segunda-feira, abril 17, 2006

DE LO QUE LE ACONTECIÓ A LA JOVEN SUICIDA EN LA MUY NOBLE Y LEAL CIUDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ZACATECAS


Llegué a Zacatecas el martes 28 de marzo por la tarde, tras 16 horas de viaje. Me vería con Joel Flores, mi anfitrión, en la Facultad de Sicología de la Universidad Autónoma de Zacatecas. Por fin nos daríamos un abrazo. Nos habíamos conocido por internet, luego de que Tryno Maldonado (a quien conocí por el mismo medio) publicase en su blog la infamia de que Joel había sido víctima (le habían censurado su columna cultural en El Sol de Zacatecas, por afectar intereses de las mafias literarias locales).
Yo pensé que estabas más alta, me dijo. Sí, la gente se va con la finta porque estoy flaca y me visto de negro, por eso creen que estoy más alta, respondí.

Me preguntaba por Eve Gil y por las vicisitudes del viaje. Asimismo, acerca del IV Congreso Nacional de Literatura (CONEL IV), al que yo asistiría como ponente. Me consiguió el programa. Añadió que aquello
pintaba para caos: Villoro les había cancelado.

Llegamos a su casa, ubicada en Guadalupe. Platicamos de ibros, de amigos, de la vida en Zacatecas, de nuestros afanes literarios... Intercambiamos nuestras publicaciones. Comimos. Al rato me alisté porque saldríamos. Primero iríamos con Sandra (su morra) y daríamos un paseo por el centro histórico de Zacatecas, para luego reunirnos con los amigos de Joel en Las Quince Letras.


Mi insomnio estaba exacerbado. La madrugada del lunes había dormido dos horas, de las 4 a las 6. En el camino, un poco más, bajo los efectos del Dramamine. La certeza conduce a la incertidumbre, entonces lo supe. Me encontraría con una mirada. La Mirada.

Fuimos por Sandra a una estética. Venía renegando porque no se sentía a gusto con sus uñas galácticas, que le habían sido patrocinadas por una tía. Joel venía de carrilludo. Y yo conteniéndome para no pegarle un chingazo delante de la novia.

Tomamos un camión al Centro. La belleza da ganas de llorar al contemplarla. Cuánto esplendor. El Teatro Fernando Calderón. Un busto del poeta a la entrada del recinto. Candelabros, espejos, escaleras alfombradas, reluciente madera.

Sandra me tomó algunas fotos, unas con su cámara y otras con la mía. Subimos y en uno de los salones impartían clase de ballet. Sublime. El maestro, un cubano, preguntó con qué fin captaba Sandra sus imágenes. Son para uso personal, aclaró. Ahí me percaté de su infinita sensibilidad.

Fuimos a Catedral. Arte esculpido en piedra. Las vides se enredan en las columnas para formar un relieve. Ofrecían misa y un coro invisible veneraba a Dios. Me sorprendió que los confesionarios estuviesen al descubierto. Un jovencito se confesaba, de rodillas frente al Padre.

Al rato hablaron con Tryno. En Las Quince Letras, confirmaron.

Llegamos. Era temprano; sin embargo, ya había parroquianos fermentando en las mesas o frente a la barra su existencia.

Me encantó el lugar. Obras de arte, notas periodísticas enmarcadas, ya fuera sobre Juana Gallo o la propia cantina. Una cantina con tradición, fundada en 1906, como reza una placa a la entrada. Imágenes de santos. San Martín Caballero, San Judas Tadeo... hasta Jesús Malverde, de prosapia sinaloense. Habráse visto. Una rockola tocaba, sobre todo, a José Alfredo. Los chirrines hacían lo propio, aderezando con groserías sus interpretaciones y entrándole con ganas al narcocorrido.

Llegaron los amigos de Joel. Sólo recuerdo al Titino, al clon del Álbaro (sic) -que habría de cantarme Mujeres divinas y de besarme ambas manos...-, al Pire (quien llegaría muy tarde y se iría muy temprano) y al Tryno, por supuesto. Él llegó después que ellos y antes que el Pire. Se sentó por un lado mío. Hablábamos, fatalmente, de letras (Borges dixit). Generación del Medio Siglo, Siglo de Oro, Narrativa del Norte.

