terça-feira, novembro 27, 2007

EL TUSQUETS ES PARA EL ÉLMER

Élmer Mendoza, alias El Europeo, acaba de obtener el III Premio Tusquets Editores de Novela 2007 por Balas de plata.

sábado, novembro 17, 2007

"QUÉ ABURRIDAS SON LAS ENTREVISTAS, ¿VERDAD?"


Por fin he podido entrevistar a Federico Campbell. Baste decir, por el momento, que remató así la conversación: "Qué aburridas son las entrevistas, ¿verdad?".
FOTO: Carlos Méndez

quarta-feira, novembro 14, 2007

CUARTETO DE POMPEYA

I
Nos desnudamos tanto
hasta perder el sexo
debajo de la cama,


nos desnudamos tanto
que las moscas juraban
que habíamos muerto.


Te desnudé por dentro,
te desquicié tan hondo
que se extravió mi orgasmo.


Nos desnudamos tanto
que olíamos a quemado,
que cien veces la lava
volvió para escondernos.


II
Me hiciste tanto daño
con tu boca, tus dedos,
me hacías saltar tan alto


que yo era tu estandarte
aunque no hubiera viento.
Me desnudaste tanto


que pronuncié tu nombre
y me dolió la lengua,
los años me dolieron.


Nos desnudamos tanto
que los dioses temblaron,
que cien veces mandaron
las lavas a escondernos.


III
Te frotabas tan rápido
los senos que dos veces
caí en sus remolinos,

movías el culo lento,
en alto, para arrearme
a su negra emboscada,


su mediodía perenne.
Abrías tanto su historia
gritaba su naufragio...


Nos desnudamos tanto
que no nos conocíamos,
que los dioses mandaron
la lava a reinventarnos.


IV
Te desmentí de cabo
a rabo devolviéndote
a tus primeros actos,


te escudriñé profundo
hasta escuchar la historia
amarga de tu cuerpo,


pues sólo el amor sabe
cómo llegar tan hondo
sin molestar la sangre.


Esa noche la lava
mudó el paisaje en piedra.
Tú y yo fuimos lo único
que se murió de veras.


NOTA:
En Pompeya, entre otros cuerpos petrificados por las lavas y cenizas de la erupción del Vesubio (año 79), se conservan los de una mujer y un hombre en el acto amoroso.



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Fabio Morábito, "Cuarteto de Pompeya", en Lotes Baldíos, Fondo Editorial de Querétaro/CONECULTA/Instituto de Cultura del Municipio de Querétaro, Querétaro, 2004, pp. 77-80.



sábado, novembro 10, 2007

CUANDO LAS LETRAS ARDEN: JAVIER MUNGUÍA


Javier Munguía: intenso, apasionado, riguroso en su oficio: la literatura, donde sueña con llegar a ser tan grande como Mario Vargas Llosa, su modelo a seguir.

Javier Munguía nació en Hermosillo, Sonora, en 1983. Es Licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora. Actualmente estudia la Maestría en Literatura Hispanoamericana en dicha institución.

Se desempeñó como editor de la revista literaria Manuel en el 2002; y, en el 2006, de la página cultural Letrarte del diario hermosillense Expreso.
En el 2007 fue becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora (FECAS) en la categoría Jóvenes creadores, disciplina Letras.

Textos suyos han sido publicados en El Imparcial, La línea del cosmonauta, Proemio, La Razón, Margen Cero, Ficticia, La Movida Literaria, Bestiario, Proyecto Sherezade, Andante26, Enfocarte y Homines.

Ha publicado dos libros de cuento: Gentario (Universidad de Sonora, 2006) y Mascarada (Instituto Sonorense de Cultura, 2007). Con este último obtuvo el primer lugar en el Concurso del Libro Sonorense, género cuento, en el 2006.

Entre sus temáticas destacan la identidad, la violencia, el autoengaño, el erotismo y las parafilias. Su estilo tiende a ser irónico, breve, oscilante entre lo tierno y lo mordaz.

