quarta-feira, novembro 07, 2007

DILATACIONES

Para Elena Méndez

La moneda cayó por el lado de la soledad y el dolor.
Andrés Calamaro

I

Hemos envejecido copiosamente. O tal vez sólo lo necesario. Aunque la suficiencia escasee en tiempos modernos, aunque suficiente represente más bien poco. Casi nada. Soy yo frente al espejo y este geranio en la ventana. Hace un par de días el geraniáceo gozaba de buena salud. Tenía rebosantes pétalos naranjas, un carpelo sólido. Pero se ha marchitado. No sé desde cuándo, pero lo he encontrado cabizbajo esta mañana. Medito sobre cómo pasa el tiempo mientras reviso los cuatro pelitos blancos que hoy han aparecido a un costado de mi cráneo. Los descubrí por accidente, casi con ese azar con que ocurren la mayoría de los hallazgos. Todo porque vine a orinar. Son pocas las ocasiones en que logro mirarme al espejo, porque temo a ese par de pupilas que rebotan. Ya lo vaticinaba Freud, nadie soporta enfrentarse a su yo. Y tenía razón. Pero fue suficiente un vistazo para detectar a ese cuarteto de intrusos en mi sien izquierda.

II

Sí. Hemos envejecido. Alguien en el edificio escucha música a todo volumen. Es una canción que estuvo de moda a mediados de los ochenta. No sabía que ocurriera. Lo de la música alta, quiero decir. Pensaba que este edificio era tranquilo. Quizá porque no suelo permanecer en casa a estas horas de la tarde. Ahora mismo debería de estar sentado en el piso veintitrés de la Torre Siglum revisando cheques y pagarés, o mirando el ajetreo de Avenida Insurgentes en esos momentos en que mi vista oscila de la hoja de cálculo hacia el otro lado de la ventana, y mi mente de los dividendos a la ociosidad. Porque es ocioso estar pensando en mi vecina, me digo cada vez que ocupo algunos segundos para recordar esos zapatos de tacón alto, ese cabello negro cubriendo la redondez de su rostro que a veces observo cuando cruza el corredor del edificio. Y entonces suelo regresar a lo mío, a ese ISR de los sueldos, a las primas decembrinas que deberán pagarse a los empleados.

III

Lo sé. Hemos envejecido. Somos este arcaico libro de hojas amarillentas, y yo, enclaustrados en la cocina. Observo la portada: Comida saludable. Fue un regalo que me heredó la abuela. Paso con lentitud las hojas del recetario sin saber qué elegir. Las páginas se desprenden, o dejan un tono ocre entre mis dedos. Tengo varios días de incapacidad. Me siento, y seguramente parezco, como león enjaulado. Exceso de ácido úrico, dijo el médico del corporativo. Gota, en pocas palabras. Por eso tienes el dedo gordo del pie izquierdo hinchado como un rábano, remató el doctor Sainz, a quien he visitado pocas veces en lo que tengo de trabajar para el despacho. Te daré cinco días, porque además te hacen falta, y entonces, ya no me dejó mediar palabra, explicarle que los bonos navideños no están concluidos, que los trabajadores necesitarán el dinero para la cena de Navidad, los regalos, las vacaciones, y esos juguetes que los Reyes Magos traerán a sus hijos, desde luego. Me decido a preparar la sopa de cebolla y los chayotes empanizados.

IV

Así de simple. Todo envejece. La comida ha irritado mi estómago. La mancha urbana se extiende: mitad moderna, mitad caduca. Según mi apreciación. Mentiría si aseverase que desde el ventanal de mi departamento se contempla la totalidad. Pero bueno, se alcanza a ver gran parte. Por lo menos de aquí a donde los aviones suben y bajan. También la Torre Mayor y sus cincuenta y tantos pisos. Y para el otro lado hasta el cerro del Chiquihuite. Aquél donde están las antenas de radio y televisión, ese que según el loco de Efraín un día iba a dinamitar. Claro, eso lo decía hace diez años en la facultad. Ahora maneja un BMW que estaciona a la entrada de su casa en Santa Fe, vacaciona con su mujer en Europa una vez al año, y manda cerca de quinientas tarjetas de felicitación cada Navidad, justo como la que acabo de recibir por la mañana. Cierto, nos hemos vuelto esclavos de aquello que juramos no hacer. Y desde donde lo veo, no hay remedio. Estoy decidido a liquidar a estos intrusos de mi cabeza. Dejaré los trastes sucios para después.