Museos, vidas íntimas de los literatos. Que Felguérez le había bajado la mujer a García Ponce. Indocumentados. Murakami leído en 24 horas y más de mil páginas por él, las novelas de Eve, el afán transgresor de Inés Arredondo, la cartera que le robó una viejecita en Italia, al subir al metro. Una plática bien capiroteada (diría él), entre sorbos de Corona y Victoria. Me obsequió Temas y Variaciones, su ópera prima. ¿Ves a Élmer? Es mi padre, contesté, mientras me entregaba un ejemplar dedicado para él (quien será su maestro en el Taller de Oaxaca). Añadió otros más para quien yo considerara.

Se retiró temprano. Debía leer toda la obra de todos sus asesores, empezando por Hiriart (ya se andaba preguntando si valía la pena haberle vendido el alma a Toledo...).

Nosotros le seguimos otro rato. Joel y yo nos dormimos hasta las tres. Se sorprendió de que me bañara antes de dormir. Es que si no, mañana no carburo, expliqué.

Al día siguiente, me acompañó al Calderón a inscribirme. De ahí nos fuimos al Museo Pedro Coronel,que antaño fuera convento y cárcel. Suntuoso. Libros antiguos, bustos de Dante y Petrarca a la entrada. Un patio enorme, una escultura de Coronel en el pasillo.

Dalí, Chagall, Miró, Tàpies, Ernst, Kandinsky, Daumier...

Máscaras tradicionales mexicanas elaboradas en barro, hueso, madera constituían un festival policromo de variopintas expresiones. Me remitieron a un cuento de un viejo libro de primaria.

Una colección de arte sacro virreinal acompañaba a los Disparates y la Tauromaquia de Goya. El guía, solícito, nos descubrió los misterios de los aguafuertes goyescos: las figuras ocultas, la técnica, la firma apenas perceptible...
Goya es la esencia de lo español.

Esa tarde nos comimos unos tacos envenenados: papa, queso, frijol, chorizo, dos tipos de chile. Habrían de resultarnos fatales.

Más tarde pasaríamos por Sandra, tras ir a LETRAS por un libro de Hiriart para Tryno, que le llevaríamos a la Biblioteca Mauricio Magdaleno, donde éste se esforzaba en terminar Galaor. Me preguntó cómo había sido mi jornada.
Admití cínicamente que sólo me había inscrito. Que el resto del día anduvimos de gira. Seguimos platicando de lo nuestro, la literatura. Me quedé estupefacta cuando reveló que el monto del transporte le sería cubierto hasta su llegada a Oaxaca. Peor aún: el hospedaje correría por su cuenta. Saldría a las 5:30 a.m., del día siguiente y no tenía ni un quinto. Para colmo, estaba bastante atrasado en sus lecturas. Le entregué mis publicaciones y un ejemplar de LITERAL sobre Borges (a quien él hace un espléndido homenaje en Temas y Variaciones). Nos despedimos. Que si cuándo voy al DF. Que hay que planear bien lo de Sinaloa.
Jueves. Casa de la Cultura Municipal. Llegué buscando a Conrado. Casi dos años sin vernos, presintiéndonos, enviándonos correos electrónicos plagados de lirismo, de lágrimas derramadas o contenidas, de abrazos con fuego del volcán y del trópico...

Lo encontré en una de las mesas. Ahora leo, escribí en mi libreta, para que lo supiera. Me sonrió. Acudí a abrazarlo. Iba elegantísimo, de traje y corbata. Tinto y azul marino. Yo era una sinfonía en beige, cual hija del Élmer. Los dos colombianitos juntos. Leeríamos ese mismo día: él a las 4:30, en la sala 2, con su ponencia "Recordar-evocar o la tentación de existir ante la imposibilidad del silencio"; yo a las 7:30, en la Biblioteca Roberto Cabral del Hoyo. Participaría en una de las Tertulias Literarias con "Letanía de la joven suicida".

Nos tomamos muchas fotos. Me presentó a su mamá, doña Marilú. Una señora joven, guapa. Toda una dama. Le obsequié a Conrado mis publicaciones y un reportaje de la Catedral de Bogotá. Casi lloraba (él ha radicado dos veces en Colombia...).
Acordamos vernos en su mesa, y luego, en la Tertulia (no llegaría a esta última. Se habían quedado dormidos él y su mamá. Habían llegado ese mismo día...).

Joel y yo nos fuimos de librerías. Primero a la André-a, luego El Hallazgo. Vaya que hace honor a su nombre. Joel encontró Muerte en el bosque, de Amparo Dávila (autora de quien ha pensado hacer tesis), y yo, El Padre Prior, de Mauricio González de la Garza, y Teoría, forma y función del Teatro Español de los Siglos de Oro, de José María Díez Borque.