Conocí a Javier por internet, al leer sus comentarios en el blog de un amigo mutuo. Me comuniqué con él tras leer su apasionada defensa de la literatura. Pronto simpatizamos e intercambiamos material narrativo. Tiempo después me compartió, emocionado, su primer libro, Gentario, y posteriormente Mascarada. Al leer ambos, me quedé pasmada ante la pasión que desbordan sus letras. Pasión oscura y a la vez sublime.
He aquí sus palabras que viajan a través de la luz, haciendo arder el espacio.

¿Cómo influye la obra de Mario Vargas Llosa en lo que usted escribe?

Mario Vargas Llosa ha signado definitivamente mi relación con la literatura. Quizá se escuche tremendista o exagerado, pero me parece que no lo es. No sólo la obra de Vargas Llosa me ha marcado, sino también su figura, su dimensión de intelectual comprometido con la honestidad y con su realidad circundante.
Desde que lo leí las primeras veces y hasta la fecha lo he visto como un modelo a seguir, como ‘el tipo de escritor que me gustaría ser’, en palabras suyas dedicadas a Flaubert. Estas impresiones han sobrevivido incluso a un encuentro no muy grato y francamente decepcionante con el peruano. Pero vamos, es una ingenuidad, lo reconozco, pensar que nuestro escritor favorito es tan simpático y buena gente como lo imaginamos al leer sus libros. Incluso a veces se espera que el autor pueda ver en el rostro de uno, como por arte de magia, tantas horas de lectura asombrada y enfebrecida. Pensando en todas estas ingenuidades de lector admirativo hasta la náusea es que escribí un relato llamado “La traición de Mario”, donde narro mi encuentro con el gran novelista y reflexiono veladamente sobre ese tipo de encuentros.
A Mario le admiro mucho su relación apasionada con la literatura. Es, antes que un gran escritor, un gran lector, y cree fervientemente en el poder de la literatura para transformar las vidas de sus lectores, aun no siendo esa transformación cuantificable. Cree, además, en el simple placer de leer un libro que no se deja abandonar, que lo coge a uno del cuello y no lo suelta hasta la última página.
Vargas Llosa, además, me descubrió a los 17 años las posibilidades de la forma en la narrativa y cómo un mismo argumento puede dar como resultado tanto una excelente como una pésima novela, por ejemplo; es decir, lo que vale no es tanto lo que se dice, sino cómo se dice. Quizá parezca una perogrullada, pero de veras que fue importante para mí en aquel momento asimilarlo.
No sólo es un novelista sofisticado Mario, audaz, un gran arquitecto de las estructuras literarias, sino que también tiene la suficiente sensibilidad como para saber cuándo y cómo golpear emocionalmente al lector. Estos dos elementos aunados, creo, que son los que me hacen su obra tan entrañable y atractiva.
No sé si en lo que llevo escrito sea tan clara la huella de Vargas Llosa, pero sin duda siempre está ahí en calidad de “demonio tutelar”.

¿El final de un cuento se obtiene por knock-out, como establecía Julio Cortázar?

La idea de Cortázar, una analogía entre narrativa y box, es que la novela gana por puntos y el cuento por knock-out, ¿no?. No estoy muy seguro de la veracidad de esa afirmación. Sin duda, cada cuento excelente que he leído ha sido un knock out en mi vida de lector. Pero todas mis novelas favoritas están llenas de sucesivos knock-out, uno y otro y otro y otro.
De hecho, no creo en una distinción muy tajante entre cuento y novela. La extensión, probablemente, aunque hay textos a caballo entre los dos géneros, como Los cachorros, Aura, El perseguidor, tantos otros.
Pese a lo anterior, prefiero la novela al cuento. No es que una obra maestra del cuento como “Un sueño realizado”, de Onetti, me parezca inferior logro a una novela mayor como El obsceno pájaro de la noche, de Donoso; pero me entusiasma más leer novela, quizá debido a que por su misma extensión, generalmente más amplia que la del cuento, permite presentar un mundo particular, con sus reglas y limitaciones, de manera más prolongada, y por lo mismo deja una impresión más viva y duradera en el lector.
Para hacer más contradictorio el asunto, hasta el momento sólo he publicado cuento, a pesar de que me veo más como novelista que como cuentista.

