Colegio de Sinaloa. Y yo le prometí que iría a inscribirme en cuanto fuera lunes. "Será completamente gratis, pero con el compromiso de no faltar a ninguna clase y cumplir todos los requerimientos", me recomendó. Y me inscribí. Admito: no había leído libro alguno del citado catedrático, y muy poco de Owen y de los Contemporáneos*, sobre quienes versaría dicha actividad. A quien más había leído era a Villaurrutia. Ya en la Cátedra, me encontré a un hombre apasionado de su oficio. Quirarte, Vicente Quirarte -uno de los alias de Elvis Alezcano en Efecto Tequila, en la ficción; en realidad, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua**-.
Los Contemporáneos, afirma, se hablaban de usted, eran insolentemente jóvenes e inteligentes, tremendamente pedantes y valientes, temibles y rechazados. Archipiélago de soledades, grupo sin grupo, en palabras de Villaurrutia y su voz que madura. Paralelo mexicano de la Generación del 27, que había redescubierto a Góngora. Narcisistas desde los genes, que aprovechaban cualquier circunstancia para demostrar lo ingeniosos y brillantes que eran. Hijos pródigos de sí mismos, poetas sólo para numerables lectores, sostendría Owen, siguiendo a uno de sus primeros modelos, Juan Ramón Jiménez: La poesía debe ser para la inmensa minoría. Reconciliados con su verdad de amor gracias a André Gide. Proclives a lo experimental en un inicio, luego fervientes clasicistas. Afectos a la lotería cuyas cartas-temas eran los siguientes, según establece Quirarte: El Niño-Ángel, La Poesía, El Ensayo, El Amor, La Muerte, La Patria, La Canción, La Novela, La Amistad, La Ciudad.


En la segunda parte nos enfocamos ya a la figura de Owen, quien se asumía como la conciencia teológica de los Contemporáneos. En cómo urdió un mito sobre sí mismo, tan verosímil que aún es tomado como dogma, incluso, por los estudiosos de su obra. En su pasión no consumada por Clementina Otero y el epistolario amoroso que le escribiera a ésta. Quirarte sostiene que, en el fondo, Owen no quería que le correspondiera. En palabras de éste: Algunas veces me he puesto a pensar angustiado, en lo espantoso, en lo monstruoso que sería un noviazgo entre nosotros. Ante lo que Quirarte exclamaría: Tan feliz que hubiera sido con Villaurrutia...
Posteriormente su estrecha relación con su sobrina Blanca Margarita daría origen a Libro de Ruth. Mediante su yo lírico, Booz, le suplicaría: Huye de mí, que soy elvientoeldiablo que te arrastra".
Citando a Sábato, Owen emprendería un viaje de ida y vuelta a la locura. Uno de los mejores poemas del rosarense, considera el académico, es Sindbad el varado, donde encuentra un trasfondo amoroso permeado de desencanto: Acaso te he perdido con saberte.
En dicho texto, la figura del padre es un leitmotiv del desamparo: (...) ese párvulo que esta noche se siente solo e íntimo/ y que suele llorar ante el retrato/ de un gambusino rubio que se quemó en rosales de sangre al/ mediodía.
Catulo diría: Toda juventud es sufrimiento. Hasta que éste es curado por el tiempo, la sabiduría y la muerte. Owen hace de su poesía un canto al dolor que no resulta lastimero, sino grato: Ya no va a dolerme el mar, /porque conocí la fuente.
Quirarte: Gracias por esta cátedra, por usar el corazón en los ojos, como Owen...
*Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Gilberto Owen, Salvador Novo y Elías Nandino.
**Ostenta el lugar que perteneciera a Carlos Pellicer.


LA VERDAD DE LA FICCIÓN*


Como novelista, he establecido mi territorio de ficción en las debilidades humanas, en la parte oculta de la doble moral que por lo mismo es la que más tentaciones despierta, en la suposición de que una persona, una ciudad o un país son vulnerables por su falta de respeto a las leyes y a los principios básicos de convivencia humana. ¿Cómo he llegado a eso? Probablemente por lo que veo, oigo y deduzco, por lo que leo, imagino y supongo. Quizá también por mi forma de ir por la vida entre estar presente y ausente que es como me gusta. Lo único cierto es que no estoy seguro de cómo ocurrió.
La ficción me ha dado un espacio vital donde me muevo a mis anchas, sin mayores restricciones, feliz de que Platón y sus discípulos hayan fracasado. Ellos concibieron una ciudad sin poetas. Detestaban a Homero porque en la Iliada había contado cómo lloraban los griegos en el sitio de Troya, y en la Odisea cómo Odiseo le rogaba a Calipso para que le permitiera continuar su regreso a Ítaca. Querían enmendarle la plana a un tipo que había sido soldado y que seguramente sabía la tremenda soledad del frente de batalla.