Visitamos al Museo Zacatecano, que cuenta con arte huichol y arte sacro virreinal. Cuánta magnificencia. Qué derroche de colorido, de poesía en cada una de las piezas. El guía me explicó la historia de ambas muestras. Qué nobleza, qué sensibilidad en un hombre analfabeto. Cuánto amor por sus orígenes (tiene sangre huichol). Fue muy curioso cuando me narró la historia de Santa Elena, a petición mía. Esta señora era muy alegre. Yo también... Aclaró que lo decía con otra connotación. Ah, entonces no...

Entramos a la Galería Irma Valerio. Qué maravilla. Conversé brevemente con la dueña. Quejóse de todo lo que ha batallado para impulsar el arte, como para que los pintores dejen sus obras en Las Quince Letras.

Volvimos a la Casa de la Cultura. Leyó Conrado. Qué emoción escuchar aquella voz profunda, sembrada de arrebatos líricos.

Más tarde fui a comer una birria fatídica con Samuel, un puma de la UNAM. Simpatizamos porque ha leído a Élmer y tiene ancestros sinaloenses.

Casi no llegaba a la Biblioteca. Ya me andaba sintiendo mal. Imprimí a última hora el cuento y me norteé bien gacho. El colmo fue que ni el tránsito me supo dar bien las señas. Llegué histérica. Ya me estaban esperando Sandra y Joel.
Respiré hondo y tomé grandes tragos de agua. La tertulia se extendió más de lo indicado. Hubo bastante público, pese a que el concierto de jazz iniciaría a las 8 y muchos prefirieron tal evento. Nuestros cuentos y poesías se intercalaron con presentaciones de libros y revistas, supuestas patadas en la espinilla (de Sol, la moderadora, hacia un unameño para que finalizara pronto), propuestas hetero y homosexuales y elegías por Salvador Elizondo, que había muerto aquel jueves.
A la salida me despedí de Sandra y Joel y me fui con Heraclio (uno de los organizadores) y Deira a La Catrina, un bar gay. Mientras esperábamos al resto de los compañeros, Corina (otra de las organizadoras) me agradeció la lectura de "Letanía de la joven suicida". Ese día, confesó, había estado pensando en la muerte. Estaba deprimida porque su hermano se fue de indocumentado. A la fecha ignoran qué ha sido de él. Eres un ángel. Recordé que antes de mi lectura me corté el pulgar derecho con el filo de la hoja. Lo tomé como una señal. Un pacto de sangre con la literatura. Le obsequié la versión impresa. Ella llevaba una pulserita de cuentas rojas y corazones plateados. Qué bonita. Se la quitó y me la puso en la muñeca izquierda. Me conmovió el gesto.

Su ánimo mejoró considerablemente, tanto que reímos, bailamos, cantamos en el antro. Hasta ligó con un juarense.

Hubo una comunión preciosa esa noche. Íbamos gente de Guanajuato, Puebla, DF, Juárez, Zacatecas... José Alfredo, filósofo del amor y sus desdichas, fue homenajeado por nosotros los congresistas entre torrentes de cerveza.

Llegué casi a las 3. Heraclio y yo nos compartimos los gastos del taxi. Traté de dormir. Qué esperanzas. A las 5 pagué mis pecados. Diarrea y vómito. Pinche birria. Maldita Corona. No hay como la Pacífico, reflexioné. Joel me dio Terramicina. Joel había madrugado porque entrevistaría a uno de los ponentes acerca de Borges, y estaba ultimando detalles. Fuimos a la Casa de la Cultura, donde se encontró con su entrevistado, Armando Cintra (alias Patas Verdes). Se fueron a Radio Universidad; yo, al Teleférico. Qué espectáculo tan majestuoso. El Museo de la Toma de Zacatecas, pequeño pero de interesante acervo: armas auténticas, muebles de la epoca, documentos, billetes de aquel entonces...

La Iglesia de Nuestra Señora del Patrocinio de los Zacatecos. Diminuta y bella. El Cerro de la Bufa, desafiante, con la Rotonda de los Hombres Ilustres a sus pies.