¿Qué aportó el boom latinoamericano a la literatura universal, según su perspectiva?

Viéndolo a la distancia, creo que el famosísimo boom de la novela hispanoamericana aportó a la literatura universal sobre todo tres o cuatro nombres esenciales para entenderla. Para Latinoamérica significó que quizá por primera vez el mundo pusiera los ojos en sus novelistas, quienes no sólo estaban al nivel de los novelistas europeos, sino a la vanguardia de ellos, por lo que se convirtieron en modelo de novelistas de Europa y de otros lugares del mundo. Algo parecido a lo que ocurrió en el ámbito de la poesía en el siglo XIX con Rubén Darío y su modernismo.
Es muy importante tener claro que el boom no fue un movimiento literario (es frecuente que se dé esa confusión), ni una tendencia. Fue una promoción de escritores que coincidentemente publicaron algunas de sus grandes novelas en la década de los 60 y alcanzaron, en mayor o menor grado, reconocimiento universal.
El acierto más grande del boom en conjunto, si se puede hablar en conjunto de ese grupo heterogéneo de escritores, es que asimilan técnicas narrativas novedosas de las novelas norteamericana y europea, y la aplican a sus obras, sin perder por ello su preocupación por la realidad latinomericana. Dotada con estas características, la novela del boom fue capaz de dar cuenta de la experiencia universal del hombre.

¿Hasta qué grado puede hablarse de originalidad en la literatura?

Permíteme decir una perogrullada más: no hay originalidad total. El Ullyses de Joyce puede haber revolucionado de manera definitiva la novela del siglo XX, pero sus antecedentes están tanto en el psicoanálisis como en Dujardin, Dostoievski, Stendhal, otros. Es decir, la originalidad no nace de la nada. En ese sentido, tiene mayor oportunidad de ser original, de reelaborar de forma novedosa lo ya hecho, de combinar de otra manera los elementos conocidos, quien mejor conocer el ámbito del que se ocupa.
A pesar de esto, y acotado lo que me parece la originalidad, sí creo una aspiración válida el buscar nuevas formas de expresión. Es una aspiración mía, de hecho. Creo que si la novela tuvo su revolución en el siglo XX, es plausible pensar que lo tendrá en el XXI. Las novelas escritas en el siglo XXI que he leído son una continuación de las del siglo pasado, donde se les podría perfectamente ubicar. Pero seguramente conforme avance el siglo se nos irán revelando los nuevos caminos.

Se han señalado en algunas reseñas a sus libros (pienso en la de Imanol Caneyada sobre Mascarada 1) ciertas reminiscencias freudianas. ¿Estaría usted de acuerdo con dicha afirmación?

La idea consignada por Imanol en su reseña de que en Mascarada hay una obsesión por las infancias rotas, lo cual relaciona con Freud, me ha resultado muy reveladora. Una amiga escritora, María Antonieta Mendívil 2, ya me había hablado de que encontraba en el libro varios cuentos sobre la pérdida de la inocencia. Es cierto: tanto en Gentario, mi primer libro de cuentos, como en Mascarada, el segundo, la infancia rota o pérdida de la inocencia es un tema clave. Pienso en cuentos como “Sospechas”, “El juego de Sarita”, “Cailleach”, “Recuento”. También en mis cuentos los personajes se engañan para recuperar la inocencia perdida, para hacerse creer que el mundo es menos triste: “Jackie”, “Rosas para Anita”, “José Luis”, “Mentiras de Glenda”.
Por tanto, el apunte de Imanol me parece un acierto.

¿Por qué predomina la violencia dentro de sus cuentos?