La ficción es un campo donde la verdad no es importante; sin embargo, es in abolible, cada tanto aparece sin que se le llame, y no siempre es el escritor el que la detecta, generalmente es el lector, ese poderoso ser que disfruta, estudia, discrimina y llega a las más extrañas conclusiones. Le encanta, por ejemplo, encontrar referentes reales, hechos repetidos. La mayoría son expertos en ubicar medias verdades y confiesan que las verdades completas no les llaman la atención. Al final la ficción y la verdad se echan la mano, van juntas, definen el claroscuro en la narrativa. Ricardo Piglia asegura que se ayudan, que “entre la verdad y la falsedad se juega todo el efecto de la ficción”.
Cada vez que me dicen que mi literatura cuenta la realidad me asusto un poco. Nunca he tenido la certeza de que lo que cuento sea real y mucho menos que sea verdadero. Siempre parto de historias imaginadas y por lo general apuesto a la lengua viva, la cotidiana. Claro que tampoco rehuyo la violencia o el punto de quiebre donde un ser humano que ha llevado una vida correcta se convierte en un fanático de la ilegalidad. Esto ha provocado que más de un crítico hable de mi literatura como emergente y a veces como marginal, y por supuesto, también como realista.
Quiero detenerme un momento. El crítico Hermann Herlinghaus, cuando se refiere al libro Ciudad letrada de Ángel Rama, toca este punto que me parece importante: “En la medida en que se identificaba la modernidad con situaciones y procesos urbanos alrededor del núcleo de una cultura escrita, las culturas populares resaltaban como culturas de etnias locales, destinadas o bien a rechazar una supuesta contaminación de todo lo moderno, o bien a enfrentar una inevitable agonía”. Como Herlinghaus se explaya después, las culturas populares no han muerto, han sobrevivido a cualquier cantidad de embates de la modernidad y continúan desarrollándose y tomando lo que les es útil de cualquier parte. Desde el tango a los corridos pasando por el bolero; desde las crónicas de Manuel Gutiérrez Nájera a las de Carlos Monsiváis, desde la narrativa de Manuel Payno y José Tomás de Cuéllar que dan señales del México decimonónico, hasta las páginas reveladoras que en la actualidad escriben los miembros de la Narrativa que viene en Sinaloa.
Las tradiciones se han mezclado. El lenguaje de los barrios es probablemente el enlace entre el campo y la gran urbe. Pero las historias que cuentan se repiten, son muy parecidas cuando no iguales a las de la ciudad letrada. Con frecuencia nos enteramos de nuevas Medeas, nuevas doñas Bárbaras o nuevos Migueles Páramo. La literatura y sus modelos. Y cuando tratan de violencia no tienen problema, porque en nuestro tiempo nada parece más universal que la violencia. En cuanto a la forma hay un principio de modernidad que va más allá de la eficacia del discurso, y donde todos parecemos tener los mismos maestros o cuando menos el mismo punto de partida y los mismos referentes y al final, tal vez los mismos logros.
¿Soy un autor emergente, marginal o las dos cosas? No lo sé. No puedo negar lo que mi ciudad me da. Toda una gama de colores, sabores, sonidos, actitudes, sueños y leyendas. Me debato entre mis percepciones y los hechos. A veces, olvido mi formación, mi filiación con Rulfo y Fernando del Paso, que es decir con Faulkner y Joyce, a la literatura hecha con historias cotidianas siguiendo una visión literaria que se detiene en el estilo y en una concepción trascendente del acto de escribir. La realidad da y quita. Ray Bradbury, uno de los más apasionados maestros de la narrativa de ciencia ficción, cuenta en su libro, Zen en el arte de escribir, que una noche que paseaba con su mujer por una playa de California, dieron con las ruinas de un muelle y los restos de una montaña rusa derrumbada en la arena y roída por el mar. ¿Qué hace ese dinosaurio tirado en la playa? Inquirió. Su mujer que era sabia no respondió. A la noche siguiente, el maestro fue despertado por la sirena de un barco que sonaba insistentemente. Para él no había tal barco, era el dinosaurio que asistía a una cita amorosa. Como se ve, la realidad es el perfecto provocador, lo lleva a uno a los recuerdos o a la creación de un futuro probable.
Si soy emergente porque elegí un lenguaje para contar mis historias, lo acepto, aunque nunca haya pretendido abandonar la ciudad letrada de que habla Rama; si soy marginal por la dureza de mis temas, tampoco es algo de lo que quiera huir. Si hay verdades en mis novelas, no son el eje de mis ideas, o en todo caso serán elementos afectivos que siempre me abren el corazón de mis lectores.