Conocí a un chiapaneco, diputado por Convergencia. Su esposa y una amiga (que me tomó una foto en el Cerro) lo acompañaban. Habían ido a un Congreso de Transparencia Gubernamental. Era la primera vez que visitaban Zacatecas. Les caí bien y me patrocinaron el viaje de regreso.

Entré al Palacio de la Mala Noche (hoy Tribunal Superior de Justicia del Estado de Zacatecas) y al Palacio de Gobierno. En el camino me encontré a Walter y Aymé, un matrimonio yucateco que estudia en el DF. Él, LETRAS; ella, Sicología (en una de las mesas, ella había comentado sobre Moll Flanders y no recordaba al autor de la novela. Daniel Defoe, le ayudé).
Nos topamos a Joel y al Patas Verdes; me despedí de los yucas y nos fuimos a la Cantina del Refugio. Ellos a pistear, yo a desayunar apenas. Compartimos anécdotas, risas, ternura. Patas Verdes nos habló de su pasión por la ópera, de cómo descubrió a Verdi, a Callas, al italiano.


El sábado era la clausura. Museo Manuel Felguérez. Llegamos temprano. La madre de Joel fue a la casa y nos prestó el carro. Empecé mi recorrido del museo, tras discutir con Rayas por elaborarme constancia con nombre apócrifo. El Dr. Atl, Rivera, Fernando García Ponce, Toledo y compañía me hicieron olvidar mis furias. En eso veo a un señor mayor fumando pipa. Un guía me advierte: Es el maestro Felguérez. ¿De veras? Sí. Dios. Traía cámara. Traía rollo. Ya me había acabado dos, éste era el tercero. Y no sabía ponerlo. Qué horror. Unos amigos de Joel me ayudaron. ¿Usted es el maestro Felguérez? A sus órdenes. Fumaba pipa de carey. Todo un dandy. ¿Podría tomarme una foto con usted? Sí, aceptó sonriente. Nos dirigimos a una de las salas consagradas a su obra. Ya ligué, exclamó triunfante, mientras posábamos para la foto. Tárdense más, le dijo al chico que nos fotografiaba con su celular. ¿Cuándo supo de su pasión por la pintura? Desde siempre, respondió, desde que era niño... Le di un beso y me despedí, encantada de conocer a tal personaje.

A la una fue la charla con maestros de la UAZ (que más bien parecía monólogo a tres voces). A la hora de los comentarios se armó buena polémica. Se clausuró el evento, tras el reconocimiento a los maestros y la relatoría del Congreso. Porras para Zacatecas, anuncio de Querétaro como próxima sede.

Llega Conrado. Le había pasado algo terrible. Le quedaban 1,500 pesos y los había perdido la noche anterior en el Euro. Lo peor es que ni había pafado su consumo; se lo había patrocinado una compañera. Lo perdió al guardarlo en la billetera. Se acababa de percatar, de modo que su madre lo ignoraba (esa noche en el Euro había estado del nabo. Hubo una redada, con prensa y todo. Salió rabioso del lugar, junto con ella).
Conrado es orgulloso; no le gusta pedir ayuda. Le di agua, le aconsejé calmarse. Le digo a Joel, a ver en qué podemos ayudarte. Le daba pena. Platicamos del asunto. Le di mi tarjeta telefónica, le sugerimos llamarle a algún amigo, que le enviaran algo por Dinero Express. A las cinco se vería con su madre. Mientras lo remedias, vente a comer con nosotros. Traemos carro, te llevamos al Centro. Intentó llamar a algún amigo. Para colmo, el celular lo traía su mamá y en él estaba guardado el número. No se lo sabía de memoria. Le insistimos. Vente con nosotros mientras lo remedias.
Le dimos raite a Alejandra, novia del chico que me tomó las fotos con Felguérez. Conrado aceptó y nos dirigimos a casa de Sandra, quien nos preparó unas exquisitas hamburguesas. Fue una plática intensa. Conrado les causó una grata impresión a Sandra y a Joel, y viceversa. Todavía nos alcanzó el tiempo para llegar a casa de Joel por un ejemplar de Temas y Variaciones para Conrado, borgesiano confeso.
Dejamos a Conrado en el Centro, paseamos un poco mientras esperábamos a Walter, que había invitado a Joel a pistear, tras la clausura en el Felguérez.
Lo esperamos frente a Catedral. Ya que llegó, nos fuimos a la Cantina del Refugio. Hablamos de Paz el Plagiador, de mamotretos, del pleito por la próxima sede del Congreso, de la fijación rulfiana en los narradores norteños...