V

Ya lo decía: hemos envejecido. Y es que no son nada más estos pelitos blancuzcos que ya he extraído de mi cabeza. Ni la resequedad de mi geranio. Reviso mis correos electrónicos y Celeste me comunica que va a ser madre. Un hijo a los treinta y cinco. Ella dice que es la edad ideal. Y si ella lo dice yo lo creo. Siempre creí en cada frase que Celeste repetía en mi oído. Incluyendo que algún día viajaríamos alrededor del mundo. Por supuesto los caminos se bifurcaron más de lo previsto, más de lo deseado, quizá. Luego me cuenta que ha planeado su embarazo acorde con el calendario chino de procreación, y si los cálculos no le fallan tendrá un varón en el año del Perro. Creo que es mejor ir a fregar los trastes.

VI

Envejecemos. Este antiguo departamento con algunas vigas descarapeladas en el techo, y yo sentado frente al ventanal. Miro el reloj: cada paso del segundero hacia la derecha, es un paso hacia la muerte. Hay un grado de comprensión cuando tienes que hacer las cosas por ti mismo, y para ti mismo. Enfermas y nadie está para arrimarte la pastilla y una taza caliente de té, o colocarte la pomada en el dedo gordo del pie izquierdo, sí, porque tanto trabajo te cuesta inclinarte por culpa de ese vientre respingado, por ese dolor que parte en el coxis y sube por toda la columna hasta el cerebelo, por todas esas horas que pasas frente a los números del corporativo. Y entonces me acongoja pensar en el asunto de los aguinaldos, de las primas decembrinas. Aunque debería de importarme nada, porque al menos yo no tengo que gastar en cena navideña, ni regalos, ni día de Reyes.

VII

Hemos envejecido. Somos esta planicie de cartón con colores deformados y yo. Ciertas piezas lucen arrugadas, otras sucias de comida. Hasta tengo la impresión de que algunas se han perdido. Bien me lo dijo Martha en los pasillos de la sección Juguetería en el Wal-Mart: con una de diez mil piezas te vas a volver loco. Y peor lo que añadió: Ay, Marín, llevarte un rompecabezas a casa en lugar de toallas sanitarias, pañales y despensa, es en verdad deprimente. Por supuesto que no le tomé importancia. Siempre se tiene toda una vida para la locura. Supuse que lo decía de pura envidia porque ella llevaba un carrito repleto de víveres para su bebé de tres años y su marido; yo en cambio utilicé mi quincena en este rompecabezas y en unas nuevas bocinas para mi IPod, ese reproductor con carátula morada que ya no me satisface más y que ahora toca algo de Calamaro. Pero vuelvo a lo de Martha y he de reconocerlo, se le miraba radiante. Con ese destello en las pupilas. Como si en cada una trajese el retrato de su bebé y su marido respectivamente. Y yo puras irritaciones con este montonal de piezas de cartón. Apenas y se vislumbra, con mucha imaginación, el perfil izquierdo de la Monalisa. Mejor llévate algo más colorido, un Picasso, un Monet… Entre tanta lobreguez te vas a morir del aburrimiento, me advirtió Martha ya estando en la caja, y creo que tenía razón. Nada ensambla en mi vida.