He contado lo que debía contar, si he sido contracultural me encanta, aunque tampoco lo haya buscado. Lo que siempre he deseado y sigo en la idea, es hacer una literatura vital, representativa de mi tiempo, que a la vez que provoque sonrisas induzca irritación, preguntas y mejores respuestas. Me complace por breves instantes ser la voz de un pueblo, ser su habla, su ironía, su temeridad y su desconcierto. No se me tome a mal, pero también me halaga ser una de sus vías a la utopía. Me encanta ser culichi.
Al principio, con mi primera novela Un asesino solitario, estaba seguro que había escrito una novela de lenguaje, una obra donde el personaje principal era el habla de una región que es el norte de México y que me daba una postura en la narrativa nacional. Nada de eso ocurrió: resultó una novela política, y de ahí una novela de delito con alta dosis de Naturalismo. Afortunadamente, Aurelio Major, mi editor me advirtió lo qué pasaría y que si mi libro era una novela de lenguaje se consideraría después y en el ámbito académico, donde, sin embargo, la mayoría de los estudiosos concluyen que soy emergente o marginal. Esto tampoco es nuevo. Los escritores generalmente tenemos opiniones equivocadas de nuestra obra.
En El amante de Janis Joplin, impactado por la conexión natural que se dio entre los lectores y mi primera novela, trabajé sobre dos aspectos que flotaban a mi alrededor a principios de los setenta: el narco y la guerrilla. Fueron años de iniciación para muchos de los que siguieron cualquiera de las dos vías, y en algunos casos, y según flotaba en el viento, sostuvieron algún tipo de relación. Recordaba algunos puntos para suponer eso. Fueron los lectores los encargados de relatarme cómo habían ocurrido las cosas y la naturaleza de sus alianzas.
No abandono mi voluntad de hacer una literatura que se apoye lo más posible en nuestra habla, ni tampoco mi idea de hacer una prosa seductora, con sonoridad y dramatismo. Desde luego que expreso la realidad, Aspectos identitarios, les llama Elizabeth Moreno, y aunque espero que algo sea considerado exclusivo de mi territorio imaginario, mis lectores se ejercitan en el arte de encontrar verdades con mucho éxito.
En Efecto Tequila, una novela del 2004 que apenas está encontrando sus lectores, partí de hechos reales: un nuevo Registro que era un nuevo impuesto a la adquisición de automóviles, y la guerra sucia en Argentina. Ambos campos terribles. En los límites del barroco, y con gran apoyo de la cultura popular, desarrollé una historia de espionaje, y llevé mi idea de contar hasta sus últimas consecuencias: una mezcla de hilos discursivos que abarcan, acciones, imaginaciones, recuerdos, intervención del narrador, descripciones y habla. Todo dentro de un fraseo ágil que indujo a Verónica Flores, mi editora actual, a plantearme la necesidad de un par de estaciones donde mis lectores pudieran descansar antes del infarto. Así lo dijo. Aún no sé si su petición fue un halago o un severo cuestionamiento a la dinámica de mi estilo.
Con los años, he tenido pocos señalamientos sobre lo que tiene de verdad esta novela, a no ser por los comerciales que utilicé como elementos de ruptura de clímax y que han despertado toda clase de comentarios a favor y en contra y no son pocos los que los han considerado una impertinencia.
Una noche en que no podíamos parar de hablar de Don Quijote y de Pedro Páramo, plop, me llegó la idea de Cóbraselo Caro, mi homenaje al maestro de Jalisco. La mayoría de los capítulos los escribí estudiando las notas que levanté en la tierra de Rulfo. Los caballos sobre el empedrado, el panteón de Tuxcacuesco, la iglesia sin torre de Apulco, el mezcal, las carnitas, el sol de mediodía, una casa en Sayula, los caminos, el polvo. Cuando al final no podía cerrar la novela, recordé la casa donde había crecido, la casa de mis abuelos Herlinda y Tomás tan llena de fantasmas y mujeres espectrales que pedían pesetas blancas o la escena donde el tío Juan lleva a su mujer con sus padres y jamás vuelve por ella, igual que Pedro Páramo con Doloritas. ¿No es eso realidad? Yo, que la viví todos los días de mi infancia digo que sí porque todo eso era parte de nuestra vida. Cualquier tarde la lumbre sonaba: Albricias, decía mi abuela, roguemos a Dios que sean buenas, y dos días después añadía: Hoy vendrá uno de mis hijos a visitarnos y esa tarde llegaba cualquiera de mis tíos. Mi abuela no era adivina, líbrenos Dios, simplemente sabía leer su realidad. Era un acto de sabiduría, y como dice Zygmunt Bauman, “...a diferencia del conocimiento, la sabiduría no envejece”.