La violencia me interesa como tema literario en tanto situación límite. La violencia muchas veces nos lleva al borde de nosotros mismos y es en ese borde donde nos conocemos realmente, donde sabemos hasta dónde somos capaces de llegar como individuos.
También me interesa ese proceso -tan intrigante como retorcido- mediante el cual nos enamoramos de nuestros verdugos.
Sin embargo, la violencia sólo explica parte de mis cuentos. De la otra parte da cuenta el amor, que -mal que me pese- es un tema esencial en lo que llevo escrito. La búsqueda del amor, el encuentro del amor, la pérdida del amor, la ilusión de un amor repetidamente deseado y nunca conseguido, amor filial, amor carnal, amor platónico...

¿Mediante el erotismo se está realmente desnudo como persona?

Yo diría lo contrario. El erotismo es el vestido que mejor nos protege de las miserias cotidianas, de lo insustancial. Dice Vargas Llosa: “El erotismo es un enriquecimiento del acto sexual y de todo lo que lo rodea gracias a la cultura”. Me parece una estupenda definición. Sin nuestra imaginación, nos asemejaríamos más a los animales. El acto sexual no sería mucho más que la obediencia del instinto, la satisfacción del deseo carnal. Sin embargo, es, o puede ser, mucho más.
Lo que nos diferencia de los animales, además de la conciencia de nosotros mismos, es nuestra imaginación. Somos capaces, a través de esta poderosa arma, de transformar la realidad en algo más rico de lo que verdaderamente es.
La cultura en general y la literatura en particular enriquecen nuestra imaginación. Es por ello que Vargas Llosa aventura que un amante culto es mejor que uno inculto. Esta idea puede provocar escándalo y parecer disparatada a primera vista, pero pensándola bien tiene sentido, al menos teóricamente. Quien más ha estimulado su imaginación y sensibilidad con la belleza que la vida ofrece y el arte sintetiza, está, o debería estar, más capacitado para convertir sus encuentros sexuales en verdaderas celebraciones de los sentidos y de las transgresiones de la imaginación a los límites impuestos por la estricta realidad; o mejor, por el lenguaje convencional, ya que estoy convencido de que nuestra realidad de alguna manera es lenguaje y de que nuestro mundo es del tamaño de nuestra imaginación y de nuestro lenguaje.

Encontramos en usted una tendencia a presentar personajes ancianos. ¿Qué simbolizaría esto dentro de su obra?

Así como la violencia es una situación límite, la vejez es un estadio límite. Veo la vejez como un umbral, como una etapa de tránsito, quizá, entre la vida a la muerte, como un saberse cada vez más cercano a ese ineluctable misterio. Por ello me interesa. Además, me resulta absolutamente irresistible la imagen de dos viejitos fogosos y enamorados. O la del protagonista de La casa de las bellas durmientes: su cuerpo desastrado y nostálgico junto al palpitante cuerpo de la joven narcotizada. Esa nostalgia exagerada que yo imagino sentiré cuando sea viejo sería suficiente estímulo para elegir ancianos como protagonistas de algunas de mis narraciones.

¿Tiene planeado escribir novela?

Por supuesto. Ya adelantaba en una pregunta anterior que me veo más como novelista que como cuentista, aunque quiero frecuentar ambos géneros. ¿Por qué hasta el momento sólo he publicado cuento? Antes de escribir Gentario y Mascarada, escribí una novela que no creo vaya a publicar, pero que fue un muy buen ejercicio, pues me hizo sentirme capaz de abordar y concluir textos más extensos. Y es que escribir novela ha sido para mí hasta el momento una fuente inagotable de miedo. Escribir en general es una sensación de lanzarte al vacío sin red, pero particularmente la novela te exige arrostrar constantemente la sensación de que lo que escribes no lleva a ninguna parte. No me resignaba a esta sensación parecida a una condena hasta que supe que no es desconocida para grandes novelistas, aun en sus etapas de madurez. Esto me hace pensar que los escritores que llegan a escribir novelas que valen la pena no son sólo los talentosos, sino sobre todo persistentes. Soy un convencido de que el talento literario no es algo innato, sino construido por uno mismo. Claro, hay cierta sensibilidad y disposición propicias, pero me parece una tontería pensar que uno nunca va a ser García Márquez. Basta echarle una ojeada a los primeros cuentos o a la primera novela del Nobel colombiano para saber que incluso él no fue siempre ‘García Márquez’. De modo que hay que persistir. Y eso es lo que pienso hacer.