VIII

En definitiva hemos envejecido. Quiero decir mi casero y yo. Ha venido por lo de la renta y tiene un par de líneas que le arrugan la frente. En serio. Hace cinco años que lo conozco; juro que tenía el ceño planchadito y brillante. Ni qué decir de mis cuatro canas. Ya lo señalaba José Ingenieros: Encanecer es una cosa triste, anuncia el crepúsculo. Yo no me lo tomé tan en serio el día que lo leí, y prometí no darle demasiada importancia para cuando apareciera la primera… Bueno, solo sentí miedo esta mañana y zas, me las arranqué. Aunque me tuviese que enfrentar al espejo freudiano. Entonces no entendí lo del crepúsculo, pero ya caigo en la cuenta. Son los pelos blancuzcos; estos cinco días de incapacidad por la hinchazón del dedo gordo en mi pie izquierdo; la dieta balanceada que anula toda posibilidad de probar grasas y alcohol; cierta necedad de mi madre sobre cuándo me voy a casar y cuándo voy a formar una familia y esas cosas que siempre pregunta en cada carta, como ésta que llegó al mediodía por correo ordinario y que me causa tanta gracia porque seguro apenas transitó cuatro o cinco días entre las bóvedas y el papel ya comienza a ponerse correoso. Todo se agria. Todo se añeja.

IX

Definitivo. Hemos envejecido copiosamente. Miro la ventana y la ventana me mira a través de mi reflejo. Bebo un poco de vino chileno aunque el médico me lo tenga prohibido. Y no puedo evitar un suspiro cuando veo que mi vecina cruza el largo pasillo, y me pongo triste de esta pena que me corroe en el interior y que nunca me ha dejado cruzar palabra con ella. Cinco años así. Sólo mirándole esos zapatos de tacón alto, ese pelo rizado cubriendo la redondez de su rostro, preguntándome qué es de su vida, por qué entra y sale ya a las nueve, ya a las once, ya al filo de la medianoche. Un día de estos abriré la puerta, como por casualidad, y diré cualquier cosa, pienso, porque seguro ya estoy ebrio, porque esta media botella de tinto ya me ha embotado y hasta me han dado ganas de orinar y ahí voy al baño y apenas le atino al retrete y el geranio me mira desde la ventana con su rostro derrotado. Hecho un rápido vistazo en el espejo y sí, al parecer los intrusos no han regresado a mi cien. Ni lo harán. Porque mañana mismo compraré un Just For Men. Regreso a la ventana para seguir mirando la ciudad. El día casi ha fallecido. El primero de cinco. No sé si resistiré cuatro más. Creo que sí, que lo haré. Porque ahí está mi vecina que ahora ha vuelto a salir; esa figura de la Monalisa por completar; algún correo de Celeste para que me responda si será niño o niña; y este recetario con hojas percudidas que me enseñe a preparar alguna crema de elote, alguna sopa de verduras; o la cuerda de alpinista que dejó olvidada Raúl y esa viga en el techo… Ya será mañana. Entonces restará un día y faltarán cuatro. De cualquier forma siempre tengo la sensación de que estoy en deuda con algo, con alguien.

Rubén Don
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DATOS DEL AUTOR:
Rubén Don (Ciudad de México, 1977). Es licenciado en Ciencias de la Comunicación. Ha sido corresponsal en México de la Agencia Internacional de Noticias Literarias Librusa (www.librusa.com), colaborador del suplemento Arena del periódico Excelsior, editor web y redactor de las revistas Conozca Más y PC Magazine. Ha publicado la novela La consecuencia de los días (UACM, 2005), Premio Nacional de Narradores Jóvenes 2005; y Negativos extraviados en el placard (Amarillo Editores, 2006). Actualmente colabora para la revista Swishy, para los portales Homines (www.homines.com) y Espiral (www.revistaespiral.org); y escribe a cuatro manos la novela Casa de campo con el escritor argentino Alejandro Cavalli.

2 comentários:

Omar disse...

Buen cuento... imagino que te habrán dado a escuchar el tema de Calamaro cuyo fragmento de letra sirve de epígrafe.

elena disse...

Me alegra que os haya gustado.

Sí, conozco la canción.

Besos...

Elena