Balas de Plata, mi entrega más reciente, me ha traído el tema de nuevo. Es una novela con un largo período de incubación que me llevó cerca de treinta meses terminar. Igual que en todas, se presenta algo en la realidad que me seduce e induce por largos periodos para imaginar personajes, situaciones, tiempos y me olvido, logro olvidar que he partido de un hecho, o de un guiño de la realidad. Casi siempre son las preguntas, cuando el libro es publicado, las que me traen de regreso. El primer capítulo de Balas de plata fue el último que escribí, pretendía crear un personaje con una vida propia, independiente de su trabajo de investigador policiaco, alguien que se quedara con los lectores. Busco que mis personajes sean entrañables, en mis novelas anteriores lo he logrado a base de referentes familiares a todo mundo; durante el tiempo de escritura pruebo varios elementos. No quiero repetir y no encontraba algo para el Zurdo Mendieta. Sé que muchos de mis lectores tienen apego a lo monstruoso de la vida y entonces se me ocurrió que fuera un personaje abusado, lo cual hasta ahora sólo ha levantado un par de comentarios. Lo que llama la atención es una expresión que utilicé como literaria y que sin embargo hasta ahora es la que más ha llamado la atención y señalada en el 90% de las entrevistas: “la modernidad de una ciudad se mide por las armas que truenan en sus calles...”
¿Qué pensaba, vi, escuché o leí cuando concebí esa frase? No lo recuerdo. Apresuré respuestas ante los medios mientras buscaba el soporte de mi discurso, que no correspondía sólo a mi ciudad o a mi país, sino a un mundo convulsionado por sí mismo, que es su peor enemigo y todos los días se depreda de alguna manera. Por primera vez, supe que no podía huir de la vida que da sustento a mis frases. Y por primera vez también, comprendí que mi literatura partía de un cúmulo de certezas colectivas, que tienen que ver con el mundo, con la época tan particular que nos está tocando vivir. Cómo quise en ese momento ser otro escritor. Por ejemplo un escritor erótico en el imperio de los cuerpos y las prohibiciones, un escritor de novelas amorosas y reciclar la tragedia de Romeo y Julieta o la inasibilidad de la Maga. Refugiado en la poética de los techos de múltiples ciudades y estilos arquitectónicos, supe que no podía ser otro. Qué llevo una ciudad en la sangre y muchos rincones en el corazón, que cuando estoy más solo o más poblado es mi tema difuso, aunque hable de Joyce, Verona o las bicicletas de montaña.
He visto mi ciudad de frente y de perfil. Desde un hospital, un callejón sin salida o el Mercado Garmendia. He sido testigo de cómo se la traga el mundo y de como cada mañana se yergue con un diente menos, y es esa ciudad, viciosa y pendenciera la que entra por mi ventana, me acaricia y susurra palabras al oído, recetas increíbles para escapar de la frustración o estados de ánimo para seguir a dónde sea. Nunca diré cómo lo dice, no lo haré por educación y por respeto y al maestro Antonio Hass, que era un artífice del buen decir y del perfecto escribir, a quien manifiesto mi respeto y admiración más acabados.
No recuerdo haber elegido ser escritor realista. Bastante tenía con querer escribir una historia correctamente. Nunca me he preocupado por lo que puedan decir mis personajes. Me preocupa cómo lo dicen, cuándo y dónde; las palabras que usan, la emotividad que espero experimenten mis lectores; pero no por las verdades que identifiquen, sino por la sorpresa de la forma, el ritmo narrativo o la mezcla de elementos de la vida cotidiana en el discurso narrativo. Vamos, por el lujo de ver convertida nuestra ciudad, como diría Walter Mignolo, en una entidad ficcional.
No obstante, parece que he llegado más allá de lo que era mi pretensión.
Si hay verdades en Rulfo, Del Paso o Joyce, en García Márquez, Cortázar o Vargas Llosa, En Juan José Rodríguez, César López Cuadras o Alfonso Orejel, es algo que como lector jamás he advertido. Leo como niño, identifico y me regocijo con los elementos de la ficción donde la verdad pesa tan poco. Pues claro, la ficción es un discurso sobre una situación imaginaria que no tiene mayor apego a la verdad. Aunque mis lectores mexicanos localicen referentes inquietantes cuya correspondencia no es precisamente la ficción. Sé que mi contribución a mejorar el mundo, si es que existe, es mínima, si acaso un pequeño empellón en la búsqueda de la utopía de cada quien; sin embargo, a mí y a los culichis, ahí los quiero ver para que nos quiten lo bailado...
Muchas gracias.
*Discurso de aceptación e ingreso del Maestro Élmer Mendoza a El Colegio de Sinaloa.
(Culiacán, Sinaloa, México, 16 de mayo de 2008).