¿A qué atribuye su interés por la narrativa y no por otros géneros? Tenemos entendido, por ejemplo, que se declara poco asiduo de la poesía.

Desde muy pequeño, desde antes de empezar a leer, cuando era mi madre quien me leía los cuentos de una colección de libros llamada Mi primera enciclopedia, sentí una muy fuerte atracción por las historias. A fin de cuentas, es una necesidad milenaria del hombre la de explicarse el mundo a través de historias, ya sean reales o inventadas. Pero yo fui un niño especialmente atraído por los cuentos. Recuerdo que cuando fui capaz de leer por mí mismo la mencionada colección me podía saltar los datos históricos, los poemas, lo que fuera, pero jamás los cuentos. Estos atraían mi atención de manera natural y espontánea.
Creo que de ahí resultó el que ahora yo sea un narrador y no un poeta, aunque también escribí poesía de niño y unos cuantos poemas no hace muchos años; poemas que, por fortuna, nunca intenté publicar.
Siento que lo mío es la narrativa. La poesía me gusta, pero en pequeñas dosis. Me puedo conmover hasta las lágrimas con un poema de Blanca Varela, por ejemplo, o de Kavafis, pero difícilmente resistiré leer un poemario completo de cualquier de los dos. Me gusta más bien leer y releer varias veces los poemas que me conmueven, paladear su lenguaje y las sensaciones que me provocan.
Mi relación con la narrativa, en cambio, es voraz y pasional. Puedo pasar sin problemas jornadas de 12 o 14 horas leyendo cuando me gusta un libro de relatos o una novela, como si en ello se me fuera la vida. Eso sí: estoy muy lejos de esa idea borgesiana de que el paraíso es una biblioteca. De hecho, la idea en sí me parece monstruosa, ya que los libros nos hablan de la vida, de las relaciones entre personas, de nuestros sueños más admirables y disparatados. Y pues hay que cumplirle a esa otra amante, además de la literatura, que es la vida, para poder escribir libros que valgan la pena.

Elena Méndez
(Entrevista realizada el 28-oct-07)

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NOTAS:
1.- Dicha reseña puede consultarse en:
http://www.elimparcial.com/EdicionImpresa/
EjemplaresAnteriores/BusquedaEjemplares.asp?numnota=656789&fecha=14/10/2007
2.- Autora nacida en Cajeme, Sonora, en 1971. Escribe poesía y novela. Poemas suyos se han publicado en revistas y antologías de México y España. Por más de quince años se ha desempeñado como articulista y editora de revistas culturales y de pensamiento en México y España. Como colaboradora del portal español Sistema Observatorio de Internet (www.observatoriodigital.net ), sus artículos son reproducidos en medios virtuales de Latinoamérica y Europa. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en dos ocasiones y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Tiene tres libros publicados: en poesía, Cuenta Regresiva (Instituto Sonorense de Cultura); y en novela, Otros Tiempos (Equilibrio Editores) y más recientemente Duelo de noche (Almuzara).

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MÁS DE JAVIER MUNGUÍA:

www.javiermunguia.blogspot.com

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DATOS DE LA AUTORA:

Elena Méndez (Culiacán, Sinaloa, México, 1981).- Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Narradora. Redactora de Homines.com. Subdirectora de Revistaespiral.org. Ha participado en los talleres literarios de los escritores mexicanos María Baranda, David Toscana, Cristina Rivera Garza, Andrés de Luna y Anamari Gomís. Escritos suyos han sido publicados en España, Chile y México.

