domingo, maio 07, 2006

EL ÉLMER


Tendría unos 17 años cuando leí en Proceso la reseña de Un asesino solitario. Me resultaba novedoso que alguien osara escribir sobre el magnicidio de Colosio, máxime siendo tan reciente. ¿El autor intelectual? Élmer Mendoza. Y no del crimen, sino de la novela.
Cuando llegué a LETRAS, guiada por mi voracidad literaria, lo conocí. Recuerdo que Liz invitó a los maestros de la escuela al grupo, para darnos la bienvenida. Destacaba entre ellos un señor alto, moreno, cabello rizado, barbas entrecanas y mirada tierna. Así que él era el Élmer.
Ya en segundo, nos dio Teoría Literaria. Supe que la clase sería divertidísima cuando se presentó diciendo: "Me he casado como 4 veces". Una persona humilde, que mezcla anécdotas propias y ajenas con la más exquisita literatura.
Recuerdo que una vez nos contó que había pasado por la casa de su primera novia... ¿Y le habló?, le pregunté. No...¡me tapé los ojos! ¿Y eso, profe? Quería recordarla como era...

Nos hablaba de Charles Baudelaire: que éste hacía las cosas por joder y por eso vivía en amasiato con una mulata; asimismo, que solía participar en las marchas y la gente creía que era por su enorme conciencia social. Y no: si se acercaban a él, podían escuchar que clamaba por la muerte del General Aupick, su padrastro.
Una de las más divertidas fue cuando habló sobre George Sand: que ésta, en su afán masculinizante, tomaba actitudes escandalosas, como subir las bototas en las mesas.
Otra, cuando nos platicó sobre una amiga promiscua que tenía cuando estudiaba en el DF (sólo amiga, dijo, porque, de lo contrario, se hubiese estropeado la amistad): en una ocasión ella sorprendió al grupo de amigos porque se había acostado con un tipo horrendo. Le preguntaron por qué. Pobrecito, es que nadie le hace caso, explicó la buena samaritana.

Leíamos bastante en su materia. Su método era sencillo y estimulante: Leer, comentar qué nos había parecido la lectura, entregar controles, hacer un trabajo final, consistente en relacionar todas las lecturas entre sí.
Al devolverme el trabajo final ya calificado, escribió: "De ahora en adelante, le pediré a Dios que tengas éxito (no suerte) en todo lo que emprendas. Cuídate."

Pasamos a tercero y nos dio Literatura Moderna. Autores como Voltaire, Diderot, Shelley y Dostoievski fueron los leídos.
En ese mismo semestre llevamos Periodismo. Necesitábamos hacer una entrevista. El Élmer, pensé. Aceptó. La entrevista sería en su despacho de DIFOCUR, donde se desempeña como Jefe de Literatura.
Confieso que conocía poco sobre su obra. Unas cuantas reseñas y algunos cuentos suyos publicados en LITERAL, aunados a nuestra relación académica, eran mis escasos referentes.
Fue una charla breve, iluminadora. Parte de la misma se publicó en la efímera Seso Vacío (revista escolar). Fue muy curioso cuando Élmer la tuvo en sus manos: ¿Yo contesté eso? al ver su respuesta sobre el amor: Nalgas. Sí, y está grabado.

En la escuela hay un programa de investigación sobre la Narrativa del Norte. Uno de los autores analizados, claro, es el Élmer. He buscado ferozmente sus libros. Fue un verdadero hallazgo cuando el Beny me vendió a 30 Cuentos para militantes conversos; y luego, cuando el Claudio me dijo que podía hallar Trancapalanca en DIFOCUR, a 15. Everardo me facilitó Buenos muchachos, Quiero contar las huellas de una tarde en la arena y Trancapalanca, para sacarles copias (éste último lo deseché al conseguir el original). La Maupassé me obsequió Mucho que reconocer, su ópera prima. Se lo llevé a que me lo firmara en enero del 2004, el primer día de clases. ¿Quién iba a decir que el primer libro que firmaría este año sería el primero? exclamó, complacido.

Todos estos libros son de cuento o de crónica. Élmer es fundamentalmente narrador, aunque también ha escrito ensayo y dramaturgia (y hasta delirios poéticos, como "Retorno al agua dormida"). Su éxito se desató a partir de Un asesino... editada por Tusquets.
Sus cuentos y crónicas fueron para mí una revelación. Tan divertido como en la vida real, su mejor libro es (para mí) Buenos muchachos, con textos tan memorables como
"Brasier rosita no. 28", sobre una puberta ninfómana en ciernes; "La competencia", sobre un torneo masturbatorio en pleno baño de la Federal 2, y "Broma a la sinaloense", sobre dos amigos exguerrilleros (uno de ellos, policía), que sólo se reencuentran para hallarse con la fatalidad.

Doña Maggy me prestó El amante de Janis Joplin. Le aposté que lo leería en 3 días. Lo leí en 2. Una lectura intensa, ágil, divertida, terrible y tierna. Temas que le duelen: la violencia, el narcotráfico, la guerrilla.
Leí luego Un asesino... sobre el caso Colosio, quien habría sido ultimado en Culiacán y no en Tijuana (según la novela). Al igual que la anterior, está regida por un ritmo vertiginoso e impregnada del habla sinaloense (característica ésta siempre señalada por los críticos). Aún no leo Cada respiro que tomas, El amor es un perro sin dueño, Efecto Tequila ni Cóbraselo caro. Los primeros dos son inconseguibles y los últimos no los he comprado aún (no me gusta leer libros prestados...).

Élmer es consecuente entre su vida y su obra. El maestro que nos pregunta sobre nuestras vidas amorosas es el escritor capaz de sutilezas eróticas dentro de su narrativa. El fascinado por el rock setentero hace de Janis Joplin la musa de David Valenzuela, protagonista de El amante... El ferviente lector de Rulfo le hace un homenaje en Cóbraselo Caro. El fanático de Cortázar le dedica una elegía en "Querido Julio".

Élmer Mendoza, siempre serás un bato bien machín de la Col Pop, aunque ahora vivas en la Campiña...

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