Al rato llegan Xóchitl y Aymé. Nuestras risas y temáticas se tornaron más escandalosas. ¿Crees que todo ser humano tiene la capacidad de ser bisexual? preguntó Xóchitl. Sí, respondió Aymé. Apoyé su respuesta. Esgrimimos nuestros argumentos, aportando pruebas, incluso.
¿A qué escritor te tirarías? preguntó Aymé. Mencioné tres o cuatro nombres, incluido el de La Mirada.

Xóchitl se retiró antes; ya se iría al DF. Walter y Aymé saldrían también esa misma noche, pero a las 10:45. Les habíamos propuesto pistear en La Bufa. Les tentaba la oferta, pero optaron por irse a fin de cuentas. Mientras, compramos un seis y bebimos impunemente en la vía pública, en el Parque González Ortega. El de las Fuentes Cantarinas. Qué relajante. Música, agua, luz, naturaleza.

Llevamos a Walter y Aymé a la Central. Se armó una discusión en torno a la ginecocracia (vaginocracia, según Walter), de lo más emocionante. Estábamos en el coche, esperando la salida del autobús, cuando pasa Conrado junto con su mamá. ¡Conrado! bajé y le di un abrazo. Había solucionado todo. Abracé también a la señora. Zacatecas es mágico, exclamé. Lo había encontrado de nuevo, ya feliz, a punto de irse. Nos fotografiamos los seis amigos, intercambiamos datos, expresamos nuestro deseo de seguirnos comunicando. Los 12 pesos de la tarjeta, me dijo Conrado, le habían servido maravillosamente. Qué alegría.

El domingo fuimos Joel y yo a la plazuela de Guadalupe. Nos compramos raspados, yo de kiwi, él de chamoy. Pasamos por Sandra y regresamos.
El plan era Museo Virreinal. Sandra no lo conocía. Entramos gratis, bendito domingo. Óleos antiquísimos, siglos XVII Y XVIII. Esculturas, muebles, una biblioteca... El sello de la Santa Inquisición, Libros de Antifonías...un olor a viejo de lo más poético.


Vagamos por la plazuela. Sandra comió plátano macho frito; yo unos charales fritos con chile y limón. Qué delicia.

Fuimos a comer tostadas de trompa a la Díaz Ordaz (no entiendo cómo sobreviví a tan exótico manjar...).

Después, a Vetagrande, pueblito minero. Vámonos a Jerez, había estado proponiendo Joel. Vámonos. Cargamos gasolina. Acapulco a Go Gó, música setentera y otras vainas nos amenizaron el trayecto. Jerez es pintoresco, casas antiguas, herrería primorosa, culto a López Velarde. Ésta es la casa de los Maldonado, señaló Joel. Parecía castillo.

Pisteamos de nuevo impunemente en la vía pública, ahora con Pacífico. Y a plena luz del día. Hablamos de sexo, sus delicias y penurias. Sandra nos hizo volver a la realidad. Horario de verano. No jodas. Abordamos el vehículo. Escala en Tetillas (sic) para contemplar el atardecer. Majestuoso. Me lo llevo tatuado en la piel de la memoria.

Mi equipaje ya estaba en el carro. Me llevaron a la Central. Conseguí el 25% en Ómnibus de México, para Guadalajara (como lo había conseguido para GDL-ZAC). Me despedí de ellos. Ya me extrañaban, según confesaron. ¿Cuándo vuelves a venir? preguntó Joel. (Pronto, espero...)

2 comentários:

Alejandro Palizada disse...

Pff.. qué cronicón. No cabe duda, lo mejor de los Congresos sucede fuera de ellos. Qué mal pedo que ya no alcancé a subir al teleférico.
A ver qué nos depara querétaro aunque ya ni estudiantes seamos.
Saludos.

elena disse...

gracias, pali.

se me quedan muchas cosas en el tintero, por ejem., lo del burrito aguamielero (sin albur) que transita por las calles del Centro Histórico. estas omisiones son voluntarias. en este caso, no supe cómo integrar esa anécdota al texto.
yo tuve chance de subir al teleférico porque me pinteé descaradamente el 99% del congreso, aparte de que tenía como pretexto mi mal estomacal (jeje).
como premio de consolación, te enviaré dos de las fotos tomadas a bordo del mismo.
espero nos veamos en querétaro, aunque, como tú dices, sólo seamos un par de graduados nostálgicos.

besos, pali.
elena