FOTO: Jesús Ballesteros

quarta-feira, novembro 07, 2007

DILATACIONES

Para Elena Méndez

La moneda cayó por el lado de la soledad y el dolor.
Andrés Calamaro

I

Hemos envejecido copiosamente. O tal vez sólo lo necesario. Aunque la suficiencia escasee en tiempos modernos, aunque suficiente represente más bien poco. Casi nada. Soy yo frente al espejo y este geranio en la ventana. Hace un par de días el geraniáceo gozaba de buena salud. Tenía rebosantes pétalos naranjas, un carpelo sólido. Pero se ha marchitado. No sé desde cuándo, pero lo he encontrado cabizbajo esta mañana. Medito sobre cómo pasa el tiempo mientras reviso los cuatro pelitos blancos que hoy han aparecido a un costado de mi cráneo. Los descubrí por accidente, casi con ese azar con que ocurren la mayoría de los hallazgos. Todo porque vine a orinar. Son pocas las ocasiones en que logro mirarme al espejo, porque temo a ese par de pupilas que rebotan. Ya lo vaticinaba Freud, nadie soporta enfrentarse a su yo. Y tenía razón. Pero fue suficiente un vistazo para detectar a ese cuarteto de intrusos en mi sien izquierda.

II

Sí. Hemos envejecido. Alguien en el edificio escucha música a todo volumen. Es una canción que estuvo de moda a mediados de los ochenta. No sabía que ocurriera. Lo de la música alta, quiero decir. Pensaba que este edificio era tranquilo. Quizá porque no suelo permanecer en casa a estas horas de la tarde. Ahora mismo debería de estar sentado en el piso veintitrés de la Torre Siglum revisando cheques y pagarés, o mirando el ajetreo de Avenida Insurgentes en esos momentos en que mi vista oscila de la hoja de cálculo hacia el otro lado de la ventana, y mi mente de los dividendos a la ociosidad. Porque es ocioso estar pensando en mi vecina, me digo cada vez que ocupo algunos segundos para recordar esos zapatos de tacón alto, ese cabello negro cubriendo la redondez de su rostro que a veces observo cuando cruza el corredor del edificio. Y entonces suelo regresar a lo mío, a ese ISR de los sueldos, a las primas decembrinas que deberán pagarse a los empleados.

III

Lo sé. Hemos envejecido. Somos este arcaico libro de hojas amarillentas, y yo, enclaustrados en la cocina. Observo la portada: Comida saludable. Fue un regalo que me heredó la abuela. Paso con lentitud las hojas del recetario sin saber qué elegir. Las páginas se desprenden, o dejan un tono ocre entre mis dedos. Tengo varios días de incapacidad. Me siento, y seguramente parezco, como león enjaulado. Exceso de ácido úrico, dijo el médico del corporativo. Gota, en pocas palabras. Por eso tienes el dedo gordo del pie izquierdo hinchado como un rábano, remató el doctor Sainz, a quien he visitado pocas veces en lo que tengo de trabajar para el despacho. Te daré cinco días, porque además te hacen falta, y entonces, ya no me dejó mediar palabra, explicarle que los bonos navideños no están concluidos, que los trabajadores necesitarán el dinero para la cena de Navidad, los regalos, las vacaciones, y esos juguetes que los Reyes Magos traerán a sus hijos, desde luego. Me decido a preparar la sopa de cebolla y los chayotes empanizados.

IV

Así de simple. Todo envejece. La comida ha irritado mi estómago. La mancha urbana se extiende: mitad moderna, mitad caduca. Según mi apreciación. Mentiría si aseverase que desde el ventanal de mi departamento se contempla la totalidad. Pero bueno, se alcanza a ver gran parte. Por lo menos de aquí a donde los aviones suben y bajan. También la Torre Mayor y sus cincuenta y tantos pisos. Y para el otro lado hasta el cerro del Chiquihuite. Aquél donde están las antenas de radio y televisión, ese que según el loco de Efraín un día iba a dinamitar. Claro, eso lo decía hace diez años en la facultad. Ahora maneja un BMW que estaciona a la entrada de su casa en Santa Fe, vacaciona con su mujer en Europa una vez al año, y manda cerca de quinientas tarjetas de felicitación cada Navidad, justo como la que acabo de recibir por la mañana. Cierto, nos hemos vuelto esclavos de aquello que juramos no hacer. Y desde donde lo veo, no hay remedio. Estoy decidido a liquidar a estos intrusos de mi cabeza. Dejaré los trastes sucios para después.

V

Ya lo decía: hemos envejecido. Y es que no son nada más estos pelitos blancuzcos que ya he extraído de mi cabeza. Ni la resequedad de mi geranio. Reviso mis correos electrónicos y Celeste me comunica que va a ser madre. Un hijo a los treinta y cinco. Ella dice que es la edad ideal. Y si ella lo dice yo lo creo. Siempre creí en cada frase que Celeste repetía en mi oído. Incluyendo que algún día viajaríamos alrededor del mundo. Por supuesto los caminos se bifurcaron más de lo previsto, más de lo deseado, quizá. Luego me cuenta que ha planeado su embarazo acorde con el calendario chino de procreación, y si los cálculos no le fallan tendrá un varón en el año del Perro. Creo que es mejor ir a fregar los trastes.

VI

Envejecemos. Este antiguo departamento con algunas vigas descarapeladas en el techo, y yo sentado frente al ventanal. Miro el reloj: cada paso del segundero hacia la derecha, es un paso hacia la muerte. Hay un grado de comprensión cuando tienes que hacer las cosas por ti mismo, y para ti mismo. Enfermas y nadie está para arrimarte la pastilla y una taza caliente de té, o colocarte la pomada en el dedo gordo del pie izquierdo, sí, porque tanto trabajo te cuesta inclinarte por culpa de ese vientre respingado, por ese dolor que parte en el coxis y sube por toda la columna hasta el cerebelo, por todas esas horas que pasas frente a los números del corporativo. Y entonces me acongoja pensar en el asunto de los aguinaldos, de las primas decembrinas. Aunque debería de importarme nada, porque al menos yo no tengo que gastar en cena navideña, ni regalos, ni día de Reyes.

VII

Hemos envejecido. Somos esta planicie de cartón con colores deformados y yo. Ciertas piezas lucen arrugadas, otras sucias de comida. Hasta tengo la impresión de que algunas se han perdido. Bien me lo dijo Martha en los pasillos de la sección Juguetería en el Wal-Mart: con una de diez mil piezas te vas a volver loco. Y peor lo que añadió: Ay, Marín, llevarte un rompecabezas a casa en lugar de toallas sanitarias, pañales y despensa, es en verdad deprimente. Por supuesto que no le tomé importancia. Siempre se tiene toda una vida para la locura. Supuse que lo decía de pura envidia porque ella llevaba un carrito repleto de víveres para su bebé de tres años y su marido; yo en cambio utilicé mi quincena en este rompecabezas y en unas nuevas bocinas para mi IPod, ese reproductor con carátula morada que ya no me satisface más y que ahora toca algo de Calamaro. Pero vuelvo a lo de Martha y he de reconocerlo, se le miraba radiante. Con ese destello en las pupilas. Como si en cada una trajese el retrato de su bebé y su marido respectivamente. Y yo puras irritaciones con este montonal de piezas de cartón. Apenas y se vislumbra, con mucha imaginación, el perfil izquierdo de la Monalisa. Mejor llévate algo más colorido, un Picasso, un Monet… Entre tanta lobreguez te vas a morir del aburrimiento, me advirtió Martha ya estando en la caja, y creo que tenía razón. Nada ensambla en mi vida.

VIII

En definitiva hemos envejecido. Quiero decir mi casero y yo. Ha venido por lo de la renta y tiene un par de líneas que le arrugan la frente. En serio. Hace cinco años que lo conozco; juro que tenía el ceño planchadito y brillante. Ni qué decir de mis cuatro canas. Ya lo señalaba José Ingenieros: Encanecer es una cosa triste, anuncia el crepúsculo. Yo no me lo tomé tan en serio el día que lo leí, y prometí no darle demasiada importancia para cuando apareciera la primera… Bueno, solo sentí miedo esta mañana y zas, me las arranqué. Aunque me tuviese que enfrentar al espejo freudiano. Entonces no entendí lo del crepúsculo, pero ya caigo en la cuenta. Son los pelos blancuzcos; estos cinco días de incapacidad por la hinchazón del dedo gordo en mi pie izquierdo; la dieta balanceada que anula toda posibilidad de probar grasas y alcohol; cierta necedad de mi madre sobre cuándo me voy a casar y cuándo voy a formar una familia y esas cosas que siempre pregunta en cada carta, como ésta que llegó al mediodía por correo ordinario y que me causa tanta gracia porque seguro apenas transitó cuatro o cinco días entre las bóvedas y el papel ya comienza a ponerse correoso. Todo se agria. Todo se añeja.

IX

Definitivo. Hemos envejecido copiosamente. Miro la ventana y la ventana me mira a través de mi reflejo. Bebo un poco de vino chileno aunque el médico me lo tenga prohibido. Y no puedo evitar un suspiro cuando veo que mi vecina cruza el largo pasillo, y me pongo triste de esta pena que me corroe en el interior y que nunca me ha dejado cruzar palabra con ella. Cinco años así. Sólo mirándole esos zapatos de tacón alto, ese pelo rizado cubriendo la redondez de su rostro, preguntándome qué es de su vida, por qué entra y sale ya a las nueve, ya a las once, ya al filo de la medianoche. Un día de estos abriré la puerta, como por casualidad, y diré cualquier cosa, pienso, porque seguro ya estoy ebrio, porque esta media botella de tinto ya me ha embotado y hasta me han dado ganas de orinar y ahí voy al baño y apenas le atino al retrete y el geranio me mira desde la ventana con su rostro derrotado. Hecho un rápido vistazo en el espejo y sí, al parecer los intrusos no han regresado a mi cien. Ni lo harán. Porque mañana mismo compraré un Just For Men. Regreso a la ventana para seguir mirando la ciudad. El día casi ha fallecido. El primero de cinco. No sé si resistiré cuatro más. Creo que sí, que lo haré. Porque ahí está mi vecina que ahora ha vuelto a salir; esa figura de la Monalisa por completar; algún correo de Celeste para que me responda si será niño o niña; y este recetario con hojas percudidas que me enseñe a preparar alguna crema de elote, alguna sopa de verduras; o la cuerda de alpinista que dejó olvidada Raúl y esa viga en el techo… Ya será mañana. Entonces restará un día y faltarán cuatro. De cualquier forma siempre tengo la sensación de que estoy en deuda con algo, con alguien.

Rubén Don
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DATOS DEL AUTOR:
Rubén Don (Ciudad de México, 1977). Es licenciado en Ciencias de la Comunicación. Ha sido corresponsal en México de la Agencia Internacional de Noticias Literarias Librusa (www.librusa.com), colaborador del suplemento Arena del periódico Excelsior, editor web y redactor de las revistas Conozca Más y PC Magazine. Ha publicado la novela La consecuencia de los días (UACM, 2005), Premio Nacional de Narradores Jóvenes 2005; y Negativos extraviados en el placard (Amarillo Editores, 2006). Actualmente colabora para la revista Swishy, para los portales Homines (www.homines.com) y Espiral (www.revistaespiral.org); y escribe a cuatro manos la novela Casa de campo con el escritor argentino Alejandro Cavalli.

domingo, novembro 04, 2007

TODA UNA MANCUSPIA

"Otra vez es ayer" en Papeles de la Mancuspia*, no. 93, octubre 2007, p. 4.
*Revista literaria editada en Monterrey, Nuevo León.

http://elizondo.fime.uanl.mx/mancuspia/